En el medio artístico resulta común encontrarse con el abuso del calificativo “inquieto” cuando de referirse a cierto músico se trata. Sin embargo, Steven Brown verdaderamente encarna la palabra, y eso pueden certificarlo nuestros oídos cada vez que se acerquen a la basta obra que el multi instrumentista ha levantado durante décadas de trabajo. De aquel proto punk de corte new wave con miras avant garde en su proyecto Tuxedomoon, a la integración del jazz con las diferentes músicas del mundo en Nine Rain; de la musicalización de filmes donde la experimentación alcanza momentos protagónicos (El informe Toledo, ¡Qué viva México!) pasando por la música de banda oaxaqueña cantada en mixe hasta llegar al rigor emotivo que le heredó Debussy –uno de sus máximos referentes artísticos- en el álbum Music for solo piano. La discografía de Brown es amplia y su contenido jugoso; en los surcos de su material es posible localizar el perfil de un hombre que prefiere mantenerse con las manos ocupadas y la mirada extraviada en el horizonte. Y es así como se le encuentra, en una de las barrocas salas del Teatro de la Ciudad, en la víspera de su presentación junto a Nine Rain para celebrar XV años de gozo sonoro. Con las palmas unidas y los ojos apuntando hacia las ventanas, el autor luce ligeramente incómodo, como si se encontrara demasiado quieto; dan ganas de acercarle un clarinete y decirle: Steven, aquí está tu arma, haz a un lado el tedio y comienza a disparar.
Nacido en Illinois, Chicago, Brown recuerda con nitidez sus primeros acercamientos formales a la música; “aprendí a tocar el clarinete cuando iba a la escuela primaria, en Chicago. Pero mi arranque fue horrible, porque entré a tocar a una banda que se dedicaba a animar partidos de futbol. Y no, no; lo que yo deseaba era estar en una orquesta, tocando a Wagner, Tchaikovski y Debussy”. Tiempo después, el músico trabajaría manejando un taxi con el fin de reunir el dinero suficiente para comprarse su primer teclado. “Me compré un Vox Continental o un Micro Moog, no recuerdo del todo bien –comenta el artista- entonces tenía unos 23 años. Pero, hablando de mis instrumentos de toda la vida, aún conservo el mismo clarinete desde hace más de cuarenta años; aquel que usaba en la primaria. Y todavía suena excelente”. Por fortuna, el futuro del entonces pequeño Steven no se hallaba cercado por los limites de Chicago; sus excursiones no sólo se llevarían a cabo en el plano sonoro, sino físicamente. Primeramente, en Europa encontró el terreno apropiado para regar su talento; una plataforma de despegue que, finalmente, lo llevaría a aterrizar en México para encontrar su residencia de manera definitiva. La ruta de viaje ha sido por demás extravagante: Chicago- San Francisco- Londres- Rotterdam- Bruselas- México, DF- Oaxaca.
¿Cuánto tiempo hace que llegaste a México, Steven?
Llegué a la Ciudad de México en 1994, proveniente de Bruselas. A Oaxaca arribé en 2002.
Después de vivir en Bélgica y Reino Unido, ¿por qué elegiste Oaxaca como siguiente parada?
México está lleno de lugares fantásticos, maravillosos, así que no entiendo por qué todos quieren vivir en el DF, así, apilados en la gran ciudad. Llegué primeramente al DF y básicamente escapé de él por un par de factores: el crimen y la contaminación. Me harté de vivir en constante estado de paranoia -aunque mira, eso ya jamás se quita, en Oaxaca sigo viviendo con paranoia – y además regularmente me sentía enfermo sin entender por qué, hasta que descubrí que era el mismo aire que respiraba lo que me estaba poniendo así de mal. Es curioso, porque, irónicamente, la ciudad de México es algo especial de verdad, opera como un ejemplo a nivel mundial con esto de los matrimonios gays, las bicicletas en los domingos y las leyes a favor del aborto; es un oasis en muchos sentidos. Realmente luce mucho más avanzado que varios lugares de Estados Unidos, pero al mismo tiempo es ya demasiado grande la ciudad. La idea original era irme a Jalisco, pero me decidí por Oaxaca, que es como un país entero, muy diverso.
Musicalmente, hay mucho qué escuchar ahí.
Sí, pero no me fui por eso. En muchos otros sentidos me parece excitante. Para comenzar cuenta con 16 lenguas y no sé cuántos dialectos más; artesanías, tiene muchas por ofrecer; también alebrijes, textiles, barro, pintura. A veces uno cierra los ojos ante lo abrumadora que resulta la oferta. Personalmente, me tomó un poco de tiempo descubrir la música que se hace en Oaxaca, y hablo básicamente de la música de banda.
¿Te gusta la banda?
Solía no gustarme porque tuve malas experiencias al respecto cuando fui niño, pero a fines de los años ochenta me topé con la música de la zona de los Balcanes, gracias a la obra de Kusturika. Entonces descubrí que la banda no necesariamente se traduce en himnos para los partidos de futbol, sino que cuenta con toda la belleza melancólica que posee una orquesta. Además, la banda tiene una gran ventaja, ¡recrea música que se puede bailar!
Hablemos de tu acercamiento a esa música, llevas tiempo trabajando con músicos oaxaqueños.
Me encontré con que hay muchas bandas y casi todas con una gran calidad, además de que cada una maneja un estilo muy identificable. A mí me llamaba la atención que nadie supiera, más allá de los límites del estado, de la riqueza sonora que posee esa música. No podía comprender cómo era posible que los sonidos balcánicos contaran con tantos discos y películas circulando en el mundo y que con la música oaxaqueña no pasara nada. Un día platicaba con Carlos Becerra al respecto; qué onda, qué sucedía, y decidimos solicitar una beca. Cuando la obtuvimos, nos fuimos a la cierra mixe a buscar a músicos interesados en hacer música de banda con la firme idea de sacar a esa gente de los pueblitos y así mostrarle al mundo todos sus tesoros.
Entonces conociste a la banda BRM.
Sí, con la dirección de Hermenegildo Rojas. Él es mixe, vive en Tamazulapan, y cuando vi a su banda tocar me volví loco; me puse a chiflar, a gritar y a bailar. Desde entonces, Hermenegildo se transformó en mi compañero de viaje. Nos fuimos a buscar músicos y compositores por varios pueblos, y conforme entrábamos en contacto con ellos íbamos regalándoles música de los Balcanes, para que notaran que al otro lado del planeta también existía gente tocando con los mismos instrumentos que ellos manejaban. Igualmente empezamos a impartir talleres de composición, de historia de la música y de armonía con Julio García. Incluso enseñábamos cómo trabajar con la computadora. Al paso del tiempo nos dimos cuenta que nos tomaría años concretar nuestro proyecto porque allá las vías de comunicación no son ágiles, y te hablo de carreteras así como de lenguas; es decir, hablar con esa gente tampoco es un asunto simple. Poco a poco hemos obtenido resultados, porque he de decir que la mayoría de los músicos reciben su partitura y se ponen a tocar, y eso está muy bien, pero el objetivo de nuestros talleres siempre ha sido impulsar a los músicos para que compongan, para que creen sus propias obras.
¿Fue complicado conseguirlo?
Es que hay un grave error en la gente que cuenta con una formación musical, digamos, rigurosa; le cuesta trabajo crear. Se trata de personas que están acostumbradas a ejecutar algo que tienen escrito frente a sus ojos, pero si eso no existe se preguntan: ¿y ahora qué toco? Esa es su mentalidad. Entonces para nosotros el arranque sí fue complicado, porque esos músicos simplemente no podían tocar algo propio. Hoy día hasta se pelean por hacer lo suyo, pero en mixe. Y eso es algo muy valioso. En buena medida esto sucedió gracias a que vinieron un par de veces algunos grupos de gitanos, y ellos cantaban en su propia lengua, sin vergüenza de por medio; que los oaxaqueños se enteraran de que eso ocurría en Europa fue determinante.
Y tú, ¿tocas con banda también?
Claro, a veces toco con ellos. Clarinete, saxofón y teclados.
Qué hay de aquel proyecto llamado Cinema Domingo, donde musicalizas películas en directo.
Ese proyecto sigue en pie, tal vez más que nunca. Y sabes qué, hay buenas noticias al respecto: ¡ya nos están pagando! Llevo ocho años haciendo Cinema Domingo con otros amigos y ya recibimos algo de dinero, algunas instancias gubernamentales están aportando capital e incluso ya hay un festival de cine en Oaxaca. Ahí vamos, ya hemos salido a tocar a Morelia, Yucatán y Jalisco. Es un proyecto que avanza porque antes sólo hacíamos funciones los domingos, pero actualmente ya cualquier día tocamos, para qué restringirnos.
¿Cómo abordas ese trabajo cinematográfico, qué clase de herramientas utilizas y cómo llegas al día de la proyección con algo armado?
Somos cuatro músicos sin ninguna clase de prejuicio, nos permitimos incorporar todas las sonoridades que estén a nuestro alcance. El proceso es sencillo; antes de proyectar la película nos ponemos a trabajar durante más o menos un mes, armando un score, un soundtrack. Al principio improvisamos, ya conforme avanzamos vamos escribiendo algo concreto para presentarlo al público.
Respecto a la ausencia de prejuicios, charlemos sobre Tuxedomoon, un proyecto que nació en 1977 y que algunos, más allá de sus meritos en los campos de la llamada música electrónica, ya lo califican como de “culto” en los terrenos del punk.
¿De culto? Qué arrogancia. De poner esa clase de etiquetas tiene que encargarse el tiempo. Y dudo mucho que fuéramos punks, nosotros sólo hicimos lo que pudimos con los elementos que tuvimos a la mano.
Y esos elementos fueron una grabadora de cinta reproduciendo algo que se asemejaba a las secuencias que hoy día se disparan desde una computadora, además de un teclado, un saxofón… y algo primordial: una puesta en escena bien definida; un performance.
Tuxedomoon comenzó con Blaine Reininger y conmigo, en San Francisco. Finalmente yo me fui de ahí cuando ocurrió el asesinato a Harvey Milk… por cierto, ¿viste la película de su vida, la que protagoniza Sean Penn? También actúa un mexicano… no recuerdo su nombre.
Diego Luna.
¡Sí! Pero bueno. En Tuxedomoon echábamos mano de una grabadora de carrete de cuatro pulgadas, usábamos las cintas que habíamos creado en las clases de música electrónica que tomábamos. Entonces no existían los sintetizadores que hay ahora, entones había que elaborar “secuencias” en cinta para luego reproducirlas en los conciertos. El performance era básico, porque aunque en ese entonces estaba el punk rock y, en sí, hacer punk ya era ya una especie de performance lleno de gritos, escupitajos y alcohol, pero nosotros buscábamos una representación artística, y eso sí que no estaba de moda. En realidad, al comienzo nos arrojaban botellas mientras nos gritaban ¿¡dónde está el baterista!? Y era hasta cierto punto comprensible esa reacción, porque ver a dos tipos con un teclado y un violín, y además acompañados de una grabadora, supongo que sacaba de onda. Después de todo, ¿qué era eso que hacíamos? Pero al cabo de un año ya teníamos gente formada, esperando pacientemente para vernos. Uno, como músico, no tiene que hacer caso a la gente; sino dejar salir lo que hay dentro del corazón. Ser honesto. Nosotros lo fuimos; hicimos lo que quisimos durante 33 años.
En ese sentido, Nine Rain, otro de tus proyectos musicales, mantiene el mismo perfil.
Sí, también desde el comienzo buscamos trabajar con amigos artistas, y no sólo músicos, sino pintores, fotógrafos y bailarines. Nine Rain trata de involucrar varias disciplinas con la música porque el público tiene oídos, pero también ojos, y durante un concierto hay que estimular a los asistentes en todos los niveles.
Siguiendo con Nine Rain, se te aplaude especialmente la incorporación de ciertos rasgos del folklore musical mexicano con letras cantadas en náhuatl.
Ese es un aspecto de los varios que Nine Rain posee. Honestamente, no considero que haya demasiados elementos de música tradicional mexicana en mi trabajo. Yo tomo ingredientes de diversas fuentes y edades, así que en mi obra hay tanto de música mexicana como de muchas otras culturas. Por otro lado, con Nine Rain he pasado momentos muy complicados, y esos no están documentados. Incluso hubo algún punto donde tuvimos que rentar un local para tocar y vender unas cuantas cervezas para pagar así la renta. Ahora las cosas han mejorado, parece que el campo está más abierto, que hay más espacios, sin embargo aún existen muchos estados de la república donde jamás hemos estado y que nos encantaría visitar.
Tras 16 años de trayectoria con Nine Rain, ¿cómo encuentras el camino andado?
Es que yo no encuentro al camino, de ningún modo; es el camino quien me encuentra a mí.
¿Y te encuentra como un mejor compositor?
Ha cambiado mi dinámica de composición desde hace algún tiempo. Llevo como cinco años tomando clases de composición en Oaxaca, con Víctor Rasgado, y eso me ha abierto miles de puertas como compositor. Desde que comencé a implementar esas técnicas noté que funcionaban bastante bien en mi trabajo. Y es que maravilloso aprender a componer como lo hacía Bartóck y Ligeti, la gente que me encanta. En mis clases hemos ido analizando cómo componían esos maestros y es fascinante emplear sus técnicas.
Hace poco tiempo musicalizaste ¡Qué viva México! (Sergei Eisenstein) y realizaste también el soundtrack de El informe Toledo (Albino Álvarez); además de lo que has hecho con Cinema Domingo, ¿te gustaría musicalizar alguna película en especial?
Mh. Ya hice, entre varias más, El acorazado de Potemkin y Berlín: sinfonía de una ciudad- los clásicos que todo mundo hace- pero debe haber miles de películas más por musicalizar. Ahora mismo no se me viene a la mente alguna en especial.
Hace rato hablabas de Milk, ¿qué tal esa?
¿Cómo crees?
¿Es que te parece una mala película?
Déjame decirte que yo conocí a Harvey Milk, y bueno, tengo que comentar que Sean Penn hizo un gran trabajo; todos los gestos de Harvey los reproduce de forma sorprendente. Créeme, cuando vi esa película me costaba trabajo localizar las diferencias entre la persona que yo conocí y el actor. Y me parece que ese es un gran mérito.
Ya que no quieres mirar al pasado, Steven, finalicemos esta charla con tus expectativas respecto al futuro. Qué sigue para ti.
Retomando lo que hablábamos antes, y pensándolo bien, considero que hay algo que sí comparto con los punks, plenamente, esa frase que dice “no hay futuro”. Desde mi perspectiva, en la música es mejor no pensar. Simplemente hay que seguir adelante, siempre adelante.
