Peter Greenaway (Retocar cadáveres es un arte)

Más allá de ser catalogado como un director de cine, Peter Greenaway (Newport, Gales, 1942) bien merece el calificativo de artista, pues descubrió que su pasión era la pintura desde los doce años y se rindió ante sus brazos de manera tal que, aún hoy, se considera a sí mismo un pintor, antes que cualquier otra cosa.  Y vaya clase de pintor, porque si de pinceladas se habla hay que decir que los trazos de Greenaway en la pantalla grande resultan geniales. Desde sus primeros proyectos fílmicos –Death of sentiment, Train y Tree; fraguados durante los años sesenta- es posible percibir la mirada de quien no se conforma con atender  estándares preconcebidos y cuya visión se extiende mucho más allá de la línea del horizonte. Cualidades que no son producto de la casualidad, pues Peter siempre ha estado al tanto de quién está detrás de sí. Desde su perspectiva, la Santísima Trinidad del Cine está compuesta por Eisenstein, Welles y Godard; apellidos gigantescos que, entre muchos otros personajes, han llevado al galés a amasar un perfil fílmico propio, prácticamente imposible de calcar.

Describir el estilo de Greenaway resulta, por lo menos, descabellado. De afán taxonómico y pleno de escenografías barrocas, obsesivamente geométricas; dueño de una poesía compleja que pasa de la delicadeza al salvajismo en un parpadeo, el catálogo de impresiones que provocan títulos como The baby of Macon, Prospero´s books, The cook, the thief, his wife and her lover o The pillow book  no se encuentra con frecuencia en cualquier sala. Y pese a que podría considerarse que debido a sus características se trata de un autor para las minorías, la realidad es que Greenaway es cliente habitual de los festivales más prestigiados alrededor del mundo, desde Cannes hasta Venecia y Berlín. En ese sentido, el director mantiene una hilarante relación con quienes consideran que su obra debe recluirse en las cavernas del “cine de culto” y los que elevan su figura al nivel de súper estrella. “Tal vez suene extraño –ha dicho al respecto- pero yo no quiero vivir en un pedestal ni ser un cineasta underground. Lo que deseo es hacer películas para la mayor cantidad de público posible. Mi problema es que soy un arrogante y planeo conseguirlo bajo mis propios términos”.

“Los ingleses suelen decir: el rey ha muerto, que viva el rey. A mí me parece apropiado declarar: el cine ha muerto, ¡que viva el cine! Y lo hago porque éste lleva más de cien años igual, y ya es hora de moverse. El arte necesita reinventarse para sobrevivir. Cada vez menos gente asiste a las salas de cine, prefieren quedarse en casa viendo cómodamente un DVD. ¿Por qué insistir en invitar a millones de espectadores a la pasividad, a mirar en la misma dirección durante dos horas? Sin sabor ni olor, intocable, ausente de una relación real con la audiencia; hoy el cine es sólo una simulación audiovisual restringida. Yo lo encuentro extremadamente aburrido”. Declaraciones lapidarias las del director, lanzadas desde la perspectiva de quien lleva tiempo proponiendo una nueva relación entre el espectador y la obra con ideas que traspasan los límites impuestos hace más de un siglo con proyectos temerarios, como la experiencia multimedia titulada Tulse Luper VJ Performance. Sin embargo, el cuestionamiento retumba: ¿será cierto eso que Peter Greenaway asegura? ¿Es verdad que el cine ha muerto? Si es así, si al fin se ha puesto bajo la luz el hecho, no hay más opción que apreciar el modo en el cual el autor de la revelación se coloca tras la cámara y, como el artista que es, nos presume su excepcional modo de retocar el cadáver.

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