Maluma (y El Cándido)

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Apenas se la puso por vez primera, José Luis se enamoró de su bata para el laboratorio de química. Le parecía que le sentaba de maravilla, así que jamás se la quitaba. Nunca. No importaba si tal día no tomaríamos la materia de las probetas; él se encimaba su percudida prenda blanca. De siete a dos. Incluso cuando jugaba fútbol. Nació su mote entonces, puntual y vulgar. Lo bautizaron como el Dr. Cándido Pérez. A mí me parecía que a José Luis le gustaba su apodo. Le daba caché, acrecentaba su estatura e, incluso, le enderezaba un poco ese par de pies chuecos que tantas veces lo hizo irse de trompa mientras corría, a la hora del descanso. A la larga, aquel sujeto simple y llanamente era reconocido como El Cándido. Ahí viene El Cándido, ¿supiste que El Cándido está enamorado de la Nohemí?; no mames, El Cándido se fue de pinta.
Hoy, en el tianguis, lo vi después de muchos, muchos años. Andaba yo apretujado y sudoroso entre pasillos, sonaba un tema de Maluma en el puesto de discos piratas cuando de pronto ese viejo compañero de aula pasó a mi lado, con el mismo greñero desordenado de hace décadas, aunque plagado de cabellos blancos. Vendía encendedores, peines, pilas y no sé qué más. Lleve, lleve, a diez pesos; así gritaba, sin risas, con el gesto torcido y la frente chamuscada por el sol ingrato de quién sabe cuántos mercados andados a diario, de lunes a lunes.
Y mírenme, tiemblo al decir esto: el hombre no traía su bata puesta.
Tiempo sádico, bárbaro infame. Primero le quitaste a José Luis su doctorado. Inconforme, ahora le arrebatas la candidez.

 

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(El Pink Floyd)

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El Pink Floyd se ganó ese apodo porque siempre, sin excusa alguna, llevaba puesta una camiseta del Dark side of the moon a la prepa. Era tartamudo y francamente no recuerdo cuál era su nombre de pila. Lo que sí tengo bien presente es que solía decirme que no me engañara, que eso de ir a la escuela era una pérdida de tiempo pues, inevitablemente, todos terminaríamos ganando tres pesos a cambio de rajarnos la espalda bajo el sol durante más de ocho horas diarias. Cuando contaba esto, a mí me daba risa, ¿cómo podría ocurrírsele tal cosa si mi futuro pintaba de maravilla?
Al acabar la prepa no supe más de él. Sin embargo, me gustaría enterarme si irá a ver a Roger Waters al zócalo. Claro, debe estar muy cambiado, como yo; pero lo reconocería de inmediato por la camiseta y su lento trote verbal. De encontrarlo, le daría un abrazo y le diría, “pinche Pink Floyd, tenías razón cabrón”.

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Melómanos y usuarios (verdades y mentiras)

 

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Las colecciones de discos. Vaya que son reveladoras. Nada como llegar a una casa ajena para ser recibido por una bien dotada galería de platos, aceptar un trago y dedicarse a revisar tapas y contratapas, hojear cuadernillos, desdoblar posters, leer letras e indagar quiénes movieron las perillas de las consolas de grabación o montaron algún instrumento musical en determinada obra. Ya sea de rodillas, en cuclillas, acostado, echado en el suelo o en un mullido sillón; repasar colecciones de discos es un deleite porque se trata de un acto que permite descubrir quién es ese sujeto que nos ha abierto las puertas de su morada. Y no hay falla: si uno quiere saber la verdadera personalidad del que tiene enfrente, la mejor y más rápida forma de lograrlo es escudriñando entre sus álbumes.

Pero, ¿qué hay del anfitrión que de pronto permite que cierto huésped manosee sus tesoros sónicos? Porque no cualquiera deja que eso pase, no todos le entregan la llave de su diario al fulano con quien compartieron asiento en el autobús. Quien acepta que le echen un ojo a sus platos se muestra vulnerable, casi como el perro que, chabacano, se echa con la barriga hacia el cielo, a la espera de una tanda de rascadas en el pecho cuando una patada en las costillas es una posibilidad latente. Al momento que se recibe un sí como respuesta ante la pregunta de ¿puedo revisar tus discos?, se puede tener la certeza de haberse ganado un grado de confianza excepcional, la seguridad de haber rebasado una línea que una vez cruzada no permite virajes. Es decir, dejar huellas digitales en los discos lleva a sostener charlas que pueden dirigirse tanto a terrenos infernales como paradisiacos.

Entre melómanos, un encuentro de la clase descrita es cosa seria. Cuántos discos de determinado artista se tienen, de qué forma están acomodados estos y en qué estado se encuentran, cómo son manipulados y qué tan firme es el pulso a la hora de que la aguja pincha el surco o el botón de play es presionado. Todas estas menudencias, aparentemente intrascendentes, arrojan conclusiones que bien podrían anexarse a los garabatos que alojan las libretas de apuntes de los terapeutas. Porque los discos dicen la verdad. Nunca fallan. En ellos se descubre quién se fue, se es o se será.

Así que antes de salir a comer con él, contarle un secreto u ofrecerle un beso, habría que acercarse a la colección de discos del prospecto en cuestión; ése con quien se planea ir más allá del saludo. Porque se corre el riesgo de que éste, en lugar de extender una invitación para visitar su casa, saque el teléfono celular para presumir ufano sus listas de reproducción. Y desgraciadamente para esos casos aún no se establecen protocolos de alerta. Sin alarmas de por medio, hay que estar listos, porque en ésta, la era del streaming, los usuarios –antes llamados melómanos- tienen todo a su favor si de mentir se trata.

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Abraham Boba (Un turista feliz, lúgubre e introvertido)

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Ahí está Abraham, en una calle de la colonia Roma, hurgando en el bolsillo de su saco, sacando un paquete de tabaco para forjar un cigarro. Hemos quedado de vernos en la entrada del hotel que lo aloja en México, la mañana arranca y los hipsters de la zona pasean a sus bestias -y viceversa- entre arbustos. Tras saludarme e invitarme a tomar asiento en una banca, Abraham lame un papel para sellar con saliva su tubo de niebla y despeinarse un poco su canosa mata de cabello; luego, el tabaco arde y Boba inhala. Su barba es blanca; su voz, serena.

Hace ocho años escuché su disco debut (Abraham Boba, 2007) en una estación de escucha de cierta tienda de discos en España. Cuando llegó a mis oídos la primera estrofa de “Fuga de Alcatraz” supe que quería hundirme en ese mundo nostálgico y lúgubre que a la fecha ha arrojado dos álbumes más (La educación, 2009; y Los días desierto, 2011); y ahora ahí está el autor del drama, acomodándose el cuello de la camisa, listo para contestarme lo que yo desee (al parecer). El español prefiere usar filtro mientras fuma y esconder sus ojos tras unas gafas impenetrables. Me ofrece de su tabaco y no hago más que mirar la marca del empaque; “no fumo”, le digo, y hasta ahí llegan mis confesiones. Pero aunque jamás le cuento que en algún momento de mi vida me obsesioné con ciertas rimas de su temario, éste lo intuye cuando, esporádicamente, se ríe tras escuchar mis preguntas y el vaho de su boca a esa hora de la mañana se confunde con el humo que emana su vicio.

¿Cuándo y cómo empezaste a hacer música?

Desde que era niño me gustaba cantar, empecé tocando la “batería” a los catorce años; aunque, bueno, la realidad es que me compré unas baquetas y viendo videos de REM y The Cure golpeaba la cama o el sillón, simulando que eran tambores. Finalmente tuve acceso a una batería real en un local de ensayo que a veces visitaba; más tarde, a los 23 años de edad, decidí estudiar solfeo, armonía y piano. Entonces empecé a hacer canciones al piano, aunque también con la guitarra escribo. Lo que mejor toco es el piano, pero vamos, me gustan las limitaciones que me ofrece la guitarra a la hora de componer.

En la contratapa de tu disco debut apareces sentado frente a un piano, ¿es tuyo?

Esa foto está hecha en Madrid, en la casa de una amiga que tenía un piano antiguo que era de su padre. Esa casa estaba en ruinas, destrozada, y el piano era prácticamente lo único que se mantenía en pie.

¿Vives en Madrid?

He vivido en muchos sitios, pero cuando salió mi primer disco vivía en Barcelona. Desde hace ocho años vivo en Madrid.

Escuchando a la distancia los tres discos que has editado (el más reciente vio la luz hace cuatro años), ¿consideras que en ellos existe una especie de hilo conductor?

A ver, me gusta que las canciones tengan identidad propia, pero es verdad que también busco que exista un hilo conductor en mis álbumes; en su momento, cuando hice mis tres discos, quizá no encontraba la conexión entre cada uno de ellos, pero ahora que ha pasado el tiempo vaya que noto que existe. Desde lejos, aprecio ese discurso intimista e íntimo que desarrollé. Sí que es verdad que entre mis tres discos hay ganas de entender los recovecos de una relación de pareja, pero también de encontrarme con mi intimidad.

Pasaste del discurso lúgubre, oprimido y pesimista de tus primeros dos trabajos, a Los días desierto, una obra luminosa, incluso chabacana por momentos, ¿no lo crees?

Desde luego. El último disco es el más luminoso, cuenta con temas que incluso en aquel momento me parecían frívolos, pero que hora escucho y no me lo parecen, como “Fin de año” o “Algunas pequeñas verdades domésticas”; canciones que me costaba un poco sacar a la luz. El cambio del que hablas vino debido, en buena medida, a que en esa época empecé a escuchar música distinta a la que solía, escrita en tonos mayores. Al final, todo tu bagaje influye en tu sonido. Recuerdo haber escuchado mucho Pet sounds  (The Beach Boys), y algo de éste debe haber en Los días desierto.

¿Qué cambió en tu vida? Pasaste de hablar de una fuga carcelaria, en clara alusión a una relación amorosa, a ahondar respecto a la madurez y la basura que ésta trae consigo.

Básicamente viví un cambio de vida; me mudé de ciudad y sufrí una separación muy dolorosa. Y bueno, al final los discos son eso, resúmenes de lo que vives. En mis álbumes se nota la degradación de una relación que viví y cómo mi vida cogió de pronto otro camino, uno que me llevó a un sitio totalmente distinto al del arranque. Todos estos cambios mantienen, sin embargo, hay una constante: la nostalgia que, supongo, por ser gallego me toca muy de cerca, una nostalgia que tengo muy metida en el corazón. Mi primer disco es lúgubre, es verdad; pero el segundo lo es aún más (además es mi favorito); el tercero es luminoso, retrata cómo ya vivía otra etapa.

Debutaste ceñido bajo parámetros estéticos bien definidos y en tu tercer paso luces listo para incorporar instrumentos sin prejuicios.

Totalmente es así. Al comienzo, básicamente me interesaba encontrar un formato pop, pero sin guitarras, algo que sonase clásico. Por eso eché mano de piano, contrabajo, batería y cuerdas. Entonces escuchaba mucho a Serge Gainsbourg y claro, buscaba acercarme a la canción pop, pero desde la perspectiva del jazz, incluso los músicos que tocaron conmigo en el primer disco eran eso, jazzistas. En esa época escuchaba mucho A River Ain’t Too Much to Love, de Smog, un álbum muy desnudo. Me interesaba meterme en ese ambiente y por eso decidí eliminar instrumentación de sobra. Para el segundo, me apetecía probar y metí vientos y cuerdas, sin embargo fue un disco donde grabé prácticamente yo solo todos los instrumentos; para el más reciente, pues ya lo he dicho todo.

Y de pronto te encontraste con Nacho Vegas.

Cuando llegué a Madrid estaba viviendo una temporada convulsa. Nacho había disuelto a la banda que lo acompañaba (Las Esferas Invisibles) y la gente de la disquera Limbo Starr (ambos compartimos sello) le dijo a Nacho que quizá yo podría ayudarle en los teclados. Nos vimos, me pasó las maquetas de Manifiesto desastre y bueno, fue maravillo empezar a girar con él. Desde los 18 años de edad hago conciertos, pero jamás había vivido una gira como las que hago al lado de Nacho, algo de verdad.

Tras cuatro años de silencio, y con el éxito inusitado de tu nuevo grupo, León Benavente, ¿planeas volver a hacer discos como solista?

Lo bonito de las carreras en solitario es que jamás las puedes dejar porque hablan de ti exclusivamente; soy Abraham Boba, vivo mi proyecto personal y éste sólo podría extinguirse si yo desapareciera y a mí lo que me interesa es hacer canciones hasta que me muera. Lo de León Benavente ha sido una sorpresa que me ha absorbido casi totalmente. Trabajo lento, me gusta darle vueltas a las canciones, mascullarlas en la cabeza varias veces. Para hacer un disco nuevo como solista tendría que dedicarme exclusivamente a ello, y va a suceder. Ya voy cogiendo ideas para un nuevo álbum. Es más, casi tengo ya pensado cómo va a ser, ¿saldrá en dos años o cinco?, no lo sé.

Cuando escucho tus canciones pienso que debe ser terrible mostrarse así, desnudo, ante la gente, ¿te causa miedo hacer discos así, donde no te guardas nada?

Ese miedo es inevitable. Todo aquel compositor que muestra su arte al público lo siente y quien te diga que no, está mintiendo. Hacer canciones es un trabajo en el que uno se vacía de modo doloroso, escribir se trata de enfrentarse a bienes y males. Es algo… joder, muy íntimo. Por eso si alguien lo ataca, si alguien se mete con tus canciones, irremediablemente te sientes atacado. Con el tiempo vas relativizando un poco todo esto, y bueno, al final lo único que queda es seguir haciéndolo, seguir haciendo canciones.

Hablas de que te toma tiempo hacer canciones, ahonda al respecto.

Mis canciones las he hecho sentado al piano a medida que voy escribiendo la letra, es un sistema que me gusta, es mi método. Recuerdo que “La educación” me llevó mucho tiempo hacerla, la construí a lo  largo de tres días consecutivos. No soy capaz de dejar un tema descansar una semana para luego retomarlo, cuando una canción deja de interesarme es porque el camino se ha torcido y algo anda mal. Como me cuesta modificar los caminos, prefiero abandonar, por eso desecho mucho material. Otro caso; “Podría haber sido peor”, la acabé en una hora, toda, con letra y música; pero claro, llevaba tiempo mascándola en la cabeza.

Aludiendo justo a ese tema, ¿te convertiste finalmente en “un santo bebedor”?, me parece que cuando escribiste eso estabas decidiendo si hundirte en esa grieta era la mejor opción.

Me gusta vivir en este terreno ambiguo. Mis canciones hablan de mí, seguro, pero a veces éstas te sacan de ti mismo. En cualquier caso, en ese disco hay una frase en el tema “Así se vive aquí” que dice “de día no te conocía”… y es verdad que yo en esa época llevaba un año viviendo en Madrid y digamos que tenía una vida bastante alocada.

¿Qué hay de “Basura madura”?, ¿es una carta a un ser distante o eres tu hablándote al espejo?

Me gustan los discursos dobles, pero también los triples. Esa canción… podría, sí, podría significar hablarme a mí mismo o a alguien que está lejos. El título surgió de una conversación que tuve con una amiga, la encontré en Bilbao y le conté que estaba haciendo un nuevo disco y me dijo “ah, bueno, eso es como hacer basura madura”, es decir, temas que hablan de madurez pero que en realidad son pura basura. Me hizo gracia la expresión y la adopté. Me gusta usar conversaciones con la gente que tengo cerca para sacar ideas y canciones porque los temas que más me gustan son los que están pegados al suelo. Crear canciones  es un proceso artístico, pero no me gusta que sea demasiado elevado, sino que de pronto pueda aterrizarse en una conversación.

¿Estarán preocupados quienes te rodean de aparecer de pronto en alguna de tus canciones?

¿Cuándo dices que si se preocupan quieres decir que temen? No sé, aún me falta ser mucho más claro como para que la gente que está cerca de mí sepa que hablo de ella. Pero vaya, la gente con la que me relaciono sabe que de alguna u otra forma vive en mis canciones.

“Fuga de Alcatraz”. Hay una película que explica cómo llevar a cabo el escape; pero cuenta tú, ¿cómo hiciste para salir de esa prisión?

Es un tema doloroso. A ver, mi vida no le interesa a nadie, lo que yo busco es partir de mis experiencias para así abordar sentimientos universales. Pero verás, esa canción habla de todo lo malo que se genera cuando tienes una relación muy larga en el tiempo y se pierden cosas al tiempo que se ganan otras. Los sentimientos de dependencia y posesión se asemejan bastante a vivir en una prisión. Vi Fuga de alcatraz, la película, y está bien; pero, más allá de ésta, el concepto de fuga a nivel musical es muy rico.  Me encanta Bach y me fascinaría tocar su obra; aunque no llego ni  a diez compases.

Abraham, quizá ahora seas un “Turista feliz”, viajando por el mundo con Nacho Vegas y León Benavente, envolviendo regalos ya no con hojas de El País, sino con periódicos de muchos sitios del mundo.

Esa canción de la que hablas es muy triste; ahora estoy en un buen momento, he tenido muy buena suerte con León Benavente y haciendo las giras con Nacho, conciertos muy especiales. En realidad estoy viviendo un sueño, porque finalmente hago lo que me gusta. Es cansado vivir un sueño, es cierto; hay que estar preparado psicológicamente para enfrentarlo, hay que asumir que estarás fuera de casa por mucho tiempo y que ni siquiera tendrás una sola ciudad de residencia. En los últimos tres años he estado muy poco en Madrid, por ejemplo. Supongo que sí, que estoy cerca de ser un turista feliz, aunque mira, estando de gira es imposible hacer turismo ¿eh?

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Yoko Ono (Por favor, no faneen)

¿Entonces a qué chingados vine?, se pregunta en voz alta quien está a mi lado, un tipo encabronado que se reacomoda en su asiento para luego tachar algo que escribió en su libreta. Sucede que la encargada de atender a los representantes de la prensa que hoy abarrotan el auditorio del Museo de la Memoria y la Tolerancia acaba de anunciar que a Yoko Ono -quien está a punto de arribar al foro- puede preguntársele cualquier cosa; excepto todo aquello que se relacione con John Lennon y los Beatles.

Está bien, pienso. Total, uno puede ahorrarse ese par de temas. Afortunadamente hay harta obra artística sobre la cual indagar. Pero el problema verdadero es otro, uno que esa señorita que comanda cada uno de los movimientos que llevan a cabo quienes portan cámaras fotográficas y de video, micrófonos y grabadoras de audio, encuentra fundamental. Se trata de un detalle que ella pretende ahorrarse para así evitarse bochornos, regaños o qué sé yo. “Por favor, no faneen”, suplica la susodicha.

Quién sabe cuándo sucedió, pero la cosa parece ser de lo más normal: de pronto, un sustantivo se ha transformado en verbo. Los fans fanean cuando tienen enfrente a su ídolo. Yo faneo, tú faneas, él fanea. Y, según parece, los miembros de la prensa suelen fanear de un modo tan desvergonzado, que hay que decirles que, por favor, se aplaquen y no empiecen con escenitas. Considero que probablemente se avecina una catástrofe tras dicha advertencia cuando de pronto aparece Yoko. Y bueno, para fortuna de la chica de prensa, todos obedecen sus indicaciones. Todos obedecemos, quiero decir. Nadie menciona a los cuatro de Liverpool y no hay quien se atreva a hablar de quien fuera marido de la oriental. Y sí, nadie fanea. Se habla de lo que debe de hablarse, con educación. Con profesionalismo.

Yo estoy hasta el fondo del auditorio, pensando en que ahí, a unos metros de mí, está quien inspiró “Oh, Yoko!” y le aprendió algunos trucos a John Cage; recapacito que la señora está sentada entre miembros de la iglesia y encorbatados de rango distinguido en el gobierno local; que luce flaquita, diminuta, fragilísima. Y entonces mi vecino de butaca se me acerca a la oreja; “ya está grande la señora, ¿verdad?”, me susurra. Yo asiento. Yoko tiene más de ochenta años de edad. “¿Usted sabía que ella separó a los Beatles?”, inquiere de nuevo el de al lado. Y yo le digo que no lo sabía, que no estaba enterado. “No soy fan, desconozco la historia”, le contesto para luego darle la espalda en la medida de lo posible para así evitar que la charla se prolongue.

“No faneen”, resuena en mi cabeza, “no faneen”.
Y eso hago. No faneo, pues.

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Venus (¿Te imaginas quién vivirá allá?)

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Hace poco escalé el monte más alto de Venus. Me tomó un día entero lograrlo (es decir, casi 250 días terrestres), pero valió la pena el esfuerzo porque, una vez en la punta, tomé mi batuta para dirigir la Sinfonía de las Venusinas que llevaba meses planeando. La obra incluyó todos los instrumentos del planeta, desde el leve silbido de un puñado de meteoritos desintegrándose en la atmósfera, hasta el vaho que producía el ardiente viento solar; desde el manto armónico de la densa capa de nubes que cubría el cielo, hasta la melodía prodigiosa de las capas tectónicas chocando entre sí y, claro, las ensordecedoras erupciones volcánicas.

Aquél fue un día glorioso, hice realidad mi humilde homenaje a Arseni Avraámor y su Sinfonía de las Sirenas y, además, me conecté mentalmente con una pareja de amantes que en la playa de Mazunte fornicaba de modo bestial. Es decir, esa vez dos terrícolas escucharon la obra que comandé en algún lugar del cielo. Fue un momento conmovedor, pues noté que a esa dupla le gustó mi sinfonía cuando dejaron de acariciarse para mirar hacia el cielo por unos cuantos minutos.  “¿Te imaginas, quién vivirá allá?”, se preguntaban mientras mis manos, flamas doradas de metros de longitud, conducían el cuarto y último movimiento.

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The Rolling Stones (Los delincuentes siguen sueltos)

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Ocurrió en 1971. Una pandilla de delincuentes denominada The Rolling Stones, proveniente de Londres y con un historial de fechorías descomunal, escapó de la ley de las buenas costumbres una vez más para darle rienda suelta a su espíritu salvaje. Testigos anónimos comentaron que los rufianes fueron vistos en los Muscle Shoals Studios, así como en la casa del líder de la pandilla, grabando un puñado de temas donde, aún hoy puede notarse, el mal gusto impera entre guitarrazos y gritos despavoridos.

Concentrada bajo el título de Sitcky fingers, Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts, Mick Taylor y Bill Wyman confeccionaron una decena de amenazas al recato donde se barajan nombres como “Bitch”, “Brown sugar”, “Sister morphine”, “Wild horses” y “Can´t  you hear me knocking”; puras odas a la vulgaridad ideadas en antros de mala muerte. Producidas por Jimmy Miller, las canciones –aún hoy puede notarse- presumen el cochambre que sólo el rock and roll posee, aunque las blasfemias del country y el blues también tienen cabida. Empaquetado por un tal Andy Warhol (sujeto de moral holgada con residencia en Nueva York), quien diseñó una portada de pésimo gusto donde una bragueta opera como protagonista, el álbum presume en la contratapa la lengua que de ahí en adelante serviría como firma en los múltiples actos vandálicos de sus prosaicos autores.

Como recordatorio de lo bajo que un ser humano puede caer, la obra ha sido reeditada recientemente, acompañada de un disco extra donde aquellos disolutos desparraman aún más su decadencia con tomas alternas (sobresale una versión acústica de “Wild horses” y una lectura extendida de “Bitch”), temas registrados en directo (en una cloaca llamada Roundhouse, también en 1971, con la inclusión de “Love in vain” y “Honky tonk women”) y una versión de “Brown sugar” donde Eric Clapton -otro capo de la mafia inglesa- se encarga de la guitarra. El cuadernillo que acompaña este monumento a la miseria contiene múltiples fotos de los forajidos, sólo para no olvidar que el infortunio cuenta con rostro bien definido.

Sobra decir que los desfachatados han encumbrado este álbum como uno de los mejores  no sólo en la historia de los Stones, sino de la música rock en su totalidad. Así que hágase usted de una copia bajo su propio riesgo y, por lo que más quiera, enséñeselo a sus hijos una vez que sean mayores de edad, no vaya a torcer el andar de inocentes que, de buenas a primeras, esquiven la ruta del bien para bailar como el tal Jagger suele.

 

 

 

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