Raymond Jones (El síndrome)

Cuando rondaba los veinte años de edad, Raymond Jones solía engomar su copete y encimarse una chamarra de piel antes de montar su motocicleta. Viviendo su rock & roll a tope, el tipo se paseó por todos los pubs de su ciudad buscando ese espíritu primitivo que suele encontrarse metiendo los dedos en una toma corriente o pegando las orejas a las pastillas de una guitarra eléctrica. Pero aquello pasó hace décadas. Actualmente, de aquel tipo salvaje sólo quedan las fotos. Observando su álbum familiar puede intuirse que era un teddy boy rijoso y mala madre, aunque en realidad quizá no era más que un adolescente ansioso por llevarse a la cama a  esas pollitas que agitaban sus faldas en los pubs de moda de fines de los años cincuenta. Hoy día, el Sr. Jones cuenta con las arrugas propias de un hombre que ha acumulado setenta años de edad y vive plácidamente en España; desde ahí vigila los movimientos de Ultragraph Limited, la compañía que fundó hace cuatro décadas y que  actualmente dirigen sus hijos, Nick y Sarah, en Burscough, Lancashire. Poco queda del joven que se ponía chiflado cuando escuchaba a Carl Perkins, aquel cantante rubio que parecía vivir en un mundo muy lejano al de Raymond. Porque hace décadas, Liverpool estaba a un millar de años luz de América.

El sábado 28 de octubre de 1961, a las tres de la tarde, nuestro amigo cruzó la calle Whitechapel y entró a NEMS, una de las más populares tiendas de discos en el puerto, para solicitar al tipo del mostrador un disco de origen alemán que su hermano le había recomendado. Brian Epstein lo atendió. Él era el dueño de la tienda y justo entonces se encontraba despachando. Lamentó tener que informarle a su cliente que no contaba con ese álbum. Sin embargo, una de las políticas de su negocio consistía en satisfacer al comprador a toda costa, así que, tras hacer las investigaciones pertinentes, solicitó a la empresa Polydor un lote de 200 copias del plato que Raymond buscaba, quien la siguiente semana tuvo, al fin, su preciado tesoro. Aquí termina una historia de lo más común. Un cuento repetido hasta el hartazgo millares de veces con final feliz, si nos imaginamos al buen Raymond echado sobre su alfombra, raspando con la aguja de su tocadiscos el plato que obtuvo en NEMS. Pero suspiremos profundamente, porque justo donde acaba esa historia de hadas comienza otra bien siniestra. Y vayamos directo al grano: el asunto aquí es que los surcos del disco que ese copetudo repasaba  tranquilamente en su casa contenían la voz de Tony Sheridan y la instrumentación de un grupo llamado The Beatles.  

Dos semanas después de que Raymond pagara unas cuantas libras por ese disco de Tony Sheridan, Brian, quien recibió las monedas, bajó las oscuras escaleras que conducían al Cavern Club y conoció personalmente a Paul, George , Ringo y John, quienes formaban ese grupo misterioso que anunciaba la tapa del disco del cual encargó doscientas copias para llenar un estante de su tienda. Más tarde se haría manager de esos cuatro greñudos y juntos generarían tantos billetes que jamás alcanzarían a contarlos uno a uno. Cruda realidad: si Raymond nunca hubiera preguntado por ese disco alemán, si jamás le hubiera hecho saber a Brian Epstein que existía un grupo llamado The Beatles, la historia de la música pop hubiera seguido otro sendero -quizá menos cursi, para comenzar. Gracias a que Raymond compró ese disco aquella tarde de 1961 los Beatles se volvieron el fenómeno más escandaloso de la música pop, pero, mientras los llamado cuatro fabulosos dominaban al mundo, ¿qué fue de Raymond, aquel coleccionista de discos? ¿Los Beatles supieron de su existencia, agradecieron alguna vez su buen tino? Por otro lado, ¿tenían que hacerlo, estaban obligados a darle las gracias a ese comprador anónimo? ¿A extenderle un cheque, a escribirle una canción, a ofrecerle un porro en los sanitarios del Palacio Real inglés? Hasta donde se sabe, Ringo, George, Paul y John jamás se enteraron de que gracias a Raymond, durante años pudieron llevarse a decenas de groupies a la cama con la misma facilidad que se alaciaban el greñero. Por su parte, cuando esos Beatles ya se encontraban fuera de la órbita terrestre, Brian Epstein calificó públicamente a aquel comprador incógnito de discos como un “adolescente zarrapastroso”, algo que molestó especialmente a Raymond, quien, tras quejarse por el denominativo, recibió una disculpa en persona por parte del Sr. Epstein, acompañada por un par cervezas dentro de un pub. Sí, dos cervezas a cambio de una fortuna.

La historia de Raymond Jones es siniestra. Como la de muchos de los personajes que se dan cita en el libro que hoy se presenta. Y no estoy hablando de los músicos que engrosan las filas de grupos como The Monks o Los Saicos. En realidad dirijo la atención hacia los sujetos que escuchan discos de Os Mutantes, de The Shaggs o de Silver Apples. Y entonces me pregunto: ¿a quién madres le importan esos nombres? Por dios. Al igual que Raymond, los tipos que remojan sus oídos en aguas así de espesas jamás han recibido una medalla por su labor como cazadores de discos. Ni una palmada en el hombro, vamos. Mucho menos un par cervezas en una cantina. Hurgando en tianguis de lo más apestosos, metiendo las uñas en anaqueles infestados de cucarachas y sosteniendo tratos con personajes de dudosa calidad moral, los tipos que firman los textos que aparecen en el libro que hoy se presenta han invertido tanto tiempo y cantidades ridículas de dinero por esos miserables trozos de plástico que llaman discos que podrían levantarles un monumento. Pero como Raymond, nuestro viejo teddy boy inglés, ese bulto de escuchas no solicita fajos de billetes ni chicas voluptuosas a cambio de su inversión. Y digo certeramente  esto porque conozco a varios de estos hombres. De hecho, los he visto convivir entre sí. Los he escuchado hablar de acetatos, cassettes y discos compactos mientras piden un trago en lugares de la más variada pinta. También los he encontrado secándose el sudor en esos sábados ardientes bajo el infernal sol del tianguis del chopo, agotados, sobándose los lomos mientras repasan pilas y pilas de álbumes. Y también me he topado con ellos en esas esquinas que nadie conoce y que sólo unos cuantos se atreven a visitar para luego llegar a casa a pulir esas joyas que los demás ven de reojo, seguramente pensando que la basura se encuentra en cada esquina y que no hay necesidad de batallar tanto recolectándola.

Ahora que estamos aquí reunidos, pienso que valdría la pena saber dónde fue que Alberto Escamilla se encontró por vez primera frente a un disco de The Red Krayola, cuánto pagó Juan Santiago Huerta por su copia de Strange strings, de Sun Ra, o cómo fue que Alberto Mercado se extravió en las armonías de Van Dyke Parks. Pero también sería valioso enterarse de qué fue exactamente lo que llevó a estos tres personajes y al resto de personas que llenaron con sus palabras este libro a reunirse para escribir sobre cuerdas extrañas y marginadas. Por fortuna, los tenemos esta noche aquí. Celebrando. A nuestro lado hay alguna de las firmas que engrosan este volumen y con suerte hasta el tal Raymond Jones atendió al llamado; hombre, todo podría ocurrir, en una de esas incluso trae bajo la axila su copia de aquel disco de los Beatles que compró cuando aún creía en el rock & roll. Así que aprovechemos esta cita con los artífices de Canaxis Ediciones y charlemos con ellos. Seguramente recibiremos a cambio risotadas exorbitantes, pedantería y chacota barata. Pero vale la pena soportar el mal trato. En el futuro, cuando nos encontremos retirados de toda clase de vicios, con los huesos molidos y los achaques encima, podremos decir orgullosamente que pasamos lista hoy, aquí. Ya se escucha venir el discurso, como una letanía: ¡a mí no me vengan con charadas. Yo estuve presente aquella noche de noviembre en la que Cuerdas extrañas, música al margen Vol. 1 (1960- 1969) se presentó en sociedad. Y lo juro por mis canas, todo lo que cuentan las leyendas ocurrió de verdad. Aquello fue el acabose!

*Este texto fue leído durante la presentación del libro Cuerdas extrañas, música al margen Vol. 1 (1960- 1969)

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Christina Rosenvinge (La calamidad de un susurro)

Sobran motivos para sentirse atraído por ella. Mirándola ahí, sobre el escenario, con una guitarra colgada de los hombros y cantándole a un hombre cuyos labios la llevaron a ser excomulgada por un grupo de obispos. Observándola maldiciendo a las crueles despedidas y declarándose lista para extraviarse a cambio de un ósculo clandestino, no resta más que preguntarse quién diablos ha sido capaz de ponerla en ese estado. Porque si se atiende su canto se deduce que la mujer se encuentra verdaderamente desesperada. Y después de la primera tanda de aplausos, su desgarro no hace más que acentuarse, esta vez gracias a un tema donde lamenta haberle permitido a cierto sujeto jugar con su falda para luego esperar su llamada al amanecer en la solitaria recepción de un hotel. Apenas ha interpretado “Tu boca” y “La distancia adecuada”, incluidos en su sexto álbum como solista,  y ya sobran motivos para no dejar de verla.

Ataviada discretamente, con un vestido negro de terciopelo acompañado de medias y botines del mismo tono, hay que imaginarse su silueta detrás de esa guitarra que cubre su breve anatomía y escudriñar con cuidado cuando se pasa al piano, pues apenas deja ver su perfil mientras interpreta “Animales vertebrados”. Y es que su deslumbrante cabellera rubia y sus filosas facciones jamás fueron usadas como armas de ataque; tal como sucede hoy, ella siempre ha preferido recurrir al talento y las emociones que se alojan tras sus costillas. De ahí que, tras lamer el cielo en los años ochenta en su natal España al mando de proyectos como Alex y Christina, Ella y Los Neumáticos y Christina y Los Subterráneos, decidiera mudarse a Nueva York para codearse con una pandilla que contaba con integrantes del calibre de Lee Ranaldo y Steve Shelley (Sonic Youth), quienes en buena medida le otorgaron las herramientas para presentarse en festivales tan prestigiados como All Tomorrow Parties y South by Southwest; para entonces ya acompañada de un perfil sonoro experimental y oscuro, además de interpretado en inglés, en discos como Frozen pool y Foreign land.

Sorprendida por el recibimiento de los mexicanos -“todos conocéis mis canciones”, declara apenada- la cantautora pasa del caos iracundo en “Eclipse” a la melancolía ingenua de “No lloro por ti”, y en ambos casos su tono vocal se mantiene intacto. Porque ella no canta; susurra. Poco le importa que esté declarando su infidelidad más cercana entre colillas y rastros de alcohol o su tristeza al mirar caer las hojas de los árboles con el arribo del otoño. Lleva poco más de una docena de canciones interpretadas y nadie puede dejar de aplaudirle. Esta vez, en el Lunario, todos admiran a Christina Rosenvinge porque para hacerlo sólo tienen que abrir los ojos, sin embargo, pocos se han enterado de que para intimar con ella es necesario acercar bien los oídos a sus labios. Después de todo, las peores calamidades -y de eso pueden hablarnos las parejas que se besan en los parques- se hacen saber quedo, entre escalofriantes murmullos.

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