The Whitest Boy Alive (Los chicos, pálidos, sólo quieren asolearse)

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Una calle en la ciudad de Berlín al atardecer. Repleta de personas que bailan con el sonido funk que The Whitest Boy Alive ejecuta dentro del aparador de una tienda comercial. Hace frío, puedes notarlo por la cantidad de gorros y bufandas que se sacuden al ritmo de la música, sin embargo el cuarteto de ejecutantes detrás de la vitrina luce como si se encontrarse en alguna playa paradisíaca. Y la idea no está del todo jalada de la cabellera porque, efectivamente, quienes tocan tienen su mente instalada en alguna palapa de la costa de Nayarit, donde grabaron las canciones que presentan a sus paisanos alemanes y que conforman su segundo álbum, Rules.

Dreams, el disco debut del grupo integrado por Marcin Öz, Sebastian Maschat, Daniel Nentwig y Erlend Oye, los arrojó al gusto masivo con el empuje de “Golden cage”, el track encargado de enterrar su pasado como un proyecto complaciente con las pistas de baile y los sonidos sintéticos. Pero la salida de dicho sencillo no sólo significó un cambio de dirección sonora para el proyecto; también trajo consigo la adquisición de un boleto que incluía 120 paradas en carreteras de Europa y México y la inclusión “oficial” de Daniel como miembro del grupo, al mando de los teclados. El siguiente paso para The Whitest Boy Alive  fue pisar un estudio para grabar la cantidad de tonadas que espontáneamente surgieron mientras estuvieron de gira, aunque en lugar de rentar un espacio el grupo decidió construir su propio estudio de grabación en las costas de Nayarit. Los que estuvieron cerca dicen que durante los dos meses que duraron las sesiones, los músicos sólo presionaron el botón de “pausa” para subirse a una tabla de surf o para raspar con el tenedor las costillas de un pescado asado; el resto fue hurgar a fondo en las posibilidades rítmicas y sonoras de once temas en alrededor de 300 tomas. Vale la pena decir que la premisa del conjunto al momento de grabar fue registrar las canciones en una sola toma y sin echar mano de maquillaje sonoro alguno. Es decir, Rules es el resultado de cuatro pares de brazos ejecutando sus instrumentos en directo, apenas se permitió la inclusión del talento de Norman Niestche, quien, como hizo con el primer álbum del combo, se encargó de la mezcla, aunque eso sí, este tuvo que guardar la camisa de palmeras en el ropero porque su trabajo lo llevó a cabo en friolentos territorios alemanes. 

En Rules es posible localizar todo lo que escuchamos en Dreams; las guitarras punteadas, la voz sobria y los teclados acolchando las melodías, sin embargo la sorpresa radica en que la base rítmica se ha mudado a otra dirección postal, una donde regularmente se reciben invitaciones para asistir a cócteles y donde el baile tiene carácter obligatorio. The Whitest Boy Alive prefiere esta vez recurrir al funk e, incluso, a la fórmula básica de la música disco, y esto ocurre tras meter los pies en la arena de las playas mexicanas. ¿Qué cuál es el resultado? Pues “Courage”, “Timebomb”, “High on the heels” o “Alive- dead” tienen la respuesta: se escuchan cuatro alemanes hartos de la espesura de la cerveza alemana y las calles grises; pero ganosos de sodas con pocos grados de alcohol y horizontes azulados.

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The Beatles (Un día en la vida con los past (re) masters)

 Londres por la mañana

9 de septiembre de 2009. Una fila de compradores se asoma a las puertas de la tienda de discos más importante de Londres, en la calle Oxford. La multitud está ansiosa por adelgazar su cartera y hacerse del tesoro beatle  que se pone a la venta: una caja muy guapa con dieciséis discos. ¿Otra vez los Beatles? ¿De nueva cuenta los “mañosos” aprovechándose de los “inocentes” fans? Nada de eso. Esta ocasión el sonido ha sido remasterizado bajo la dirección de Allan Rouse. Así, el cancionero que Ringo, George, Paul & John lanzaron oficialmente nos ofrece una tentadora promesa: no más fisuras sonoras. La fastidiosa herencia del paso del tiempo, al menos en los reproductores de audio, no volverá interponerse entre Please please me y Abbey Road; entre “I saw here standing there” y “The end”. Y como bonus, se pone igualmente a la venta la edición en formato mono del catálogo entero en un empaque alterno. Ambas modalidades presumen la reproducción fiel de los elementos gráficos que acompañaron las ediciones originales, además de fotos inéditas y documentales que abordan la elaboración de cada álbum. Prácticamente ningún devoto de esos cuatro greñudos quedaría inconforme luego de esto.     

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México por la tarde

En la capital mexicana, las pantallas de los teléfonos celulares y los estatus de los usuarios de twitter y facebook riegan el anuncio: es el día en que los cuatro de Liverpool regresan (como si alguna vez se hubieran ido). El asunto alcanza niveles delirantes cuando un par de estaciones radiales se disputan el título de la “estación de los Beatles” y se declara la magnitud del desastre: no hay más paquetes con discos remasterizados en las tiendas, todos se han vendido, y algo similar ocurre en Alemania, Japón y Francia. Los dependientes de las disqueras no ofrecen ánimos para los de caras largas; a cambio avisan, campechanamente, que del puerto de Liverpool no zarpará una sola nave con más material. Únicamente resta hacerse de los álbumes por separado. Armar la colección uno a uno. Paso por paso desempolvar las gemas. Sí, las gemas. Pues aunque existen argumentos para reprobar los últimos acontecimientos en el planeta beatle -la necia batalla de Apple contra iTunes, los berrinches de Paul, los pataleos de Yoko y claro, el rezago de esta, la remasterización de las cintas maestras (se rumora que desde hace cuatro años el trabajo estaba listo)- todo se hace a un lado cuando se escucha con oídos nuevos el cancionero mejor acabado en la historia del pop. ¿Ejemplos? La nitidez de los coros que adornan las rimas de McCartney en “Here, there and everywhere”, los gritos desaforados que barnizan “Yer blues”, la funesta tonada de Lennon; o el  afilado pulso del acero de Harrison en los reclamos de “Taxman”. Incluso quienes tengan deseos de ponerse al tú por tú con los pabellones auditivos de su perro, sabrán que al pedal de batería de Starr le hizo falta una buena aceitada durante las sesiones de grabación de los dos primeros álbumes del combo.

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Reino Unido y México compartiendo las mismas canciones en el mismo día –las capitales de ambos países, incluso, bajo una gran nube gris. Hoy que las más de 200 piezas que integran la herencia beatle han recibido un transplante –desde hace años urgente- de órganos vitales, sólo hace falta que el dedo índice haga presión y listo, es posible beberse una pinta en la Caverna, pintarrajear los muros de Strawberry Fields o zapatear “Get back” en la banqueta de Savile Row. Hundirse en los surcos de For sale o Help! nunca fue tan gratificante, y sin embargo todavía hay quienes creen que no hay tal; que es mejor colgarse una guitarra de salva para convertirse, frente al televisor, en el quinto beatle (a un lado Eric, Billy, Pete, Stuart y Jimmy) entre los gritos de miles de adolescentes histéricas en el Shea Stadium. Sí, 09- 09- 09 también fue la fecha en que algunos descubrieron su vocación de rockstar. Los demás, simplemente ratificaron que su lugar más confortable se encuentra justo frente a las bocinas.

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Steven Wilson (Un rebelde insurgente en la era digital)

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Steven Wilson es ampliamente reconocido por su labor como líder de Porcupine Tree, sin embargo esta vez el productor y guitarrista inglés debuta como solista con Insurgentes, “un disco que debe escucharse completo, como una sola pieza, pues contiene música cinemática que por un instante te hace reír y luego llorar, como si se tratase de un trozo de película”.

¿Por qué el título en español, Insurgentes?

Es que pasé un buen tiempo en México, escribiendo y grabando, entonces descubrí que me gustaba lo que la palabra significa: rebeldía. Creo que soy una especie de rebelde en el sentido romántico, por la forma poco convencional en la cual he decidido dirigir mi carrera musical. En 20 años como músico, he hecho prácticamente todo lo indebido si mi objetivo hubiera sido vender millones de discos. Sí, soy un Insurgente.

¿Qué tan diferente es tu propuesta solista de la que defiendes en Porcupine Tree?

Naturalmente hay puntos de encuentro entre ambos polos, pues en los dos soy el capitán del barco, pero Porcupine Tree es un proyecto de varios músicos, en cambio, en Insurgentes estoy solo yo y mi guitarra como elementos predominantes, experimentando, trazando texturas y atmósferas. Insurgentes es la visión de un productor solitario, más allá que la de un músico.

En el librillo que acompaña tu disco presumes cómo has hecho añicos algunos cuantos reproductores de MP3, ¿es que los odias?

Si lo ves desde determinado punto de vista, el ipod simboliza que mucha gente está escuchando música, quizá más que nunca, y eso es bueno. Pero hay más que eso; a mí no me gusta el formato MP3 porque su compresión compromete la calidad de audio, irremediablemente, y lo mismo  ocurre con el arte gráfico del disco, pues se minimiza para que quepa en una pequeña pantalla. Entonces no existe conexión visual ni auditiva. Además, la mayoría de la gente escucha su ipod en modalidad shuffle, ¡cuando aún existimos artistas que nos preocupamos por moldear un álbum como una secuencia de canciones que se conectan entre sí! Dime, ¿es posible escuchar el Sgt. Pepper´s… de los Beatles fragmentado? Yo creo que no.

Hey, definitivamente sí andas de rebelde.

Mira, si me pones a escoger entre que la gente me escuche en formato MP3 o que jamás se acerque a mi música, prefiero la primera opción, porque lo que quiero es compartir lo que hago. Sé que es difícil, la vida corre cada vez más rápido; 300 canales en TV, teléfonos celulares, Internet… ¿quién tiene tiempo para sentarse 60 minutos a escuchar un solo disco? Pero yo quiero que me den esa oportunidad. Mis composiciones no caben en un formato de tres minutos para la radio, ni en la programación de MTV; la mía es música sofisticada, que exige un esfuerzo intelectual, pero no por eso resulta aburrida.

El trato sonoro con Steven Wilson es riesgoso, sin embargo no se trata de arrojarse al abismo, sino de asomarse cuidadosamente al boquete para escuchar un zumbido a lo shoegazing mezclado con prolongados y virtuosos pasajes instrumentales. Para ejemplos, “Salvaging”, “Get all you deserve” y “Abandoner”, tracks que van de la calma a la opresión en un carril paralelo al que corre Mogwai mientras la etérea ambientación de “Veneno para las hadas” contrasta con los devaneos progresivos de “Significant other”. Y porque Steven se toma en serio el tema de la calidad sonora,  anexa a este empaque un DVD para así escuchar Insurgentes con las bondades del sonido 5.1. Con una atención como esta ¿alguien extraña su ipod?

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Wilco (duro y a la cabeza)

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Sensación de vértigo, náuseas, fotofobia, distorsión de la visión. La migraña está lejos de ser una molestia pasajera en las sienes. Y Jeff Tweedy, líder del conjunto estadounidense Wilco, padece del mal; sabe bien que una píldora con paracetamol no es suficiente para amainar el dolor. “Sinceramente no recuerdo un día en mi vida en el cual no me haya dolido la cabeza”, ha declarado al respecto. La búsqueda de alivio llevó a Tweedy al hospital, una vez que se hizo adicto a los fármacos que aligeraban su malestar, pero también a desarrollar un talento asombroso a la hora de escribir canciones. Basta con acercar los oídos a la esplendida hilera de álbumes que el también guitarrista y cantante ha arrojado a la luz pública al mando de Wilco para escuchar que tan hondo ha ido con su tratamiento.

Desde su proceso de incubación, tras la disolución de Uncle Tupelo, con un disco donde su personalidad sonora aún no se delineaba del todo (A.M.), hasta el anuncio del nacimiento de una bestia de proporciones épicas que no se conformaba con abrazar el denominativo de alt country –certificado en un par de álbumes definitorios, Yankee hotel foxtrot y A ghost is born– el proyecto de Tweedy ha cambiado en numerosas ocasiones de integrantes; de hecho, sólo el bajista, John Sirratt, y el propio Jeff permanecen inamovibles desde el comienzo de la historia. Sin embargo, durante catorce años de andar discográfico, la cabeza (adolorida, por cierto) del proyecto ha sabido rodearse del talento adecuado, para ejemplos el toque de Jim O´Rourke en las perillas y la filosa plumilla de Nels Cline. Así que uno puede sentirse confiado al saber que Wilco ya ha puesto a la venta su séptimo álbum; con la compra se adjunta una garantía de buenos resultados. Aunque valdría la pena tomar precauciones antes de ajustarse los audífonos porque, ya sea con baladas campiranas en formato acústico o con despellejadas confesiones sobre incisivas capas de feedback, los síntomas del escucha tras acercarse a algún disco del sexteto de Chicago son regularmente los mismos: sensación de vértigo, náuseas, fotofobia y distorsión de la visión. Algo más grave que una vulgar jaqueca.

Wilco (the album) posee once tracks directos, prácticamente alejados de los viejos vericuetos experimentales. ¿El álbum pop de Wilco? “You never know”, con todo y un homenaje en las seis cuerdas a George Harrison; el dueto vocal de Jeff con Feist en “You and I”; el regalo para los fans empedernidos titulado “Wilco (the song)”; y “Sunny feeling”, con sus armonías efectivamente soleadas, dicen que así es. Sin embargo hay surcos reservados para distorsiones que hacen sonar relámpagos en medio del picnic, como “Bull black nova” o “One wing”.Gran movimiento: Tweedy y sus rijosos ofrecen en éste disco homónimo la afortunada unión de su par de álbumes previos, el esquizofrénico A ghost is born y el reflexivo Sky blue sky. Mención aparte merece la imagen de la portada -el perfil de un lindo camello en una terraza-, una críptica broma que sólo los autores comprenden.

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La vida moderna

Soñé que así como vendían tomates, jergas y pantimedias, los supermercados contaban con estantes repletos de discos. Delirante. Incluso frente a mis ojos un inmenso almacen abría sus puertas, y en él ¡sólo se vendían vinilos, cassetes y cd´s! Si acaso en  una esquina había espacio para un revistero, algún librero.  Soñé que así como los tomates, los discos se pagaban en las cajas. Desperté rojo como un pimiento cuando en el facebook me hicíeron saber que sólo los nostálgicos echan mano del messenger.

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