Abraham Boba (Un turista feliz, lúgubre e introvertido)

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Ahí está Abraham, en una calle de la colonia Roma, hurgando en el bolsillo de su saco, sacando un paquete de tabaco para forjar un cigarro. Hemos quedado de vernos en la entrada del hotel que lo aloja en México, la mañana arranca y los hipsters de la zona pasean a sus bestias -y viceversa- entre arbustos. Tras saludarme e invitarme a tomar asiento en una banca, Abraham lame un papel para sellar con saliva su tubo de niebla y despeinarse un poco su canosa mata de cabello; luego, el tabaco arde y Boba inhala. Su barba es blanca; su voz, serena.

Hace ocho años escuché su disco debut (Abraham Boba, 2007) en una estación de escucha de cierta tienda de discos en España. Cuando llegó a mis oídos la primera estrofa de “Fuga de Alcatraz” supe que quería hundirme en ese mundo nostálgico y lúgubre que a la fecha ha arrojado dos álbumes más (La educación, 2009; y Los días desierto, 2011); y ahora ahí está el autor del drama, acomodándose el cuello de la camisa, listo para contestarme lo que yo desee (al parecer). El español prefiere usar filtro mientras fuma y esconder sus ojos tras unas gafas impenetrables. Me ofrece de su tabaco y no hago más que mirar la marca del empaque; “no fumo”, le digo, y hasta ahí llegan mis confesiones. Pero aunque jamás le cuento que en algún momento de mi vida me obsesioné con ciertas rimas de su temario, éste lo intuye cuando, esporádicamente, se ríe tras escuchar mis preguntas y el vaho de su boca a esa hora de la mañana se confunde con el humo que emana su vicio.

¿Cuándo y cómo empezaste a hacer música?

Desde que era niño me gustaba cantar, empecé tocando la “batería” a los catorce años; aunque, bueno, la realidad es que me compré unas baquetas y viendo videos de REM y The Cure golpeaba la cama o el sillón, simulando que eran tambores. Finalmente tuve acceso a una batería real en un local de ensayo que a veces visitaba; más tarde, a los 23 años de edad, decidí estudiar solfeo, armonía y piano. Entonces empecé a hacer canciones al piano, aunque también con la guitarra escribo. Lo que mejor toco es el piano, pero vamos, me gustan las limitaciones que me ofrece la guitarra a la hora de componer.

En la contratapa de tu disco debut apareces sentado frente a un piano, ¿es tuyo?

Esa foto está hecha en Madrid, en la casa de una amiga que tenía un piano antiguo que era de su padre. Esa casa estaba en ruinas, destrozada, y el piano era prácticamente lo único que se mantenía en pie.

¿Vives en Madrid?

He vivido en muchos sitios, pero cuando salió mi primer disco vivía en Barcelona. Desde hace ocho años vivo en Madrid.

Escuchando a la distancia los tres discos que has editado (el más reciente vio la luz hace cuatro años), ¿consideras que en ellos existe una especie de hilo conductor?

A ver, me gusta que las canciones tengan identidad propia, pero es verdad que también busco que exista un hilo conductor en mis álbumes; en su momento, cuando hice mis tres discos, quizá no encontraba la conexión entre cada uno de ellos, pero ahora que ha pasado el tiempo vaya que noto que existe. Desde lejos, aprecio ese discurso intimista e íntimo que desarrollé. Sí que es verdad que entre mis tres discos hay ganas de entender los recovecos de una relación de pareja, pero también de encontrarme con mi intimidad.

Pasaste del discurso lúgubre, oprimido y pesimista de tus primeros dos trabajos, a Los días desierto, una obra luminosa, incluso chabacana por momentos, ¿no lo crees?

Desde luego. El último disco es el más luminoso, cuenta con temas que incluso en aquel momento me parecían frívolos, pero que hora escucho y no me lo parecen, como “Fin de año” o “Algunas pequeñas verdades domésticas”; canciones que me costaba un poco sacar a la luz. El cambio del que hablas vino debido, en buena medida, a que en esa época empecé a escuchar música distinta a la que solía, escrita en tonos mayores. Al final, todo tu bagaje influye en tu sonido. Recuerdo haber escuchado mucho Pet sounds  (The Beach Boys), y algo de éste debe haber en Los días desierto.

¿Qué cambió en tu vida? Pasaste de hablar de una fuga carcelaria, en clara alusión a una relación amorosa, a ahondar respecto a la madurez y la basura que ésta trae consigo.

Básicamente viví un cambio de vida; me mudé de ciudad y sufrí una separación muy dolorosa. Y bueno, al final los discos son eso, resúmenes de lo que vives. En mis álbumes se nota la degradación de una relación que viví y cómo mi vida cogió de pronto otro camino, uno que me llevó a un sitio totalmente distinto al del arranque. Todos estos cambios mantienen, sin embargo, hay una constante: la nostalgia que, supongo, por ser gallego me toca muy de cerca, una nostalgia que tengo muy metida en el corazón. Mi primer disco es lúgubre, es verdad; pero el segundo lo es aún más (además es mi favorito); el tercero es luminoso, retrata cómo ya vivía otra etapa.

Debutaste ceñido bajo parámetros estéticos bien definidos y en tu tercer paso luces listo para incorporar instrumentos sin prejuicios.

Totalmente es así. Al comienzo, básicamente me interesaba encontrar un formato pop, pero sin guitarras, algo que sonase clásico. Por eso eché mano de piano, contrabajo, batería y cuerdas. Entonces escuchaba mucho a Serge Gainsbourg y claro, buscaba acercarme a la canción pop, pero desde la perspectiva del jazz, incluso los músicos que tocaron conmigo en el primer disco eran eso, jazzistas. En esa época escuchaba mucho A River Ain’t Too Much to Love, de Smog, un álbum muy desnudo. Me interesaba meterme en ese ambiente y por eso decidí eliminar instrumentación de sobra. Para el segundo, me apetecía probar y metí vientos y cuerdas, sin embargo fue un disco donde grabé prácticamente yo solo todos los instrumentos; para el más reciente, pues ya lo he dicho todo.

Y de pronto te encontraste con Nacho Vegas.

Cuando llegué a Madrid estaba viviendo una temporada convulsa. Nacho había disuelto a la banda que lo acompañaba (Las Esferas Invisibles) y la gente de la disquera Limbo Starr (ambos compartimos sello) le dijo a Nacho que quizá yo podría ayudarle en los teclados. Nos vimos, me pasó las maquetas de Manifiesto desastre y bueno, fue maravillo empezar a girar con él. Desde los 18 años de edad hago conciertos, pero jamás había vivido una gira como las que hago al lado de Nacho, algo de verdad.

Tras cuatro años de silencio, y con el éxito inusitado de tu nuevo grupo, León Benavente, ¿planeas volver a hacer discos como solista?

Lo bonito de las carreras en solitario es que jamás las puedes dejar porque hablan de ti exclusivamente; soy Abraham Boba, vivo mi proyecto personal y éste sólo podría extinguirse si yo desapareciera y a mí lo que me interesa es hacer canciones hasta que me muera. Lo de León Benavente ha sido una sorpresa que me ha absorbido casi totalmente. Trabajo lento, me gusta darle vueltas a las canciones, mascullarlas en la cabeza varias veces. Para hacer un disco nuevo como solista tendría que dedicarme exclusivamente a ello, y va a suceder. Ya voy cogiendo ideas para un nuevo álbum. Es más, casi tengo ya pensado cómo va a ser, ¿saldrá en dos años o cinco?, no lo sé.

Cuando escucho tus canciones pienso que debe ser terrible mostrarse así, desnudo, ante la gente, ¿te causa miedo hacer discos así, donde no te guardas nada?

Ese miedo es inevitable. Todo aquel compositor que muestra su arte al público lo siente y quien te diga que no, está mintiendo. Hacer canciones es un trabajo en el que uno se vacía de modo doloroso, escribir se trata de enfrentarse a bienes y males. Es algo… joder, muy íntimo. Por eso si alguien lo ataca, si alguien se mete con tus canciones, irremediablemente te sientes atacado. Con el tiempo vas relativizando un poco todo esto, y bueno, al final lo único que queda es seguir haciéndolo, seguir haciendo canciones.

Hablas de que te toma tiempo hacer canciones, ahonda al respecto.

Mis canciones las he hecho sentado al piano a medida que voy escribiendo la letra, es un sistema que me gusta, es mi método. Recuerdo que “La educación” me llevó mucho tiempo hacerla, la construí a lo  largo de tres días consecutivos. No soy capaz de dejar un tema descansar una semana para luego retomarlo, cuando una canción deja de interesarme es porque el camino se ha torcido y algo anda mal. Como me cuesta modificar los caminos, prefiero abandonar, por eso desecho mucho material. Otro caso; “Podría haber sido peor”, la acabé en una hora, toda, con letra y música; pero claro, llevaba tiempo mascándola en la cabeza.

Aludiendo justo a ese tema, ¿te convertiste finalmente en “un santo bebedor”?, me parece que cuando escribiste eso estabas decidiendo si hundirte en esa grieta era la mejor opción.

Me gusta vivir en este terreno ambiguo. Mis canciones hablan de mí, seguro, pero a veces éstas te sacan de ti mismo. En cualquier caso, en ese disco hay una frase en el tema “Así se vive aquí” que dice “de día no te conocía”… y es verdad que yo en esa época llevaba un año viviendo en Madrid y digamos que tenía una vida bastante alocada.

¿Qué hay de “Basura madura”?, ¿es una carta a un ser distante o eres tu hablándote al espejo?

Me gustan los discursos dobles, pero también los triples. Esa canción… podría, sí, podría significar hablarme a mí mismo o a alguien que está lejos. El título surgió de una conversación que tuve con una amiga, la encontré en Bilbao y le conté que estaba haciendo un nuevo disco y me dijo “ah, bueno, eso es como hacer basura madura”, es decir, temas que hablan de madurez pero que en realidad son pura basura. Me hizo gracia la expresión y la adopté. Me gusta usar conversaciones con la gente que tengo cerca para sacar ideas y canciones porque los temas que más me gustan son los que están pegados al suelo. Crear canciones  es un proceso artístico, pero no me gusta que sea demasiado elevado, sino que de pronto pueda aterrizarse en una conversación.

¿Estarán preocupados quienes te rodean de aparecer de pronto en alguna de tus canciones?

¿Cuándo dices que si se preocupan quieres decir que temen? No sé, aún me falta ser mucho más claro como para que la gente que está cerca de mí sepa que hablo de ella. Pero vaya, la gente con la que me relaciono sabe que de alguna u otra forma vive en mis canciones.

“Fuga de Alcatraz”. Hay una película que explica cómo llevar a cabo el escape; pero cuenta tú, ¿cómo hiciste para salir de esa prisión?

Es un tema doloroso. A ver, mi vida no le interesa a nadie, lo que yo busco es partir de mis experiencias para así abordar sentimientos universales. Pero verás, esa canción habla de todo lo malo que se genera cuando tienes una relación muy larga en el tiempo y se pierden cosas al tiempo que se ganan otras. Los sentimientos de dependencia y posesión se asemejan bastante a vivir en una prisión. Vi Fuga de alcatraz, la película, y está bien; pero, más allá de ésta, el concepto de fuga a nivel musical es muy rico.  Me encanta Bach y me fascinaría tocar su obra; aunque no llego ni  a diez compases.

Abraham, quizá ahora seas un “Turista feliz”, viajando por el mundo con Nacho Vegas y León Benavente, envolviendo regalos ya no con hojas de El País, sino con periódicos de muchos sitios del mundo.

Esa canción de la que hablas es muy triste; ahora estoy en un buen momento, he tenido muy buena suerte con León Benavente y haciendo las giras con Nacho, conciertos muy especiales. En realidad estoy viviendo un sueño, porque finalmente hago lo que me gusta. Es cansado vivir un sueño, es cierto; hay que estar preparado psicológicamente para enfrentarlo, hay que asumir que estarás fuera de casa por mucho tiempo y que ni siquiera tendrás una sola ciudad de residencia. En los últimos tres años he estado muy poco en Madrid, por ejemplo. Supongo que sí, que estoy cerca de ser un turista feliz, aunque mira, estando de gira es imposible hacer turismo ¿eh?

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Yoko Ono (Por favor, no faneen)

¿Entonces a qué chingados vine?, se pregunta en voz alta quien está a mi lado, un tipo encabronado que se reacomoda en su asiento para luego tachar algo que escribió en su libreta. Sucede que la encargada de atender a los representantes de la prensa que hoy abarrotan el auditorio del Museo de la Memoria y la Tolerancia acaba de anunciar que a Yoko Ono -quien está a punto de arribar al foro- puede preguntársele cualquier cosa; excepto todo aquello que se relacione con John Lennon y los Beatles.

Está bien, pienso. Total, uno puede ahorrarse ese par de temas. Afortunadamente hay harta obra artística sobre la cual indagar. Pero el problema verdadero es otro, uno que esa señorita que comanda cada uno de los movimientos que llevan a cabo quienes portan cámaras fotográficas y de video, micrófonos y grabadoras de audio, encuentra fundamental. Se trata de un detalle que ella pretende ahorrarse para así evitarse bochornos, regaños o qué sé yo. “Por favor, no faneen”, suplica la susodicha.

Quién sabe cuándo sucedió, pero la cosa parece ser de lo más normal: de pronto, un sustantivo se ha transformado en verbo. Los fans fanean cuando tienen enfrente a su ídolo. Yo faneo, tú faneas, él fanea. Y, según parece, los miembros de la prensa suelen fanear de un modo tan desvergonzado, que hay que decirles que, por favor, se aplaquen y no empiecen con escenitas. Considero que probablemente se avecina una catástrofe tras dicha advertencia cuando de pronto aparece Yoko. Y bueno, para fortuna de la chica de prensa, todos obedecen sus indicaciones. Todos obedecemos, quiero decir. Nadie menciona a los cuatro de Liverpool y no hay quien se atreva a hablar de quien fuera marido de la oriental. Y sí, nadie fanea. Se habla de lo que debe de hablarse, con educación. Con profesionalismo.

Yo estoy hasta el fondo del auditorio, pensando en que ahí, a unos metros de mí, está quien inspiró “Oh, Yoko!” y le aprendió algunos trucos a John Cage; recapacito que la señora está sentada entre miembros de la iglesia y encorbatados de rango distinguido en el gobierno local; que luce flaquita, diminuta, fragilísima. Y entonces mi vecino de butaca se me acerca a la oreja; “ya está grande la señora, ¿verdad?”, me susurra. Yo asiento. Yoko tiene más de ochenta años de edad. “¿Usted sabía que ella separó a los Beatles?”, inquiere de nuevo el de al lado. Y yo le digo que no lo sabía, que no estaba enterado. “No soy fan, desconozco la historia”, le contesto para luego darle la espalda en la medida de lo posible para así evitar que la charla se prolongue.

“No faneen”, resuena en mi cabeza, “no faneen”.
Y eso hago. No faneo, pues.

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Venus (¿Te imaginas quién vivirá allá?)

Venus

Hace poco escalé el monte más alto de Venus. Me tomó un día entero lograrlo (es decir, casi 250 días terrestres), pero valió la pena el esfuerzo porque, una vez en la punta, tomé mi batuta para dirigir la Sinfonía de las Venusinas que llevaba meses planeando. La obra incluyó todos los instrumentos del planeta, desde el leve silbido de un puñado de meteoritos desintegrándose en la atmósfera, hasta el vaho que producía el ardiente viento solar; desde el manto armónico de la densa capa de nubes que cubría el cielo, hasta la melodía prodigiosa de las capas tectónicas chocando entre sí y, claro, las ensordecedoras erupciones volcánicas.

Aquél fue un día glorioso, hice realidad mi humilde homenaje a Arseni Avraámor y su Sinfonía de las Sirenas y, además, me conecté mentalmente con una pareja de amantes que en la playa de Mazunte fornicaba de modo bestial. Es decir, esa vez dos terrícolas escucharon la obra que comandé en algún lugar del cielo. Fue un momento conmovedor, pues noté que a esa dupla le gustó mi sinfonía cuando dejaron de acariciarse para mirar hacia el cielo por unos cuantos minutos.  “¿Te imaginas, quién vivirá allá?”, se preguntaban mientras mis manos, flamas doradas de metros de longitud, conducían el cuarto y último movimiento.

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The Rolling Stones (Los delincuentes siguen sueltos)

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Ocurrió en 1971. Una pandilla de delincuentes denominada The Rolling Stones, proveniente de Londres y con un historial de fechorías descomunal, escapó de la ley de las buenas costumbres una vez más para darle rienda suelta a su espíritu salvaje. Testigos anónimos comentaron que los rufianes fueron vistos en los Muscle Shoals Studios, así como en la casa del líder de la pandilla, grabando un puñado de temas donde, aún hoy puede notarse, el mal gusto impera entre guitarrazos y gritos despavoridos.

Concentrada bajo el título de Sitcky fingers, Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts, Mick Taylor y Bill Wyman confeccionaron una decena de amenazas al recato donde se barajan nombres como “Bitch”, “Brown sugar”, “Sister morphine”, “Wild horses” y “Can´t  you hear me knocking”; puras odas a la vulgaridad ideadas en antros de mala muerte. Producidas por Jimmy Miller, las canciones –aún hoy puede notarse- presumen el cochambre que sólo el rock and roll posee, aunque las blasfemias del country y el blues también tienen cabida. Empaquetado por un tal Andy Warhol (sujeto de moral holgada con residencia en Nueva York), quien diseñó una portada de pésimo gusto donde una bragueta opera como protagonista, el álbum presume en la contratapa la lengua que de ahí en adelante serviría como firma en los múltiples actos vandálicos de sus prosaicos autores.

Como recordatorio de lo bajo que un ser humano puede caer, la obra ha sido reeditada recientemente, acompañada de un disco extra donde aquellos disolutos desparraman aún más su decadencia con tomas alternas (sobresale una versión acústica de “Wild horses” y una lectura extendida de “Bitch”), temas registrados en directo (en una cloaca llamada Roundhouse, también en 1971, con la inclusión de “Love in vain” y “Honky tonk women”) y una versión de “Brown sugar” donde Eric Clapton -otro capo de la mafia inglesa- se encarga de la guitarra. El cuadernillo que acompaña este monumento a la miseria contiene múltiples fotos de los forajidos, sólo para no olvidar que el infortunio cuenta con rostro bien definido.

Sobra decir que los desfachatados han encumbrado este álbum como uno de los mejores  no sólo en la historia de los Stones, sino de la música rock en su totalidad. Así que hágase usted de una copia bajo su propio riesgo y, por lo que más quiera, enséñeselo a sus hijos una vez que sean mayores de edad, no vaya a torcer el andar de inocentes que, de buenas a primeras, esquiven la ruta del bien para bailar como el tal Jagger suele.

 

 

 

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Rogelio Garza (El rock & roll de la bicla)

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Rogelio Garza es un amante de las bicicletas. Le importa poco que estén oxidadas o nuevas, que sean lujosas y caras o las más baratas del mercado; “cuando veo una, cualquiera, me quiero subir”, dice. Recientemente ha publicado un libro: Las Bicicletas y sus dueños. Él mismo explica su contenido: “en más de 160 páginas abordo la historia de la bicicleta a través de los personajes que se han subido a ellas. Te cuento la historia del personaje y de su bicicleta, además de su aportación a la humanidad. Son 39 historias, y hay políticos, científicos, artistas, escritores, religiosos. De todo”.

¿Y de dónde viene tu pasión por las bicis?

Pues mi primera bici la tuve como a los seis años, pero cuando la tomé para ya no soltarla fue como a los doce. Usarla me cambió la vida. De niño fui muy obeso y eso me ocasionaba problemas porque siempre fui el blanco de todos, así que desarrollé un mecanismo de defensa; quien llegaba a decirme “puerco” recibía un madrazo a cambio. Rompí madres a diestra y siniestra y por eso me costó mucho trabajo acabar la primaria. Cuando lo conseguí, me ofrecieron escoger mi regalo y pedí una bicicleta. Empecé a andar en ella y en ocho meses ya era otra persona. En esa época me pegó muy duro el rock y con los chavos que me juntaba escuchábamos rock & roll y brincábamos cerros de grava en la bici. Rock y bicicletas.

¿Crees que la bicicleta simbolice rebeldía?

La bici es contracultural porque lo primero que te ofrece es libertad. Es un medio de transporte con características que van en contra, de muchas maneras, de la lógica industrial. La bici es un medio para hacer alguna clase de activismo, mucha gente la llena de calcas que exponen alguna causa. Hubo un artista gráfico que montó en su bici una impresora conectada a una laptop, entonces cualquiera podía enviarle un mensaje en contra de Bush por e mail y él lo imprimía con aerosol mientras iba pedaleando por la banqueta. Así llenó las calles de Nueva York con mensajes anti Bush. Al final le decomisaron la bici y su equipo, pero de ahí nació Bikes Against Bush (Bicicletas Contra Bush); ciclistas que todo lo que hacen en bici es contra Bush. Los mensajeros de Nueva York y San Francisco, poseen uno de los sindicatos más fuertes que hay. Ha habido leyes que atentan contra su trabajo y ellos han luchado por derrocarlas con éxito. Se han organizado de tal manera que han creado toda una cultura bicicletera absolutamente marginal, muy chingona. Además, casi todos sus integrantes son negros y latinos. En México existen los Bicitekas. Una organización de ciclistas urbanos cuya lucha es humanizar a la ciudad. Quieren espacios apropiados para la convivencia urbana y han hecho varias manifestaciones públicas. Es un grupo medio marginal e incluso tuvo una época donde se volvió radical y eso espantó un poco a la gente. Lo que hace me parece muy chingón. Quieren cambiar el rostro de la ciudad.  Gracias a su presión existe la ciclopista de la ciudad.

Por otro lado, el origen de la bici de montaña es contracultural. Quienes iniciaron esa onda fueron unos hippies de San Francisco, de Mary Mountain; agarraban  sus bicis y les hacían modificaciones con tal de que les sirvieran para bajar por las montañas. Eran hippies pachecos que lo único que querían era divertirse sin perder contacto con la naturaleza. La bici mantiene un rollo ambientalista muy marcado, de hecho existe un decálogo desarrollado por el IMBA, y los primeros puntos dicen que hay que respetar el medio ambiente. El común denominador del movimiento bicicletero es que ha modificado el uso de la bici para descubrir nuevas aplicaciones, como el free style, que es un deporte para gente a la que le atrae lo extremo y que tuvo que inventar modificaciones para divertirse como le gustaba, por ejemplo lanzándose a una alberca vacía. Además, muchos personajes contraculturales han pedaleado: John Lennon, Albert Hofmann, Syd Barrett, Henry Miller, Che Guevara…

Tan buenas que son la bicis, y tan caras.   

Cierto. Es caro hacerse de una bici. Sin embargo sigue siendo el medio de transporte más democrático y universal que existe. Cualquier persona, sin importar su sexo, religión o afiliación política, puede pedalear sin pedos, y eso no sucede con todos los medios de transporte. Si hoy sales a andar en bici a la calle te vas a dar cuenta que la ciudad está contra ti como ciclista, el sólo hecho de que te atrevas a cruzar el asfalto en bici es un acto contracultural.

Respecto al free style, la publicidad se ha empeñado en hacernos creer que es un deporte para tipos aguerridos, ¿así es la realidad?

A todo deporte se le crea una imagen, ya sea golf o tenis. Pero es cierto que el free style es un deporte rudo. Yo tengo una lesión en una vertebra desde hace ocho años por andar haciendo free style;  es algo que lastima y te cambia la vida, como a mí, que me jodí para siempre. Pero esa imagen heavy metal que se presenta como publicidad es una foto empresarial. Los primeros que se atrevieron a hacerle al free style eran greñudos y rockers, como los primeros skaters, con ganas de divertirse, sólo eso. La moda llegó después.

Hablando de rock & roll, hay muchas canciones que hablan de la bicla.

Hay un chingo de canciones bicicleteras, de hecho llevo tiempo armando un cancionero al respecto. Syd Barrett y Tom Waits le compusieron una canción a su bici. The Ginger Ninjas es un grupo que anda de gira en bici y cuando toca escoge a dos personas del público para que generen la energía eléctrica necesaria para la tocada mediante sus piernas. Onda 100% ecológica, radical. Han tocado en México incluso. La idea está chingona, salir de gira en bicicleta y generar electricidad con pedales.

Hay una bicicleta que me parece una joya, la Vagabundo, ¿es mexicana?

Sí, es mexicana, pero hasta donde sé ya no se fabrica. Vagabundo es una imitación, hecha por la fábrica Record, de una bici gringa, la Schwinn, el modelo se llama Sting Ray. Es un modelo chopper que se hizo tomando como base las motos de los años sesenta, creadas por los Hells Angels, quienes hicieron las primeras choppers a mano. Los diseños tuvieron tanto éxito con los niños, que la fábrica se aventó a hacer una bici chopper. Ese prototipo lo copió la Vagabundo, haciendo variaciones en el asiento. Hace poco me encontré a una ñora ya mayor sobre una bici de esas, la paré y le pedí que me dejara tomarle una foto. Me dijo que la usa desde que era niña, pero que a su hija no le gusta y por eso ella se sigue subiendo a darse sus roles.

Qué me dices de la clásica cleta de panadero.

Ah, esa bici se llama Águila Plateada. Se volvió popular en México porque somos un país bicicletero (esto no lo digo en tono peyorativo, sino todo lo contrario. México se mueve en bici, literalmente). Hay un chingo de prejuicios en la ciudad, pero si te sales de ella, hacia otros estados, verás que la gente se mueve en bici y que regularmente usa el modelo por el cual me preguntas; rodada 28, grande y pesado. Aguanta todo y dura toda la vida. Digamos que es la bici de la clase obrera.

Aunque para tosquedades ninguna le gana al triciclo que se usa para vender paletas, tamales, tacos y hasta para hacer mudanzas.

El triciclo industrial.

Cómo cuánto cuesta un armatoste de esos.

Esos carritos cuestan como tres mil pesos. Una ganga tomado en cuenta cuánto duran. Eso sí, para pedalearlos se necesita fuerza, y más si van bien cargados.

¿Te han robado una bicla?

He vivido muchas cosas en varias bicis. He cruzado desiertos, costas, selvas, sierras, nieves y hasta volcanes, pero nunca me han robado una bicicleta. Tengo muy buena suerte.

Oye, y si fueras una bicicleta, ¿cuál serías?

Hay una marca, Diamondback, que hacía unas BMX Cross muy chingonas, pero quebró y la compró una empresa inglesa, Raleigh. Esa marca sacó una edición especial que vi anunciada en una revista y desde entonces me enamoré de ella. Es una de montaña, down hill, que se llama Black Sabbath. Es pesadísima, con doble suspensión. La ves y no mames, parece un tractor. Enfrente trae el logo de Black Sabbath, el diablito con alas, y es una edición especial negra con una acabado en aluminio sin madre. Es conmemorativa de la reunión de Sabbath, una bici heavy metal. A mí me gusta bajar la montaña en bici con música y procuro llevar siempre algo de Sabbath o de Monster Magnet.  Pedalear con esa música en montaña es de no mamar, una experiencia poderosa. Así que si yo fuera bici, pues sería la Black Sabbath.

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 *El libro de Rogelio Garza, Las bicicletas y sus dueños, se encuentra vía internet (www.rueda-libre.blogspot.com).

 

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Nacho Vegas (Curso de artillería exprés con el ciudadano vampiro)

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Sus seguidores conforman una legión en México, un ejército de pecho herido donde cada uno de sus integrantes repite las rimas que la pluma de su líder traza, siempre con un fervor ciego, estricto. A Nacho Vegas y su cancionero siempre habrá quién los defienda, por eso resulta natural encontrarse con la noticia de que son precisamente los fans del español quienes protagonizarán el video del tema “Ciudad vampira”, incluido en su plato más reciente, Resituación. El plan consiste en que aquellos que lo deseen se graben a sí mismos durante 60 segundos, el tiempo preciso para que retraten de alguna manera los problemas sociales, económicos y  políticos de la actualidad. Además, el hecho entibia los bulbos para la presentación de Vegas en el festival Vive Latino y de paso opera como pretexto para hablar vía telefónica con el cantautor, quien atiende la llamada desde su tierra natal, Gijón.

No es novedad, pero ahora es oficial: tus fans se apropian totalmente de una de tus canciones y protagonizan el video correspondiente.

Ésta ha sido una muy bonita idea de parte de los escuchas, hacer un video colectivo que incluya imágenes de personas de diferentes países de Latinoamérica y España. Es algo que no se me hubiera ocurrido a mí, la verdad. Se trata de dimensionar la canción “Ciudad vampira” a nivel social, otorgarle un aire de denuncia; yo también voy a colaborar con imágenes que registraré en Asturias, frente a un mural que hay allá.

Este tema es tu lectura de “Devil town”, una composición de Daniel Johnston.

Así es, a la música de Daniel Johnston la conocí hace mucho tiempo, desde que yo tenía unos dieciocho años de edad. De hecho la primera canción que llegué a cantar en un pub de Sevilla acompañado de un grupo fue una de Johnston. Era muy fan de él y de toda la música independiente europea y americana. La música de Daniel ha inspirado a mucha gente, él tiene temas muy bonitos incluidos en las cintas caseras que solía editar al comienzo de su carrera y sí, “Ciudad vampira” encuentra inspiración en él; pero yo modifico algunos acordes y tal, es una versión libérrima a la que agregué un fragmento de una versión maravillosa en Euskera que hace Mursego, una artista vasca que me gusta mucho.

“Me encantan los viniles, explorar y redescubrir. A veces me reencuentro con un disco que me gustaba mucho hace quince años y gozo mucho que el paso del tiempo no sea tan importante en nuestra relación. Hay tanta música y tan poco tiempo para escucharla; además, entre más conoces, más te das cuenta de que no alcanzarás a abrazar toda la que quisieras”.

Cantas “vivo en la ciudad más triste de este país, es tan triste esta ciudad que, por aquí, cuando alguien se ríe lo hace mal”; apelando a ese sentimiento, ¿existirán coincidencias entre Gijón y el DF?

En Gijón viven 280 000 personas, es una ciudad pequeñita abierta al mar; en cambio, el DF es un sitio donde se mezcla mucha gente y en ese sentido lo compararía con Madrid, aunque claro, Madrid es mucho más chico que el DF; pero ahí también converge mucha gente que no  precisamente nació ahí, hay ciudadanos de Asturias, Galicia, Murcia o Canarias, yo qué sé. Entonces son personas que se sienten desarraigadas al abandonar sus comunidades de nacimiento, pero es en buena medida gracias a su condición que desarrollan cosas muy bonitas en su nueva residencia. El DF es similar, hay lazos comunitarios creándose todo el tiempo y en ellos se generan cosas muy chulas. Concretando: el DF tiene dimensiones descomunales que para cualquier persona resultan difíciles de aprehender.

Volviendo a “Ciudad vampira” y Johnston, el caso no es aislado, antes hiciste tuya “Simple twist of fate”, de Bob Dylan.

Comencé a hacer una adaptación a esa canción en la intimidad, y no pensaba tocarla jamás, pero en cierta ocasión se montó una fiesta con el pretexto del cumpleaños de Dylan y se presentaron diferentes actos como homenaje, entonces me pidieron hacer un par de adaptaciones y ya, lo hice. En ese tema la primera persona se convierte en una tercera, es un juego maravilloso, un truco de magia que yo he copiado alguna vez. Todo el Blood on the tracks me gusta especialmente, no sé, creo que es confesional y arrebatado y por eso mismo su carácter es universal.

Pienso en Dylan cantando en el Newport Folk Festival, ¿crees que aún exista la posibilidad de cambiar al mundo con una canción?

La música popular es muy poderosa. El simple acto de cantar hace que la gente se sienta empoderada, que considere que sus problemas dejan de ser suyos exclusivamente para transformarse en los de muchos, es un arma que hay que saber usar. No debemos olvidar eso, jamás debemos permitir que la música se transforme exclusivamente en un acto de complacencia con el sistema capitalista; con la música el trato puede ser horizontal.

En ese rol, alguna vez dijiste que Miguel Bosé te generaba asco, aunque no alcanzabas a descifrar la razón. ¿Podrías decir cuál es el artista más nefasto que España le ha heredado a México y viceversa?  

Esa es una pregunta muy comprometedora. Pero aguarda, quiero aclarar eso que dije de Miguel Bosé que, efectivamente apareció como titular en una entrevista, pero se trata de una impresión que suena mucho peor escrita de lo que verdaderamente quise decir. No tengo nada contra Bosé. Y no sé si pase igual en México pero en España él siempre ha estado muy presente, desde los años ochenta, de modo que a mí me remite a una época, a una cultura asociada con el sistema político que se vivía entonces. Es un ícono y como tal él debe saber que se le puede maltratar, pero no es nada personal lo mío contra él, en realidad no le tengo tanta antipatía. Respecto a la pregunta que me haces, no sé, me pones en un aprieto, joder, ¿cuál es el peor artista que le ha dado España a México?

No sé. ¿Las Ketchup?

No. Ellas sólo generaron un éxito y ya está, no hubo daño. No sé… es que respeto mucho a mis compañeros de profesión. Seguro que los hay, varios artistas así, nefastos, pero de momento no se me ocurre ninguno.

Está bien, dejémoslo así. Nacho, por último, cuenta ¿cómo has hecho para conformar una dupla con gente como Christina Rosenvinge o Enrique Bunbury y salir vivo de la experiencia?

Creo que la música en esencia significa colaboración, un acto que tiene más importancia en sí mismo que hablar de nombres propios. Ahora que visite México para el Vive Latino iré acompañado de los músicos que suelen ayudarme en el escenario y todos sabemos que la canción está encima de nosotros mismos. Las personas de las que hablas son compañeros de profesión de quienes he aprendido mucho, de su experiencia. He tenido la suerte de que con ambos han salido discos y eso me gusta, haber estado abierto a que pasara así. Es cierto que las canciones nacen en soledad, pero cuando llega la hora de proyectarlas hacia afuera no hay nada como hacerlo con la ayuda de otras personas.

“La gente que asiste a los festivales se encuentra con una especie de ansiedad debido a que se la pasa moviéndose de un escenario a otro. Hablando de mi próxima presentación en el Vive Latino me parece que uno como artista no puede darse el lujo de sostener un ritmo de menos a más; hay que concentrar la fuerza, ser rabioso e intenso. Aunque a veces es divertido correr riesgos, ir en contra de esa lógica y hacer justo lo que se supone no debería ocurrir”.   

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The War on Drugs (Extraviarse en un sueño, tentadora calamidad )

adam

Adam Granduciel es un sujeto atormentado, ha pasado temporadas en ese sitio de llamas inmensas que los cobardes llaman infierno. Su inestabilidad emocional rebasa la sudoración y los calambres; sufre ataques de pánico graves y con frecuencia se levanta de la cama con una pesadez destructora que lo reta a detestar la vida. Para el líder de The War on Drugs, acostarse tras un día de existencia en este mundo es, muchas veces, un logro que merece más premios que aquéllos que le ha colgado a su cancionero la prensa musical del planeta. Ocioso resultaría enumerar aquí la cantidad de palmas que Lost in the dream se ha llevado. Una decena de composiciones que sin empacho remiten a los años ochenta más inermes. ¿Es esto rock and roll? Se preguntan algunos al escuchar las composiciones de un autor de equilibrio errático que suele pasar de la claridad brillante a la densidad de la bruma.

Pienso en todo esto mientras escucho el disco de marras y observo en la red imágenes de Adam. Disparos que tuvieron lugar en su casa, en Filadelfia. Tomas donde la mirada del músico deja entrever esa tristeza que sólo quienes sufren de depresión alcanzan a comprender con cabalidad. Tengo la orden de llamar a Granduciel para entrevistarme con él, así que me preparo un té y tomo el teléfono. Es de mañana cuando digito doce números y alguien dice “hola” al otro lado del cable.

¿Cómo te va, Adam, qué estás haciendo a esta hora?

Todo bien, ¿tú qué tal? Estoy intentado configurar mi Pro Tools aquí, en mi casa de Nueva York. Es que actualmente divido mis días, paso una temporada en NY y otra en Filadelfia. Y me gusta eso, lo de vivir en medio de dos ciudades.

Naciste en Oakland, pero decidiste mudarte a Filadelfia con el argumento de que entonces era hora de hacer “el gran viaje americano”, ¿cierto?

Así fue. Era muy joven cuando eso sucedió y ansiaba vivir solo, estar conmigo mismo para explorar mi país por mi cuenta. En ese instante concretar eso era muy importante en mi vida. Hacer el gran viaje, ¿entiendes?

Claro.  Y llevar a cabo ese viaje trajo ciertas incomodidades. Por ejemplo, durante una década sobreviviste con el sueldo de trabajos que te permitieron seguir haciendo música, en restoranes, cafeterías y museos. ¿Qué aprendiste de esas labores y cómo puede palparse esa experiencia en tu música?

En los trabajos que tuve básicamente aprendí a ser paciente. También a relacionarme con otras personas que no necesariamente tenían que ver conmigo e, incluso, a disfrutar de su compañía. Esa época la recuerdo bien porque salía de trabajar para inmediatamente llegar a casa a hacer música. Era una especie de rutina.

Ya que tocas el tema de la rutina, ¿consideras que hacer canciones, grabar discos y salir de gira sea como tener un trabajo “normal”?

¿Por qué no habría de serlo? Sí, claro que es similar. Hay que ser paciente para hacer música.

Con el dinero que ganabas trabajando, alguna vez te compraste un disco de Bob Dylan en directo que te costó más de treinta dólares, ¿se trata del álbum más caro de tu colección?

Ese disco lo compré en California. Y sí, en ese entonces fue el disco más caro que había comprado jamás; aunque actualmente me parece que tengo otros cuyo precio se equipara con el de aquél. ¿Sabes? Lo más caro que he pagado por un disco han sido cuarenta dólares, y no daría más.

¿Coleccionas algo más, guitarras, por ejemplo; cuál es tu favorita?

Mi guitarra favorita es una Gibson Les Paul. Tengo otras que suenan fabuloso también, pero con la que te cuento he alcanzado una especie de contacto espiritual que no puedo explicar. La forma en la que se ajusta a mis manos, no sé, es especial, he creado un lazo emocional con ella. A su alrededor hay otras, pero ésta se ha ganado su lugar.

Solías pintar, ¿lo haces aún?

No, dejé de hacerlo. Ya no me daba tiempo. O pintaba o hacía música y actualmente estoy totalmente enfocado en hacer música. Pero no planeo dejar la pintura por mucho tiempo, muy pronto la retomaré.

Cuando tomabas los pínceles, ¿escuchabas algo para inspirarte?

Sí, eso hacía. Y me gustaba escuchar de todo; aunque prefería el jazz. John Coltrane o Miles Davis…, Miles Davis es mi músico favorito de todos los tiempos…., me quedé pensando en esto de que antes pintaba y de que ya no lo hago más… es que, ¿sabes? Creo que aún sigo pintando, no lo he abandonado. Hacer música es como pintar.

¿Recuerdas qué fue lo que pensaste cuando conociste a Kurt Vile?

Seguro. Pensé “este tipo está loco”. En el buen sentido de la palabra, claro. Platiqué con él y me di cuenta de que era un sujeto maravilloso, que podíamos hacer muchas cosas juntos.

Tal vez él pensó lo mismo de ti, ¿no crees?

¿Loco yo? ¿Te refieres a una locura en buena onda?

Por supuesto que sí. Oye, habla de tu casa en Filadelfia, usaste tu hogar para tomarte la foto de portada de Lost in the dream y me pregunto cuál es tu sitio favorito para tocar la guitarra; y luego cuenta algo de tu barrio, sé que visitas un restorán de comida mexicana, Loco Pez, ¿qué te gusta pedir ahí? 

Me encanta tocar en mi home studio porque ahí lo tengo todo listo para ser usado. Aunque también me gusta tocar en la sala de casa y… en la cocina. Suelo tocar la guitarra acústica cuando me despierto por las mañanas ahí, en la cocina. En Loco Pez suelo pedir sopa de tortilla con pollo, A veces pido tacos también.

¿Qué piensas del furor que ha generado el disco más reciente de The War on Drugs, Lost in the dream?

Me siento muy halagado. Es extraño lo que está ocurriendo porque dentro de mí nada ha cambiado desde entonces, no hay nada diferente. Es un cliché decirlo, pero es verdad que hago música para mí mismo, sólo para mí; jamás he escrito canciones con la expectativa de recibir los aplausos de la crítica; que esto suceda, que a algunos periodistas les guste lo que hago, no cambia nada. No he perdido el sentido del por qué hago lo que hago, mi papel es concentrarme en lo mío.

¿Te atrae o te aterra la idea de ser un tipo famoso? 

Bueno, depende de qué signifique para ti ser famoso. Hasta ahora no siento miedo. Por ejemplo, a veces voy caminando por la calle y la gente me detiene para platicar conmigo porque me reconoce debido a la música que hago, y eso es muy distinto a que esto me pasara gracias a que me vieron en un show televisivo o algo así. Es decir, la gente me reconoce por lo que hago por mí mismo, para mí, no por actuar un papel que no me corresponde.

Hablas de no representar papeles, sin embargo tu apellido real es Granofsky y en la letra de “Eyes to the wind” dices: there’s just a strange living in me.

¿Hablas de las interpretaciones que podría generar mi apellido inventado respecto al real? Bueno, jamás he intentado esconderme ni ocultar mis sentimientos. Cuando empecé a hacer música me encantaba la posibilidad de ponerme un nombre nuevo. Entonces era muy joven y no pensé más allá de eso, sólo me divertía esa idea, la de contar con otro nombre, no me importaba nada más. El tiempo pasó y algunas personas se enteraron de mi verdadero apellido y esto empezó a generar cierta confusión. Pero no hay interpretaciones de por medio, sólo tomé una decisión en un momento de mi vida y ya.

Adam, por último, una pregunta simple: ¿haces rock and roll?

Sí. Soy un músico de rock… definitivamente así me veo.

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