Nacho Vegas (Curso de artillería exprés con el ciudadano vampiro)

Nacho

Sus seguidores conforman una legión en México, un ejército de pecho herido donde cada uno de sus integrantes repite las rimas que la pluma de su líder traza, siempre con un fervor ciego, estricto. A Nacho Vegas y su cancionero siempre habrá quién los defienda, por eso resulta natural encontrarse con la noticia de que son precisamente los fans del español quienes protagonizarán el video del tema “Ciudad vampira”, incluido en su plato más reciente, Resituación. El plan consiste en que aquellos que lo deseen se graben a sí mismos durante 60 segundos, el tiempo preciso para que retraten de alguna manera los problemas sociales, económicos y  políticos de la actualidad. Además, el hecho entibia los bulbos para la presentación de Vegas en el festival Vive Latino y de paso opera como pretexto para hablar vía telefónica con el cantautor, quien atiende la llamada desde su tierra natal, Gijón.

No es novedad, pero ahora es oficial: tus fans se apropian totalmente de una de tus canciones y protagonizan el video correspondiente.

Ésta ha sido una muy bonita idea de parte de los escuchas, hacer un video colectivo que incluya imágenes de personas de diferentes países de Latinoamérica y España. Es algo que no se me hubiera ocurrido a mí, la verdad. Se trata de dimensionar la canción “Ciudad vampira” a nivel social, otorgarle un aire de denuncia; yo también voy a colaborar con imágenes que registraré en Asturias, frente a un mural que hay allá.

Este tema es tu lectura de “Devil town”, una composición de Daniel Johnston.

Así es, a la música de Daniel Johnston la conocí hace mucho tiempo, desde que yo tenía unos dieciocho años de edad. De hecho la primera canción que llegué a cantar en un pub de Sevilla acompañado de un grupo fue una de Johnston. Era muy fan de él y de toda la música independiente europea y americana. La música de Daniel ha inspirado a mucha gente, él tiene temas muy bonitos incluidos en las cintas caseras que solía editar al comienzo de su carrera y sí, “Ciudad vampira” encuentra inspiración en él; pero yo modifico algunos acordes y tal, es una versión libérrima a la que agregué un fragmento de una versión maravillosa en Euskera que hace Mursego, una artista vasca que me gusta mucho.

“Me encantan los viniles, explorar y redescubrir. A veces me reencuentro con un disco que me gustaba mucho hace quince años y gozo mucho que el paso del tiempo no sea tan importante en nuestra relación. Hay tanta música y tan poco tiempo para escucharla; además, entre más conoces, más te das cuenta de que no alcanzarás a abrazar toda la que quisieras”.

Cantas “vivo en la ciudad más triste de este país, es tan triste esta ciudad que, por aquí, cuando alguien se ríe lo hace mal”; apelando a ese sentimiento, ¿existirán coincidencias entre Gijón y el DF?

En Gijón viven 280 000 personas, es una ciudad pequeñita abierta al mar; en cambio, el DF es un sitio donde se mezcla mucha gente y en ese sentido lo compararía con Madrid, aunque claro, Madrid es mucho más chico que el DF; pero ahí también converge mucha gente que no  precisamente nació ahí, hay ciudadanos de Asturias, Galicia, Murcia o Canarias, yo qué sé. Entonces son personas que se sienten desarraigadas al abandonar sus comunidades de nacimiento, pero es en buena medida gracias a su condición que desarrollan cosas muy bonitas en su nueva residencia. El DF es similar, hay lazos comunitarios creándose todo el tiempo y en ellos se generan cosas muy chulas. Concretando: el DF tiene dimensiones descomunales que para cualquier persona resultan difíciles de aprehender.

Volviendo a “Ciudad vampira” y Johnston, el caso no es aislado, antes hiciste tuya “Simple twist of fate”, de Bob Dylan.

Comencé a hacer una adaptación a esa canción en la intimidad, y no pensaba tocarla jamás, pero en cierta ocasión se montó una fiesta con el pretexto del cumpleaños de Dylan y se presentaron diferentes actos como homenaje, entonces me pidieron hacer un par de adaptaciones y ya, lo hice. En ese tema la primera persona se convierte en una tercera, es un juego maravilloso, un truco de magia que yo he copiado alguna vez. Todo el Blood on the tracks me gusta especialmente, no sé, creo que es confesional y arrebatado y por eso mismo su carácter es universal.

Pienso en Dylan cantando en el Newport Folk Festival, ¿crees que aún exista la posibilidad de cambiar al mundo con una canción?

La música popular es muy poderosa. El simple acto de cantar hace que la gente se sienta empoderada, que considere que sus problemas dejan de ser suyos exclusivamente para transformarse en los de muchos, es un arma que hay que saber usar. No debemos olvidar eso, jamás debemos permitir que la música se transforme exclusivamente en un acto de complacencia con el sistema capitalista; con la música el trato puede ser horizontal.

En ese rol, alguna vez dijiste que Miguel Bosé te generaba asco, aunque no alcanzabas a descifrar la razón. ¿Podrías decir cuál es el artista más nefasto que España le ha heredado a México y viceversa?  

Esa es una pregunta muy comprometedora. Pero aguarda, quiero aclarar eso que dije de Miguel Bosé que, efectivamente apareció como titular en una entrevista, pero se trata de una impresión que suena mucho peor escrita de lo que verdaderamente quise decir. No tengo nada contra Bosé. Y no sé si pase igual en México pero en España él siempre ha estado muy presente, desde los años ochenta, de modo que a mí me remite a una época, a una cultura asociada con el sistema político que se vivía entonces. Es un ícono y como tal él debe saber que se le puede maltratar, pero no es nada personal lo mío contra él, en realidad no le tengo tanta antipatía. Respecto a la pregunta que me haces, no sé, me pones en un aprieto, joder, ¿cuál es el peor artista que le ha dado España a México?

No sé. ¿Las Ketchup?

No. Ellas sólo generaron un éxito y ya está, no hubo daño. No sé… es que respeto mucho a mis compañeros de profesión. Seguro que los hay, varios artistas así, nefastos, pero de momento no se me ocurre ninguno.

Está bien, dejémoslo así. Nacho, por último, cuenta ¿cómo has hecho para conformar una dupla con gente como Christina Rosenvinge o Enrique Bunbury y salir vivo de la experiencia?

Creo que la música en esencia significa colaboración, un acto que tiene más importancia en sí mismo que hablar de nombres propios. Ahora que visite México para el Vive Latino iré acompañado de los músicos que suelen ayudarme en el escenario y todos sabemos que la canción está encima de nosotros mismos. Las personas de las que hablas son compañeros de profesión de quienes he aprendido mucho, de su experiencia. He tenido la suerte de que con ambos han salido discos y eso me gusta, haber estado abierto a que pasara así. Es cierto que las canciones nacen en soledad, pero cuando llega la hora de proyectarlas hacia afuera no hay nada como hacerlo con la ayuda de otras personas.

“La gente que asiste a los festivales se encuentra con una especie de ansiedad debido a que se la pasa moviéndose de un escenario a otro. Hablando de mi próxima presentación en el Vive Latino me parece que uno como artista no puede darse el lujo de sostener un ritmo de menos a más; hay que concentrar la fuerza, ser rabioso e intenso. Aunque a veces es divertido correr riesgos, ir en contra de esa lógica y hacer justo lo que se supone no debería ocurrir”.   

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The War on Drugs (Extraviarse en un sueño, tentadora calamidad )

adam

Adam Granduciel es un sujeto atormentado, ha pasado temporadas en ese sitio de llamas inmensas que los cobardes llaman infierno. Su inestabilidad emocional rebasa la sudoración y los calambres; sufre ataques de pánico graves y con frecuencia se levanta de la cama con una pesadez destructora que lo reta a detestar la vida. Para el líder de The War on Drugs, acostarse tras un día de existencia en este mundo es, muchas veces, un logro que merece más premios que aquéllos que le ha colgado a su cancionero la prensa musical del planeta. Ocioso resultaría enumerar aquí la cantidad de palmas que Lost in the dream se ha llevado. Una decena de composiciones que sin empacho remiten a los años ochenta más inermes. ¿Es esto rock and roll? Se preguntan algunos al escuchar las composiciones de un autor de equilibrio errático que suele pasar de la claridad brillante a la densidad de la bruma.

Pienso en todo esto mientras escucho el disco de marras y observo en la red imágenes de Adam. Disparos que tuvieron lugar en su casa, en Filadelfia. Tomas donde la mirada del músico deja entrever esa tristeza que sólo quienes sufren de depresión alcanzan a comprender con cabalidad. Tengo la orden de llamar a Granduciel para entrevistarme con él, así que me preparo un té y tomo el teléfono. Es de mañana cuando digito doce números y alguien dice “hola” al otro lado del cable.

¿Cómo te va, Adam, qué estás haciendo a esta hora?

Todo bien, ¿tú qué tal? Estoy intentado configurar mi Pro Tools aquí, en mi casa de Nueva York. Es que actualmente divido mis días, paso una temporada en NY y otra en Filadelfia. Y me gusta eso, lo de vivir en medio de dos ciudades.

Naciste en Oakland, pero decidiste mudarte a Filadelfia con el argumento de que entonces era hora de hacer “el gran viaje americano”, ¿cierto?

Así fue. Era muy joven cuando eso sucedió y ansiaba vivir solo, estar conmigo mismo para explorar mi país por mi cuenta. En ese instante concretar eso era muy importante en mi vida. Hacer el gran viaje, ¿entiendes?

Claro.  Y llevar a cabo ese viaje trajo ciertas incomodidades. Por ejemplo, durante una década sobreviviste con el sueldo de trabajos que te permitieron seguir haciendo música, en restoranes, cafeterías y museos. ¿Qué aprendiste de esas labores y cómo puede palparse esa experiencia en tu música?

En los trabajos que tuve básicamente aprendí a ser paciente. También a relacionarme con otras personas que no necesariamente tenían que ver conmigo e, incluso, a disfrutar de su compañía. Esa época la recuerdo bien porque salía de trabajar para inmediatamente llegar a casa a hacer música. Era una especie de rutina.

Ya que tocas el tema de la rutina, ¿consideras que hacer canciones, grabar discos y salir de gira sea como tener un trabajo “normal”?

¿Por qué no habría de serlo? Sí, claro que es similar. Hay que ser paciente para hacer música.

Con el dinero que ganabas trabajando, alguna vez te compraste un disco de Bob Dylan en directo que te costó más de treinta dólares, ¿se trata del álbum más caro de tu colección?

Ese disco lo compré en California. Y sí, en ese entonces fue el disco más caro que había comprado jamás; aunque actualmente me parece que tengo otros cuyo precio se equipara con el de aquél. ¿Sabes? Lo más caro que he pagado por un disco han sido cuarenta dólares, y no daría más.

¿Coleccionas algo más, guitarras, por ejemplo; cuál es tu favorita?

Mi guitarra favorita es una Gibson Les Paul. Tengo otras que suenan fabuloso también, pero con la que te cuento he alcanzado una especie de contacto espiritual que no puedo explicar. La forma en la que se ajusta a mis manos, no sé, es especial, he creado un lazo emocional con ella. A su alrededor hay otras, pero ésta se ha ganado su lugar.

Solías pintar, ¿lo haces aún?

No, dejé de hacerlo. Ya no me daba tiempo. O pintaba o hacía música y actualmente estoy totalmente enfocado en hacer música. Pero no planeo dejar la pintura por mucho tiempo, muy pronto la retomaré.

Cuando tomabas los pínceles, ¿escuchabas algo para inspirarte?

Sí, eso hacía. Y me gustaba escuchar de todo; aunque prefería el jazz. John Coltrane o Miles Davis…, Miles Davis es mi músico favorito de todos los tiempos…., me quedé pensando en esto de que antes pintaba y de que ya no lo hago más… es que, ¿sabes? Creo que aún sigo pintando, no lo he abandonado. Hacer música es como pintar.

¿Recuerdas qué fue lo que pensaste cuando conociste a Kurt Vile?

Seguro. Pensé “este tipo está loco”. En el buen sentido de la palabra, claro. Platiqué con él y me di cuenta de que era un sujeto maravilloso, que podíamos hacer muchas cosas juntos.

Tal vez él pensó lo mismo de ti, ¿no crees?

¿Loco yo? ¿Te refieres a una locura en buena onda?

Por supuesto que sí. Oye, habla de tu casa en Filadelfia, usaste tu hogar para tomarte la foto de portada de Lost in the dream y me pregunto cuál es tu sitio favorito para tocar la guitarra; y luego cuenta algo de tu barrio, sé que visitas un restorán de comida mexicana, Loco Pez, ¿qué te gusta pedir ahí? 

Me encanta tocar en mi home studio porque ahí lo tengo todo listo para ser usado. Aunque también me gusta tocar en la sala de casa y… en la cocina. Suelo tocar la guitarra acústica cuando me despierto por las mañanas ahí, en la cocina. En Loco Pez suelo pedir sopa de tortilla con pollo, A veces pido tacos también.

¿Qué piensas del furor que ha generado el disco más reciente de The War on Drugs, Lost in the dream?

Me siento muy halagado. Es extraño lo que está ocurriendo porque dentro de mí nada ha cambiado desde entonces, no hay nada diferente. Es un cliché decirlo, pero es verdad que hago música para mí mismo, sólo para mí; jamás he escrito canciones con la expectativa de recibir los aplausos de la crítica; que esto suceda, que a algunos periodistas les guste lo que hago, no cambia nada. No he perdido el sentido del por qué hago lo que hago, mi papel es concentrarme en lo mío.

¿Te atrae o te aterra la idea de ser un tipo famoso? 

Bueno, depende de qué signifique para ti ser famoso. Hasta ahora no siento miedo. Por ejemplo, a veces voy caminando por la calle y la gente me detiene para platicar conmigo porque me reconoce debido a la música que hago, y eso es muy distinto a que esto me pasara gracias a que me vieron en un show televisivo o algo así. Es decir, la gente me reconoce por lo que hago por mí mismo, para mí, no por actuar un papel que no me corresponde.

Hablas de no representar papeles, sin embargo tu apellido real es Granofsky y en la letra de “Eyes to the wind” dices: there’s just a strange living in me.

¿Hablas de las interpretaciones que podría generar mi apellido inventado respecto al real? Bueno, jamás he intentado esconderme ni ocultar mis sentimientos. Cuando empecé a hacer música me encantaba la posibilidad de ponerme un nombre nuevo. Entonces era muy joven y no pensé más allá de eso, sólo me divertía esa idea, la de contar con otro nombre, no me importaba nada más. El tiempo pasó y algunas personas se enteraron de mi verdadero apellido y esto empezó a generar cierta confusión. Pero no hay interpretaciones de por medio, sólo tomé una decisión en un momento de mi vida y ya.

Adam, por último, una pregunta simple: ¿haces rock and roll?

Sí. Soy un músico de rock… definitivamente así me veo.

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Richard Hawley (Aprender a pegarse)

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Hay que aprender a pegarse. Es lo menos que un sujeto debe solicitarse a sí mismo una vez que se encuentre a solas con la música. Digo esto porque conozco a tipos de laya miserable que juegan a lastimarse; saben cómo dar en el punto más blando y a cambio eligen casi acertar o, de plano, apuntar fuera del blanco (creo que eso hice antes yo también -¿a los treinta?, qué importa la edad-, así que comprendo a quienes no se hagan responsables de su melancolía, pero los quiero lejos).

Y es que supongo que todos tenemos canciones que atinan donde deben, que detienen el pulso sin falla. Obligación de uno es saber cuándo hacerlas sonar para así parar el ritmo, hundirse en los acordes, desvanecerse un tramo. Decidir ser la superficie que la aguja desgarra fino, con esa punta suya casi imperceptible, es un asunto de cabrones; como también es de cabrones contar con la capacidad para ponerlo a uno de rodillas. Por eso respeto a Richard Hawley ahora mismo y quiero dejar constancia de que llevo semanas obsesionado con una canción suya. Así que apunto aquí sin pena, en esta libreta, con el arrojo que me heredan los minutos que uno de sus tratados de exploración visceral contiene, que he muerto varias veces gracias a él, Richard.

Acepto que pongo “For your lover give some time” cuando me rindo, cuando entiendo que debo dedicarme a llorar porque no hay otra manera de seguir con lo que siga, como meterme una cuchara a la boca o apretar la letra T de este teclado. Sí, me importa poco que esto me ocurra apretujado en un vagón del metro o andando por la calle, a la mitad de una reunión o divagando en la azotea de casa. Ese tema me pega donde más cala y eso me gusta porque cuando Hawley canta, acabo pronto con mi miseria. Detesto decir que sé bien cómo no andarme con rodeos porque vivo con un poco de prisa, pero así pasa. Actualmente me vacío rápido, sin preámbulos hirientes ni epílogos sufridos. Escucho atento y luego revivo para eso que ya dije, seguir con lo que siga.

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Cepillín (La canción más triste)

cepillín

Mi infancia estuvo plagada de cohetes construidos con empaques de leche, todos comandados por astronautas con rebabas en las extremidades que alunizaban, entre hombres lobo y vampiros, en las macetas del patio. Mientras, en el tocadiscos giraba Flash Gordon (Queen) y mi perro se lamía los bigotes. Cada día de muertos, el día de mi cumpleaños, sin falta mi mamá ponía un 45RPM con “Las mañanitas”, a cargo de Cepillín. Y claro, había risas y abrazos. A décadas de esa época, cuando oigo ese tema por casualidad siento un calambre en el pecho, una mezcla de tristeza y nostalgia por aquellos días, llenos de estrellas y horror, que se fueron para siempre. Ninguna otra canción iguala ese sentimiento; lo han intentado Dylan, los Beatles y Juan Gabriel, pero ninguno han cruzado, aún, tan sanguinariamente mi corazón como Cepillín.

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The Afghan Whigs (Atados a un sentimiento)

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Para algunos melómanos resulta penoso aceptar públicamente que desconocen a determinado grupo o solista. Es decir, cuando alguien les habla de un artista extraño, fingen saber de su existencia con actitud chabacana para evitar mofas; pero apenas están a solas, echan mano de la red para investigar de qué diablos se han perdido. A quien esto escribe le ocurrió algo similar hace poco, cuando una amiga me llamó para invitarme a un concierto de The Afghan Whigs y lo único que balbuceé fue un “sí” para ocultar una dolorosa realidad: no tenía la menor idea de quiénes eran ésos.

Aquella vez pude despejar mi duda con un click, sin embargo fui al show con los oídos vendados porque confiaba en mi amiga; ella no iba invitarme a algo malo, ¿cierto? Afortunadamente mi certidumbre no fue violentada y el concierto estuvo espléndido. Precisamente ahí, entre tragos tras el encore, supe que el combo nació en 1986, en Cincinnati, y que gracias a que firmó con Sub Pop dos LP´s y  un EP obtuvo un significativo grado de proyección masiva en una época donde el grunge y el brit pop domaban las listas de hits. Sin embargo, más allá de esto, un par de puntos llamaron mi atención esa noche: la vehemencia con que los asistentes al espectáculo atendieron los movimientos de Greg Dulli (líder del cuarteto) y el desgarro con que éste interpretó sus rimas.

Naturalmente pronto me hice de material de los Afghan, y el que más me atrajo fue Gentlemen, el cuarto álbum del grupo y el primero editado con Elektra (1993). Con éste bajo la axila, Dulli y los suyos rondaron la radio y la TV para engrosar su número de fans pese a que la etiqueta de “grupo de culto” se quedó en su lugar. Y es que los autores de “Be sweet” nunca se codearon con los fans de Pearl Jam; ¿la razón? Greg estaba más cerca de las llagas emocionales de Otis Redding que de la introspección espacial de Jimi Hendrix; de hecho, a veintiún años de la edición de Gentlemen, aún siguen hermanando a los Whigs con el r´n ´b y el soul, pues el desgarro con que son interpretados los once temas que integran dicha obra no conoce descanso (incluso “My curse” fue cantada por Marcy May debido a que Greg no pudo con tal carga sentimental).

Grabado en los míticos Ardent Studios, Gentlemen es re editado hoy día con la compañía de un puñado de demos y lados B, además de versiones en directo e instrumentales. Así que no hay más por esperar: si usted, como yo hace tiempo, desconoce la música de los Afghan, corra a escucharla ya. Sólo que hágalo a solas, como los penosos suelen, porque en una de esas le gana la emoción y, bueno, a pocos les gusta exhibirse en tales condiciones. Melómanos, al fin y al cabo.

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Dinosaur Jr. (Otros pulsos, otros puños)

Dino

6 de febrero, 2015

El Plaza

Decidimos llamarlo J desde que lo vimos a la distancia y planeamos observar todos sus movimientos. Arrancamos cuando entregó su boleto a las puertas de El Plaza esta noche de viernes y luego se dirigió lo más cerca que le fue posible del escenario para aplaudir la actuación de Hawaiian Gremlins, un combo que abrió su presentación con un homenaje a los Stone Roses para luego presumir cuánto goza de la música de The Drums, ya en los peligrosos terrenos del plagio. Observando atentamente, llegamos a la conclusión de que J no sabe bien quién es Dinosaur Jr., que obtuvo su acceso al concierto gracias a que encontró la respuesta a la pregunta que una revista formuló vía twitter. Que escuchó un par de canciones del grupo de marras en spotify y, sin pensarlo demasiado, tomó su billetera y se dirigió al foro que hoy lo aloja. Claro, está contento porque entró gratis, pero también debido a que el lugar se encuentra atestado de gente que viste como él, habla como él y, seguramente, escucha lo mismo que él. Vemos cómo todos son iguales cuando marcan un punto rojo en los mapas de sus teléfonos con un objetivo: señalarle a aquél que no esté aquí que se encuentra en el lugar equivocado.

Y entonces, cuando el sitio está a punto de transformarse en el patio de un prepa sin prefectos a la vista, un trío de señores toma el escenario. No se visten como J esperaba y cada cual porta una cara tan dura como una pala. El que se cuelga la guitarra es quien más llama la atención de J porque usa gafas aparatosas y una barba tan blanca como la larga mata de cabello que le baña los pezones. ¿Cuántos años tendrá ese sujeto; 40, 50?; ¿habrá formado parte de los Rolling Stones? Además, ¿qué diablos pasará con su instrumento que de él escapa un sonido que hiere los oídos? ¿Nadie va a decirle que algo anda mal con la perilla de volumen de su amplificador? J no alcanza a ver que ese tipo de pelo lacio protege su espalda no con un amplificador, sino con tres, y cada uno tiene elevada su potencia al cuadrado; es decir, el hombre echa mano de 24 bocinas, todas escupiendo distorsión al mismo tiempo. Es por eso que algunos se tapan los oídos. Es por eso que otros prefieren retraerse en la barra. Es por eso un oleaje de escuchas con patas de gallo rasguñándole los ojos va ganando terreno mientras los más jóvenes se van hacia atrás para extraviarse en las penumbras.

De pronto, el apretujamiento comienza a volverse preocupante. J descubre que el suelo, antes firme, ha adquirido la consistencia de un tapete ondulante y que por encima de las cabezas vuelan cuerpos esporádicamente. Por ahí se abre un hoyo entre la madeja de cuerpos y un puñado de infelices organiza un slam mientras a la distancia algún ocioso arroja su envase para empapar los hombros de los desprevenidos. En realidad, la invasión fue discreta, nadie vio venir al batallón de adultos que inundó el foro. En frío, otra generación, quién sabe nacida cuándo, tiene sitiado El Plaza cuando “Out there” toma su turno. Se trata de tipos viejos, ahí están las entradas en sus frentes para atestiguarlo y la marca de sus tenis para corroborarlo; sin embargo parecen haber enchufado sus dedos en la misma toma de corriente que los amplificadores del escenario, porque se sacuden como poseídos y sus rostros emanan una luz que sólo el alumbrado eléctrico podría tolerar. J los mira de reojo mientras el sonido va hipnotizándolo, piensa que más vale fijar su atención en el grupo y ni siquiera rozar a los que bailan iluminados, pues el riesgo de electrocutarse parece alto.

Para cuando los dardos de “Start choppin” se impactan en los pechos más blandos, los millennials parecen haberse perdido de vista. Sin embargo, los pocos que permanecen con la mira en esa chica de cerebro floreado que se proyecta tras la batería, se anuncian afortunados: respiran, y apenas les alcanzan los pulmones, el mismo aire que hace décadas limpió las venas de una generación que no se contentó con saberse grunge; que entendía que la palabra punk aún podía escribirse, con otra tipografía, otro pulso. Otro puño. Quién sabe si J vaya a buscar la discografía de Mascis y los suyos tras este encuentro. Por ahora sólo vemos que aplaude; analizamos cómo lo hace, cuánta fuerza imprime a cada una de sus palmas cuando escucha la versión de “Just like heaven” que tiene lugar bajo los reflectores.

Miramos con atención a J antes de volver con nuestros viejos camaradas, antes de regresar a nuestro tiempo, a nuestro día y a nuestra hora. Y alcanzamos a notar que entre gritos, aquél descubrió que sus oídos podían soportar una carga de ruido malsano, entonces consideramos que J se sabe más fuerte ahora. Claro, envejecer es algo que escapa de su entendimiento, un tema que no pretende indagar a fondo, no de momento; y nosotros tampoco. Tenemos mejores cosas por hacer. Así que le damos al fin la espalda a él, a quien decidimos llamar J, y brindamos. Luego nos reímos, más y más, otra vez, y nos vamos como siempre, juntos a seguir la fiesta a otra parte.

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Guadalupe Plata (El blues, esa penosa obsesión)

Lupe

Me encuentro con Pedro de Dios Barcelo y Carlos Jimena -guitarrista/ vocalista y baterista de Guadalupe Plata, respectivamente- y en nuestra amena baraja verbal arrojamos naipes que lucen las figuras de Bo Diddley y Screaming Jay Hawkins; sin embargo, el tercer elemento de la agrupación no aparece. ¿Dónde está Paco Luis Martos?, pregunto. Y es Pedro quien me responde; “ha ido a hacer una pis, ¿saben en México qué significa eso? Claro, le contesto; aunque acá le decimos “ir a echar una firma”. “Vaya -exclama el guitarrista- eso suena bien, como si uno fuera al banco a hacer algo más importante que una simple meada”. Minutos más tarde aparece el sujeto que faltaba con un “hola, soy Paco y toco el barreño”. Y luego prosigue con detalles de su instrumento musical, uno que se construye con una tina, un palo y un mecate. Algo tan sencillo de comprender como los títulos de las canciones del combo, del tipo “El funeral de John Fahey” y “Jesús está llorando”. Música apestosa a azufre, de cuernos retorcidos y pezuñas afiladas.

A últimas fechas algunos grupos prescinden de los bajistas y, para colmo, llegas tú, Paco, con un instrumento que luce como exiliado de una tlapalería.   

Paco. Y está de puta madre, ¿no? Los bajistas sobran a veces y no es novedad, desde los años treinta era así y no por capricho, sino para crear matices. La música moderna está muy preocupada por sonar con unos súper bajos, frecuencias que no necesariamente deben retumbar en el pecho; nosotros preferimos distinguir otros tonos. Cuando vas a un festival, el bajo te sacude los pulmones y eso nos parece antinatural.

El blues sí que es natural para ustedes, ¿hay que tener el pecho rajado para interpretarlo con decoro?

Carlos. No. Es cierto que el blues nació bajo situaciones muy penosas, pero nosotros no sufrimos tanto. Hablamos de vivencias comunes, como cuando te deja la novia o te emborrachas. Porque intentar repetir las emociones de un bluesman del siglo pasado significaría toparse contra la pared.

En cierta medida, ¿ustedes están tomando la estafeta dejada por esos viejos bluesistas?

Pedro. Sí. Llevamos ocho años tocando con una idea muy clara: empecinarnos en hacer blues y no salir de ahí. Además, hemos puesto parte de nosotros mismos en nuestras canciones para conseguir un sonido auténtico. El blues es para nosotros una obsesión desde que apareció en nuestras vidas porque es sinónimo de pureza, ya sabes, al ver a esos tíos con sus guitarras hechas polvo. Teníamos quince años cuando nos encontramos con el blues y míranos, ya pasados de los treinta y con la obsesión intacta. Aunque nos gusta el flamenco también, así como el country, el jazz y la psicodelia. La música mexicana nos parece alucinante.

Hablando del flamenco y las rancheras, se trata de músicas que sangran de la misma herida que el blues, son así de desgarradas.

Pedro. Es cierto, por eso me encantan Los Tigres del Norte.

Carlos. A mí Los Tucanes de Tijuana. Músicos que emanan un espíritu similar al del blues.

Pedro, ¿tienes algún mote, cómo te gritan tus compinches en tu tierra natal, Úbeda?

Pedro. Me apodan Perico.

Carlos. Aunque en México si te llaman Perico es por otra cosa, ¿verdad?

Así es. Pero cambiemos de tema, ¿de dónde viene el nombre del grupo?

Carlos. Guadalupe Plata es la patrona de nuestro pueblo, una virgen diferente a la mexicana, pequeñita y rodeada de plata.

Pedro. Tomamos su nombre porque hay belleza en ella. Todos se vuelven locos al verla, se pelean por tocarla.

Vaya, finalmente se trata de toda una rockstar

Carlos. Sí tío, ella sí que representa al rock and roll.

Guadalupe plata

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