Melvins (Esto no es grunge, sino rock de hombres)

A diario puede escucharse la advertencia en los comerciales televisivos que aseguran vender la cura milagrosa contra los achaques de la edad: después de los treinta, nada es igual. Quienes hoy pagaron su boleto, hace tiempo rebasaron esa edad, así que se supone que sus huesos se debilitan cada día más, sin embargo ahí están, jaloneándose en medio del slam, esquivando codazos y patadas, recibiendo los baladros de la guitarra de Buzz Osborne directamente, sin preocuparse por el zumbido que éstos van a heredarles.      

¿A quién le importa que mañana se sientan los estragos de la tunda? Lo que hay que atender es la actitud de Osborne, quien reta a su público a soportar cada uno de sus rasgueos. El guitarrista sacude su cabeza tal como una cabra hace cuando amedrenta con sus cuernos, sólo que él agita una inmensa cabellera rizada que, ahora puede comprobarse frente a frente, está plagada de canas; fieles testigos de la historia de un grupo que nació en 1983, en Aberdeen, Washington -el pesebre del grunge, el mismo lugar que crió a ese adolescente respondón llamado Kurt Cobain- desde donde propagaría un culto a su alrededor gracias a una consistente y poco complaciente discografía aderezada con las actividades de interesantes proyectos alternos, como Fantômas, PORN y Tomahawk.

Al lado de de Buzz, Jared Warren también afila sus dedos con las cuerdas, pero son Dale Crover y Coady Willis quienes se ejercitan en forma desde los bancos de sus respectivas baterías. El primero lleva hombreras de peluche, cual si fuese un vikingo; el segundo, usa las baquetas como chacos pues su vestimenta es la propia de un estudiante de artes marciales. Uno zurdo, el otro diestro; ambos en perfecta sincronía, desquiciando el equilibrio de los presentes con una metralla rítmica inclemente. Por su parte, la audiencia recibe estoicamente los azotes, algunos definiendo sesudamente cada uno de los compases porque ¿eso que escuchan es metal, proto grunge, doom o “alternativo”?; el resto, prefiere voltear a su alrededor y encontrar coincidencias en los rostros de los demás, en sus camisetas, en su calzado. Después de todo, esta noche una generación extraviada se reúne por vez primera. Frente a ésta, el cuarteto no pierde tiempo en intercambiar saludos con su público. Trae prisa, pues cuenta con un poco más de una hora para repasar decenas de discos, décadas de ausencia.

Pese a lo breve de su presentación, Descartes a Kant, el acto abridor, sufrió la urgencia de la cita al recibir uno que otro grito recriminatorio por parte de la denominada “vieja guardia”, quien encontró en el conjunto de Guadalajara a un puñado de adolescentes que jugaba a hacer rock. Apenas terminaron de tocar, las coquetas notas de “Rock around the clock”, de Bill Halley, pusieron de buenas a un público que observa incrédulamente esos comerciales que anticipan el fin de la plenitud con la llegada de los treinta. Porque aquí, en el Lunario, esta noche no caben adultos contemporáneos, sino tipos duros que saben bien cuál es la diferencia entre el rock inofensivo y el otro rock, ese que orgullosamente denominan como “de hombres”.

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Arturo Vega (Los latidos del espíritu Ramone)

Arturo Vega es punk. Él mismo lo acepta orgullosamente. Así como sostiene con firmeza que él es El Quinto Ramone, porque antes de él sólo están Johnny, DeeDee, Joey y Tommy; los cuatro tipos que a punta de voltios pusieron la palabra punk en las marquesinas del mundo entero. Sin embargo, en aquellos agrestes años setenta en la ciudad de Nueva York, la labor de Vega no consistía en raspar las cuerdas de una guitarra, nada de eso. Su trabajo lo desarrolló sobre una mesa, prácticamente a solas; lejos del sudor y el fuerte tufo a orines del CBGB. Y es que Arturo diseñó el mítico logo de los Ramones. Casi nada. Mientras los músicos se encargaron de la distorsión; él puso la palabra con mayúsculas en el pecho de varias generaciones. Así que si a alguien debe culpársele por ver tantas veces a los RAMONES tapando los pezones de toda clase de sujetos por las banquetas, es a este tipo; el hijo de un minero chihuahuense que desde hace casi cuatro décadas vive en la misma calle de Nueva York, rebautizada hace algunos años con el nombre de uno de sus mejores amigos: Joey Ramone.

El 24 de diciembre de 1971, Arturo Vega decidió a rentar un loft ubicado en el número seis de la E2 St., en Nueva York. No era la primera vez que pisaba suelo estadounidense, “ya había viajado con frecuencia a Estados Unidos en los años sesenta, especialmente a San Francisco. De hecho pasé el Verano del Amor allá”. Sin embargo, Vega no era un hippie retardado sacudiéndose los rastros de incienso; “nunca fui un hippie. Aunque compartí plenamente el concepto del amor que esa cultura enarboló. La música era lo que me atraía en realidad. El rock & roll. Me iba a San Francisco para ver y escuchar música en vivo. Fui al Monterrey Pop Festival y la pasé a toda madre, escuchando lo que me gustaba; The Who, Jimi Hendrix, Otis Redding”. Y eran los discos de esos músicos los que Arturo hacía girar a buen volumen en su recién estrenada residencia neoyorquina, “la más cara que pude pagar entonces, aunque realmente era muy barata”. Un día, un tipo se apareció en su puerta: “estaba yo pintando o lavando platos, no recuerdo bien, y de golpe un chavo entró y me dijo: oye, yo vengo a visitar a una chava que vive arriba, pero siempre que paso por aquí oigo la música que escuchas, justo la misma que me gusta a mí. Ese día ambos terminaron platicando un buen rato hasta que el invitado comentó que estaba a punto de formar un grupo con sus amigos. La suerte había hecho su parte. El nombre de ese sujeto era DeeDee, y el conjunto que estaba a punto de integrar eran los Ramones. 

Arturo salió de México sin tener muy claro cuál sería su futuro, aunque sí intuía que éste lo encontraría en el cine. “Hice teatro en México -debuté en el teatro de los Insurgentes con Héctor Suárez, en una comedia musical mientras estudiaba en Bellas Artes; ahí la hacía de chavo rockero- pero no estaba seguro de querer ser director de cine. Crecí en los sesenta, entonces los directores más chingones estaban en Europa. Antonioni, Pasolini, Bergman, Fellini, Godard… Definitivamente no podía quedarme en México porque la censura y la represión de aquella época estaba de miedo. Entonces pensaba que en NY podría entrar al mundo de la cinematografía”. Sin embargo, aquella visita de DeeDee a su estancia cambiaría el rumbo de sus planes. Pronto se relacionaría con los Ramones a tal grado que terminaría creando el afamado logo del combo y diseñando las luces que bañaron a los músicos sobre el escenario durante toda su vida.  

Actualmente, Vega sigue viviendo en el loft donde todo comenzó. El lugar está ubicado justo a la vuelta de la esquina de donde estaba el CBGB, el tugurio que a larga operaría como la cuna donde los primeros punks forjarían sus más rudas resacas. De hecho fue en esa residencia que él mismo, con la ayuda de DeeDee y Joey, manufacturó las primeras camisetas de Ramones; “DeeDee ponía la prenda sobre una mesa y yo le pasaba la tinta; luego Joey –con su descomunal altura- la colgaba a secar en las tuberías contra incendios que estaban cerca del techo”. En aquella época,  el hogar de Vega estaba prácticamente vacío; apenas había colchones, unas cuantas repisas con discos y las mesas donde trabajaban. Los muebles sobre los cuales el cuarteto firmó el contrato discográfico que lo llevaría a la fama y que, según el propio dueño, es lo único que aún persiste de aquellos años: “aún conservo esas mesas, después de todo fue sobre una de ellas que diseñé el logo del grupo”.

¿Qué eres en realidad, Arturo; pintor, diseñador, actor, director frustrado de cine?

Soy un artista. Pero quiero advertir que no soy un profesional de nada. He evitado premeditadamente  profesionalizarme en algún área específica porque hacerlo es la muerte; significa limitarse. En ese sentido, actualmente me siento más punk que nunca. Y es difícil explicarlo porque la gente está acostumbrada a obedecer ciertos clichés y etiquetas, pero a mi edad considero que mi espíritu es absolutamente punk, lo es incluso más que cuando estuve en giras interminables con Ramones, en los setenta.

Y tu trabajo gráfico, ¿es punk?

Posee ciertos elementos punks. Lo que sucede es que ese estilo está estereotipado, pero poco tiene qué ver con lo que yo creé en su momento; observa las fotos de los Ramones,  ellos fueron la semilla del punk y jamás poseyeron una imagen asustadiza o agresiva; mucho menos lo fue la iconografía que yo cree para rodearlos. Cuando diseñé su logo tenía un objetivo en mente: contrarrestar la imagen de caricatura que ciertos medios le estaban creando al grupo. John Holmstrom era un gran  ilustrador de Punk Magazine, pero a mí me molestaba mucho la forma en que trataba a los Ramones, aunque entiendo que los propios músicos se prestaban para eso, para ser caricaturizados. Para ir contra esa tendencia, lo que creé fue un concepto redondo, total. Porque el águila ofrece la simbolización del poder, y luego están los nombres de los músicos rodeándola. Todo eso se concentra como una fórmula química que yo no sé que le provoca a la gente en el cerebro, pero muchos han adoptado esa imagen como propia. En otro nivel gráfico, llegaron a acusarme de fascista por las luces que diseñaba para los conciertos. Un crítico inglés dijo que eran como una catedral de luces para Hitler, porque yo disparaba rayos perfectamente simétricos sobre el grupo. Años después hice pinturas con las suásticas nazis, pero con la intención de provocar a la gente. Lo que buscaba era generar una pregunta: ¿qué son verdaderamente el bien y el mal? Porque hay que ponerse en contacto con nuestro lado oscuro; los nazis no eran marcianos, sino seres humanos. Pero volviendo a la pregunta, todo lo que yo desarrollé para Ramones respecto a imagen, jamás contó con manchones  grotescos ni con el desorden que luego se impondría como regla en el punk, como si todo fueran posters en serie de películas de horror. Mi trabajo fue limpio. Y ese era el estilo de Ramones también. ¿Para qué ensuciarse y pararse los pelos? Sus jeans estaban rotos y las chamarras también, pero no premeditadamente; realmente así usaban su ropa diariamente.  

Cuando DeeDee se asomó a tu loft por vez primera, ¿ya iba vestido así, a lo Ramone? 

No, entonces venía de su trabajo. Él laboraba en una tienda para señoras ricas y tenía que vestirse impecablemente. Hay unas fotos donde estamos en mi casa, firmando el contrato discográfico y bueno, ahí puede notarse que DeeDee venía de trabajar. ¡Incluso portaba un gazné!

Y una vez que conociste a esos rijosos, ¿te hiciste como ellos, adoptaste su facha?

No. En realidad no. Pero he de decirte que la chamarra que DeeDee trae puesta en la portada del  primer disco era mía. Es más, Joey y él salen en muchas fotos usando mi chamarra, y eso ocurría porque, simplemente, la mía estaba más chida que las de ellos.

Se dice que en cierta ocasión los Sex Pistols se juntaron con los Ramones a beber y que los de Nueva York se orinaron en las cervezas de los ingleses, pero que éstos se las bebieron sin enterarse de la gracia. ¿Eso ocurrió verdaderamente? 

Jajajaja. Es que los ingleses beben la cerveza caliente porque hace años la refrigeración era un lujo en Inglaterra. Entonces,  hace tiempo era común beber cerveza caliente allá. ¿Y qué te puedo decir? En las giras europeas siempre nos daban cerveza tibia, entonces una vez, en un camerino, los Ramones mezclaron sus propios orines con cerveza y sí, se las tomaron los Pistols. Pero nada que se quejaban ¿eh? Rotten  bebió con toda naturalidad. Jajajaja. Creo que yo una vez bebí mis propios orines, pero en un viaje de ácido. No recuerdo qué tal saben. Horrible, seguramente.

Joey y DeeDee vivieron durante algún tiempo en tu casa, ¿fueron esos días de degenere, de drogas duras y desenfreno?

Fueron días extremos. Cierto. Hombre, éramos jóvenes y libres, ¿qué podías esperar? Hablando de drogas, yo me inyecté heroína dos veces, y lo hice  con DeeDee, para sentirlo solamente. Pero no me gustó nada la experiencia. Yo me quejaba “ay, DeeDee, ¿esto es lo que se siente?”, y él pensaba que yo andaba bien elevado, incluso quería “ponerse a mi nivel”; “me gustaría andar tan alto como tú”, me platicaba. Pero en realidad yo me la estaba pasando muy mal. Quería vomitar. Lo he probado todo: LSD, anfetaminas, peyote, cocaína, hongos y crack -la mariguana me daba sueño, nunca me gustó-  pero nada me ha enganchado, jamás.

¿Cuál es tu disco favorito de los Ramones?

La verdad a mí no me gustan los discos de los Ramones. Las canciones son fabulosas, pero los discos no corrieron la misma suerte. Me explico: escuchar las canciones en vivo era como meter los dedos a la toma de corriente eléctrica. Te lo digo yo, que estuve ahí desde el comienzo, en los ensayos, antes de que el primer disco del grupo saliera a la luz. Y las canciones sonaban verdaderamente poderosas. Pero luego las grabaron y quedaron diminutas. Cuando yo escuché esa sangronada del primer disco, pensaba: ¿qué, a quién le va a gustar esto? Pero lo decía porque sabía del potencial de los temas en los ensayos. Te repito, los Ramones en vivo eran auténtica una descarga de voltaje.

 

Hay una foto donde estás al lado de Tommy. Parece que está enseñándote a tocar el bajo. ¿Eres músico también?

Un día estaban ellos ensayando y yo me puse a cantar. Tommy era el estratega del grupo y se sorprendió un poco por mi atrevimiento, entonces me dijo que estaría bien que yo aprendiera a tocar el bajo. “Si algo le pasa a DeeDee, tú podrías sustituirlo”, decía. Entonces yo sentía gacho cuando él me enseñaba a tocar, porque sabía que me estaba entrenando para cuando algo malo le pasara. Pero yo jamás he tenido la menor intención de aprender a tocar un instrumento. Para mí, la música es como hablar en chino. En realidad, mi idioma es la imagen. Te lo pongo así: los Ramones vendieron cientos de miles de discos, pero millones de camisetas. Yo lo vi, estuve en cada show. Quizá no todos compraban sus discos, pero nadie se los quería perder en vivo, y yo igualmente aporté algo a su imagen, con mi diseño de luces.

¿Recuerdas especialmente algo de las vistas de Ramones a México?  

Que fueron un desastre. Nos mintieron todo el tiempo. Tocamos una vez en Pantitlán, donde había una alberca, y desde que llegamos a montar el escenario descubrimos que no había forma de subir a él, pues no tenía escaleras. Pensamos que luego las pondrían, pero nunca ocurrió. Al final los músicos tuvieron que dar grandes saltos para subir y bajar de la tarima. Además, a todo lo que pedíamos de equipo nos decían que sí, pero a cambio nos traían pura basura. Nosotros vendíamos estadios de futbol en Argentina y Brasil, pero en México no despegábamos, era ridículo. Y los Ramones siempre tuvieron una afición especial por México, porque los fanáticos respondían maravilloso. Yo también me encargaba de todo lo relacionado con el merchandising  del grupo, y cuando salía a darme una vuelta a los alrededores, en nuestras estancias en México, descubría que había instalado un millón de puestos de camisetas piratas, los cuales, claro, no le pedían permiso a nadie para vender, pero lo hacían con toda tranquilidad. 

En ese sentido, ¿qué sientes cuando caminas por el tianguis del Chopo, por ejemplo, y te encuentras con tantas versiones piratas del logo que diseñaste?  

Me da mucho gusto que eso suceda. Te diré por qué. Se está elaborando un documental sobre las camisetas del rock y hay dos piedras angulares en esa historia: una es John Pasche (creador de la lengua de los Rolling Stones) y la otra soy yo. Te hablo de los dos logos más famosos del rock. Lo que ha ocurrido con mi diseño de Ramones es impresionante, porque en muchas partes del mundo lo adoptaron para ofrecer su propio mensaje. Hace poco vi una apropiación increíble: tiene al águila intacta, pero en lugar de decir Johnny, Joey, DeeDee y Tommy, tiene una frase de San Pablo, y en lugar de Ramones dice: ROMANOS. Ya para rematar, hasta abajo se lee “Jesucristo es la luz”. Ese trabajo me parece insuperable; ¡los Ramones en los evangelios! Vaya homenaje.

Hay una versión que tiene el rostro Don Ramón, un personaje del Chavo del Ocho, en lugar de las caras de tus amigos.   

Y no me causa gracia, porque está mal hecha gráficamente. Cuando estaba en Las Vegas, en la convención de mercancía más grande de Estados Unidos, vi esa camiseta. Ahí estaba la compañía de México que la hace y me acerqué a decirle a su gente que estaba muy bien su humor, pero que no se podía comercializar piratería en ese lugar. Tengo una política al respecto: yo diseñé ese logo, y tengo la autoridad para no decir nada si la imitación está bien terminada. De hecho, yo mismo he comprado camisetas piratas cuando me gustan, y me las pongo con frecuencia.

¿Has visto la edición de Ramones que Converse puso a la venta?

El bordado no me gusta, es barato y está mal hecho. No sé, siento que la marca no se  preocupó demasiado por diseñar un buen producto. Quizá se preguntaron: ¿quiénes eran esos Ramones? Unos punks ¿no? OK, hagamos unos tenis con un parche y ya. Comparado con lo hecho por Hysteric  Glamour, están muy por debajo. Observa los tenis de los japoneses y dime ¿qué maquina consigue esos acabados? Son impecables. Esos tenis orientales son un placer para la vista y el tacto. Los de la firma hicieron un trabajo sofisticado, pero sin traicionar la ideología punk del grupo.

Cambiando de tema, es sabido que eres corredor. Incluso te inscribiste varias ocasiones al maratón de Nueva York.

Empecé a correr cuando cumplí cincuenta años, para imponerme un nuevo reto, un aliciente. Me gusta hacerlo porque es una actividad que desarrollo a solas, apenas necesito un par de zapatos, y como soy exageradamente individualista, es un deporte ideal para mí. Cuando estuve de gira con Misfits, el autobús del grupo solía estacionarse en las afueras de las ciudades europeas, como Ámsterdam, entonces yo me levantaba en las mañanas a correr por los alrededores. Veía paisajes y gente distinta todo el tiempo, y eso me fascinaba.

Arturo, ¿dónde puede verse tu obra gráfica completa; hay alguna página en la red?

¿Sabes que no hay un espacio así? Tengo una bodega llena de obras mías, pero en realidad muy pocos la conocen. Es que a mí me importa crear. Me interesa producir obras, pero no tanto exhibirlas. A veces me pregunto por qué me sucede este fenómeno y concluyo que el beneficio que obtengo al crear es madurar como ser humano, porque con mi arte me depuro. Y la realidad es que ese es mi objetivo final como persona: morir como un ser humano suficientemente maduro. En el más alto nivel.

Cuando se le pregunta a Arturo si extraña algo de aquellos años setenta dispara sus últimas revelaciones. Recuerda el sonido de Ramones, habla de cuando escucho a esos cuatro por primera vez, cómo no pudo evitar sonreír, “porque estaba presenciando algo muy poderoso y enigmático. Para mí, fue como cuando vi por primera vez un edificio de Frank Gehry. ¿Has estado en Bilbao? Cuando estás frente a su obra no puedes negarlo, dices ¡qué chingonería! Vaya formas, porque él recrea intestinos, pero hechos de titanio”. Al final de la charla, Vega se pone en serio y, mientras repasa con la mirada el parche de Ramones que adorna su gorra, hace la última confesión, esta vez, salida de lo más hondo de su espíritu punkie: “claro que extraño escuchar a los Ramones en vivo.  Pero más que eso, añoro platicar con Joey. Hacer cosas con él”.

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Steven Brown (Un camino sin retorno)

En el medio artístico resulta común encontrarse con el abuso del calificativo “inquieto” cuando de referirse a cierto músico se trata. Sin embargo, Steven Brown verdaderamente encarna la palabra, y eso pueden certificarlo nuestros oídos cada vez que se acerquen a la basta obra que el multi instrumentista ha levantado durante décadas de trabajo. De aquel proto punk de corte new wave con miras avant garde en su proyecto Tuxedomoon, a la integración del jazz con las diferentes músicas del mundo en Nine Rain; de la musicalización de filmes donde la experimentación alcanza momentos protagónicos (El informe Toledo, ¡Qué viva México!) pasando por la música de banda oaxaqueña cantada en mixe hasta llegar al rigor emotivo que le heredó Debussy –uno de sus máximos referentes artísticos- en el álbum Music  for solo piano. La discografía de Brown es amplia y su contenido jugoso; en los surcos de su material es posible localizar el perfil de un hombre que prefiere mantenerse con las manos ocupadas y la mirada extraviada en el horizonte. Y es así como se le encuentra, en una de las barrocas salas del Teatro de la Ciudad, en la víspera de su presentación junto a Nine Rain para celebrar XV años de gozo sonoro. Con las palmas unidas y los ojos apuntando hacia las ventanas, el autor luce ligeramente incómodo, como si se encontrara demasiado quieto; dan ganas de acercarle un clarinete y decirle: Steven, aquí está tu arma, haz a un lado el tedio y comienza a disparar.

Nacido en Illinois, Chicago, Brown recuerda con nitidez sus primeros acercamientos formales a la música; “aprendí a tocar el clarinete cuando iba a la escuela primaria, en Chicago. Pero mi arranque fue horrible, porque entré a tocar a una banda que se dedicaba a animar partidos de futbol. Y no, no; lo que yo deseaba era estar en una orquesta, tocando a Wagner, Tchaikovski y Debussy”. Tiempo después, el músico trabajaría manejando un taxi con el fin de reunir el dinero suficiente para comprarse su primer teclado. “Me compré un Vox Continental o un Micro Moog, no recuerdo del todo bien –comenta el artista- entonces tenía unos 23 años. Pero, hablando de mis instrumentos de toda la vida, aún conservo el mismo clarinete desde hace más de cuarenta años; aquel que usaba en la primaria. Y todavía suena excelente”.  Por fortuna, el futuro del entonces pequeño Steven no se hallaba cercado por los limites de Chicago; sus excursiones  no sólo se llevarían a cabo en el plano sonoro, sino físicamente. Primeramente, en Europa encontró el terreno apropiado para regar su talento; una plataforma de despegue que, finalmente, lo llevaría a aterrizar en México para encontrar su residencia de manera definitiva. La ruta de viaje ha sido por demás extravagante: Chicago- San Francisco- Londres- Rotterdam- Bruselas- México, DF- Oaxaca.

¿Cuánto tiempo hace que llegaste a México, Steven?

Llegué a la Ciudad de México en 1994, proveniente de Bruselas. A Oaxaca arribé en 2002.

Después de vivir en Bélgica y Reino Unido, ¿por qué elegiste Oaxaca como siguiente parada?

México está lleno de lugares fantásticos, maravillosos, así que no entiendo por qué todos quieren vivir en el DF, así, apilados en la gran ciudad. Llegué primeramente al DF y básicamente escapé de él por un par de factores: el crimen y la contaminación. Me harté de vivir en constante estado de paranoia -aunque mira, eso ya jamás se quita, en Oaxaca sigo viviendo con paranoia – y además regularmente me sentía enfermo sin entender por qué, hasta que descubrí que era el mismo aire que respiraba lo que me estaba poniendo así de mal. Es curioso, porque, irónicamente, la ciudad de México es algo especial de verdad, opera como un ejemplo a nivel mundial con esto de los matrimonios gays, las bicicletas en los domingos y las leyes a favor del aborto; es un oasis en muchos sentidos. Realmente luce mucho más avanzado que varios lugares de Estados Unidos, pero al mismo tiempo es ya demasiado grande la ciudad. La idea original era irme a Jalisco, pero me decidí por Oaxaca, que es como un país entero, muy diverso.

Musicalmente, hay mucho qué escuchar ahí.

Sí, pero no me fui por eso. En muchos otros sentidos me parece excitante. Para comenzar cuenta con 16 lenguas y no sé cuántos dialectos más; artesanías, tiene muchas por ofrecer; también alebrijes, textiles, barro, pintura. A veces uno cierra los ojos ante lo abrumadora que resulta la oferta. Personalmente, me tomó un poco de tiempo descubrir la música que se hace en Oaxaca, y hablo básicamente de la música de banda.

¿Te gusta la banda?

Solía no gustarme porque tuve malas experiencias al respecto cuando fui niño, pero a fines de los años ochenta me topé con la música de la zona de los Balcanes, gracias a la obra de Kusturika. Entonces descubrí que la banda no necesariamente se traduce en himnos para los partidos de futbol, sino que cuenta con toda la belleza melancólica que posee una orquesta. Además, la banda tiene una gran ventaja, ¡recrea música que se puede bailar!

Hablemos de tu acercamiento a esa música, llevas tiempo trabajando con músicos oaxaqueños.

Me encontré con que hay muchas bandas y casi todas con una gran calidad, además de que cada una maneja un estilo muy identificable. A mí me llamaba la atención que nadie supiera, más allá de los límites del estado, de la riqueza sonora que posee esa música. No podía comprender cómo era posible que los sonidos balcánicos contaran con tantos discos y películas circulando en el mundo y que con la música oaxaqueña no pasara nada. Un día platicaba con Carlos Becerra al respecto; qué onda, qué sucedía,  y decidimos solicitar una beca. Cuando la obtuvimos, nos fuimos a la cierra mixe a buscar a músicos interesados en hacer música de banda con la firme idea de sacar a esa gente de los pueblitos y así mostrarle al mundo todos sus tesoros.

Entonces conociste a la banda BRM.

Sí, con la dirección de Hermenegildo Rojas. Él es mixe, vive en Tamazulapan, y cuando vi a su banda tocar me volví loco; me puse a chiflar, a gritar y a bailar.  Desde entonces, Hermenegildo se transformó en mi compañero de viaje. Nos fuimos a buscar músicos y compositores por varios pueblos, y conforme entrábamos en contacto con ellos íbamos regalándoles música de los Balcanes, para que notaran que al otro lado del planeta también existía gente tocando con los mismos instrumentos que ellos manejaban. Igualmente empezamos a impartir talleres de composición, de historia de la música y de armonía con Julio García. Incluso enseñábamos cómo trabajar con la computadora. Al paso del tiempo nos dimos cuenta que nos tomaría años concretar nuestro proyecto porque allá las vías de comunicación no son ágiles, y te hablo de carreteras así como de lenguas; es decir, hablar con esa gente tampoco es un asunto simple. Poco a poco hemos obtenido resultados, porque he de decir que la mayoría de los músicos reciben su partitura y se ponen a tocar, y eso está muy bien, pero el objetivo de nuestros talleres siempre ha sido impulsar a los músicos para que compongan, para que creen sus propias obras.

¿Fue complicado conseguirlo?

Es que hay un grave error en la gente que cuenta con una formación musical, digamos, rigurosa; le cuesta trabajo crear. Se trata de personas que están acostumbradas a ejecutar algo que tienen escrito frente a sus ojos, pero si eso no existe se preguntan: ¿y ahora qué toco? Esa es su mentalidad. Entonces para nosotros el arranque sí fue complicado, porque esos músicos simplemente no podían tocar algo propio. Hoy día hasta se pelean por hacer lo suyo, pero en mixe. Y eso es algo muy valioso. En buena medida esto sucedió gracias a que vinieron un par de veces algunos grupos de gitanos, y ellos cantaban en su propia lengua, sin vergüenza de por medio; que los oaxaqueños se enteraran de que eso ocurría en Europa fue determinante.

Y tú, ¿tocas con banda también?

Claro, a veces toco con ellos. Clarinete, saxofón y teclados.

Qué hay de aquel proyecto llamado Cinema Domingo, donde musicalizas películas en directo.

Ese proyecto sigue en pie, tal vez más que nunca. Y sabes qué, hay buenas noticias al respecto: ¡ya nos están pagando! Llevo ocho años haciendo Cinema Domingo con otros amigos y ya recibimos algo de dinero, algunas instancias gubernamentales están aportando capital e incluso ya hay un festival de cine en Oaxaca. Ahí vamos, ya hemos salido a tocar a Morelia, Yucatán y Jalisco. Es un proyecto que avanza porque antes sólo hacíamos funciones los domingos, pero actualmente ya cualquier día tocamos, para qué restringirnos.  

¿Cómo abordas ese trabajo cinematográfico, qué clase de herramientas utilizas y cómo llegas al día de la proyección con algo armado?

Somos cuatro músicos sin ninguna clase de prejuicio, nos permitimos incorporar todas las sonoridades que estén a nuestro alcance. El proceso es sencillo; antes de proyectar la película nos ponemos a trabajar durante más o menos un mes, armando un score, un soundtrack. Al principio improvisamos, ya conforme avanzamos vamos escribiendo algo concreto para presentarlo al público. 

Respecto a la ausencia de prejuicios, charlemos sobre Tuxedomoon, un proyecto que nació en 1977 y que algunos, más allá de sus meritos en los campos de la llamada música electrónica, ya lo califican como de “culto” en los terrenos del punk.

¿De culto? Qué arrogancia. De poner esa clase de etiquetas tiene que encargarse el tiempo. Y dudo mucho que fuéramos punks, nosotros sólo hicimos lo que pudimos con los elementos que tuvimos a la mano.

Y esos elementos fueron una grabadora de cinta reproduciendo algo que se asemejaba a las secuencias que hoy día se disparan desde una computadora, además de un teclado, un saxofón… y algo primordial: una puesta en escena bien definida; un performance.

Tuxedomoon comenzó con Blaine Reininger y conmigo, en San Francisco. Finalmente yo me fui de ahí cuando ocurrió el asesinato a Harvey Milk… por cierto, ¿viste la película de su vida, la que protagoniza Sean Penn? También actúa un mexicano… no recuerdo su nombre.

Diego Luna.

¡Sí! Pero bueno. En Tuxedomoon echábamos mano de una grabadora de carrete de cuatro pulgadas, usábamos las cintas que habíamos creado en las clases de música electrónica que tomábamos. Entonces no existían los sintetizadores que hay ahora, entones había que elaborar “secuencias” en cinta para luego reproducirlas en los conciertos. El performance era básico, porque aunque en ese entonces estaba el punk rock y, en sí, hacer punk ya era ya una especie de performance lleno de gritos, escupitajos y alcohol, pero nosotros buscábamos una representación artística, y eso sí que no estaba de moda. En realidad, al comienzo nos arrojaban botellas mientras nos gritaban ¿¡dónde está el baterista!? Y era hasta cierto punto comprensible esa reacción, porque ver a dos tipos con un teclado y un violín, y además acompañados de una grabadora, supongo que sacaba de onda. Después de todo, ¿qué era eso que hacíamos? Pero al cabo de un año ya teníamos gente formada, esperando pacientemente para vernos. Uno, como músico, no tiene que hacer caso a la gente; sino dejar salir lo que hay dentro del corazón. Ser honesto. Nosotros lo fuimos; hicimos lo que quisimos durante 33 años.

En ese sentido, Nine Rain, otro de tus proyectos musicales, mantiene el mismo perfil.

Sí, también desde el comienzo buscamos trabajar con amigos artistas, y no sólo músicos, sino pintores, fotógrafos y bailarines. Nine Rain trata de involucrar varias disciplinas con la música porque el público tiene oídos, pero también ojos, y durante un concierto hay que estimular a los asistentes en todos los niveles.

Siguiendo con Nine Rain, se te aplaude especialmente  la incorporación de ciertos rasgos del folklore musical mexicano  con letras cantadas en náhuatl.  

Ese es un aspecto de los varios que Nine Rain posee. Honestamente, no considero que haya demasiados elementos de música tradicional mexicana en mi trabajo. Yo tomo ingredientes de diversas fuentes y edades, así que en mi obra hay tanto de música mexicana como de muchas otras culturas. Por otro lado, con Nine Rain he pasado momentos muy complicados, y esos no están documentados. Incluso hubo algún punto donde tuvimos que rentar un local para tocar y vender unas cuantas cervezas para pagar así la renta. Ahora las cosas han mejorado, parece que el campo está más abierto, que hay más espacios, sin embargo aún existen muchos estados de la república donde jamás hemos estado y que nos encantaría visitar.

Tras 16 años de trayectoria con Nine Rain, ¿cómo encuentras el camino andado?

Es que yo no encuentro al camino, de ningún modo; es el camino quien me encuentra a mí.

¿Y te encuentra como un mejor compositor?

Ha cambiado mi dinámica de composición desde hace algún tiempo. Llevo como cinco años tomando clases de composición en Oaxaca, con Víctor Rasgado, y eso me ha abierto miles de puertas como compositor.  Desde que comencé a implementar esas técnicas noté que funcionaban bastante bien en mi trabajo. Y es que maravilloso aprender a componer como lo hacía Bartóck y Ligeti, la gente que me encanta. En mis clases hemos ido analizando cómo componían esos maestros y es fascinante emplear sus técnicas.

Hace poco tiempo musicalizaste ¡Qué viva México! (Sergei Eisenstein) y realizaste también el soundtrack de El informe Toledo (Albino Álvarez); además de lo que has hecho con Cinema Domingo, ¿te gustaría musicalizar alguna película en especial?

Mh. Ya hice, entre varias más, El acorazado de Potemkin y Berlín: sinfonía de una ciudad– los clásicos que todo mundo hace- pero debe haber miles de películas más por musicalizar. Ahora mismo no se me viene a la mente alguna en especial.

Hace rato hablabas de Milk, ¿qué tal esa?

¿Cómo crees?

¿Es que te parece una mala película?

Déjame decirte que yo conocí a Harvey Milk, y bueno, tengo que comentar que Sean Penn hizo un gran trabajo; todos los gestos de Harvey los reproduce de forma sorprendente. Créeme, cuando vi esa película me costaba trabajo localizar las diferencias entre la persona que yo conocí y el actor. Y me parece que ese es un gran mérito.

Ya que no quieres mirar al pasado, Steven, finalicemos esta charla con tus expectativas respecto al futuro. Qué sigue para ti.

Retomando lo que hablábamos antes, y pensándolo bien, considero que hay algo que sí comparto con los punks, plenamente, esa frase que dice “no hay futuro”. Desde mi perspectiva, en la música es mejor no pensar. Simplemente hay que seguir adelante, siempre adelante.

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