Pixies (Los cassetes se hicieron viejos)

Años después, llegaron los Pixies a México, y con ellos, millares de reclamos. Dicen que Black Francis vino a robarnos nuestro dinero,  que Kim Deal al final bajó los brazos e hizo su dignidad a un lado por unos cuantos billetes. Comentan que, actualmente, entre esos cuatro músicos se concentra tanto egoísmo, sobrepeso, calvicie, avaricia y falta de inspiración que quienes abran sus carteras con tal de escucharlos en directo definitivamente han perdido la razón. Lejos, bien lejos, quedaron los años en que el conjunto de Boston era conocido apenas por los que de verdad “se la sabían”; ahora, nadie escucha cintas y a muy pocos les importa que, quienes le sirvieron de tapete a Charles y sus compinches fueran nada menos que los “otros de Liverpool”. El festival que esos Pixies eligieron para visitar por vez primera a sus fans mexicanos fue bautizado con el nombre de una cerveza –la mexicana más vendida en el mundo, dicen- aunque para conseguir un trago de ese líquido hubo que rajarse el hocico como auténtico macho. Y no es exageración. La noche del sábado, las filas para llevarse algo a las entrañas, lo que fuera, auguraban un pésimo desenlace. Sin señal telefónica y con las comisuras resecas, el sufrimiento parecía el boleto de acceso para  ver a esos bandidos que a punta de canciones le untaron un poco de personalidad a una generación que, como todas, alguna vez se creyó verdaderamente especial y terminó, como suele pasar, perfectamente domada por ese sistema perverso que hoy le exprimió los bolsillos en los torniquetes del foro.

Por fortuna, cuando  Joey Santiago, Dave Lovering, Kim Deal y Francis tomaron sus instrumentos, todo dejo de pesimismo desapareció. Tras escuchar los aplausos que generó “Bone machine”, la primera del listado pixie, la noche rejuveneció veinte años en apenas dos minutos. Luego de ese tema, el cuarteto  hiló cada uno de sus hits con impecable agilidad (de hecho, apenas interrumpieron sus acordes para permitirle a Charles subirse los pantalones). Así que ¿a quién podía importarle el cabello débil, la grasa acumulada y el dinero robado cuando se tuvieron enfrente las frases que construyen “Monkey gone to heaven” o “Something against you”? ¿A los punks? Pues que los malacaras se queden en sus casas, porque Pixies, desde su nacimiento, hizo pop, y el pop se mueve por el dinero. Con los de Boston el trato siempre fue desfachatado: cierto; no hubo un nuevo disco que justificase la reunión. Estos sujetos siguen tocando gracias a que los cheques han circulado con efectividad, pero, ¿tú no echarías una moneda al sombrero de ese tipo que en el vagón del metro te arrancó una sonrisa, justo cuando más hundido te sentiste?

El concierto con el que Pixies cerró el maratónico festival del fin de semana resultó memorable. Especialmente para mí, porque me reuní con mis amigos, esos que he ido atesorando con el paso de los años a punta de cassetes, viniles y cd´s. Porque me subí con todos ellos a una camioneta para carcajearnos como idiotas; porque hicimos del trayecto al Planet of Sound uno de los viajes más memorables de nuestras vidas. Siempre recordaré con afecto el primer show de los autores de “Allison” en México, y eso sucederá porque al día siguiente, en el Teatro Metropolitan, el grupo prácticamente calcó el repertorio de la noche anterior, pero ya no hubo alguien cerca de mí  para celebrar con risotadas la burla. Durante la segunda cita disfruté del espectáculo, claro, pero ya con la cabeza fría descubrí que los Pixies me encantan con mis amigos y que a solas, simplemente me gustan. A pesar de que perdí algo de entusiasmo durante la tanda de ruido del domingo, no conservo espacio para las dudas: a diferencia de aquellas cintas de cromo que prometían mantener eternamente sus agudos, el sonido de esos cuatro se conserva bien afilado. Muchos años después llegaron a México, y cómo sea,  hay que celebrar el hecho. Porque la vida, para bien o para mal, definitivamente ya no cabe en un cassete de noventa minutos.

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