Bicle

1968. Cada uno en su casa, a solas, escucha. Las agujas de millares de tocadiscos repasan el tercer surco de la cara B de un disco con tapa blanca, firmado por The Beatles. Miles de manzanas verdes giran por todas partes, pero nadie atiende ese detalle. Porque aquella tonada es memorable; porque la ejecución en las seis de acero resulta  insuperable y porque la historia, la historia que todos descubren, luce gravísima.

1973. La compañía francesa Bic pone a la venta un encendedor de llama ajustable. Toda una maravilla: un mechero portátil. El fuego, al fin, cabe en el bolsillo.

2010. Tengo un encendedor en mis manos mientras una canción con más de cuarenta años de edad traspasa mis oídos. Lo que escucho me orilla a deshacerme de unas lágrimas en una operación de lo más sencilla. Sin mecha, sin pedernal de por medio. Es increíble: Bic y un beatle están conmigo. Y aunque el primero apenas escupe chispas -nada de llamaradas amenazantes- mi camarada inglés arroja flamas de verdad. Me canta a mí, sólo a mí. “Blackbird fly”. “Blackbird fly”. Esta noche lloro, y lo hago con mi nuevo bicle favorito.

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