Elvis (El ocio de agosto)

José Alfredo Jiménez va a tener que perdonar este atrevimiento pero hay que decirlo: quien sigue siendo El Rey se llama Elvis, así, sin apellidos. Y no nació en Guanajuato, sino en Tupelo, Mississippi. Así es, quitémonos el sombrero de charro y aceptemos que el estadounidense fue quien se ganó la corona a pulso desde 1953, cuando cruzó por vez primera la 706 Union Avenue, en Memphis, para así entrar a los estudios Sun y grabar “My happiness” y “That´s when your heartaches begin”. “Grabamos lo que sea, cómo sea, cuando sea” era el lema del negocio que Sam Phillips regenteaba, y por sólo $3. 98 cualquier harapiento salía de ahí con un vinil bajo la axila. Lo que nadie sabía en aquel verano del 53 es que ese cliente adolescente apellidado Presley, ansioso por escuchar su propia voz emergiendo de un tocadiscos, no grabó “lo que fuera”, sino algo que, tras varias vueltas de tuerca, terminaría llamándose rock & roll. 

Con un voluminoso y bien engomado copete, Elvis muy pronto saltaría de las calles de Memphis a los canales televisivos más vistos, siempre en horario estelar y rodeado de gritos provenientes de chicas fuera de sí. El ídolo viviría aquella vorágine acompañado de una guitarra acústica (de la firma Martin, por cierto) y dos poderosas piernas, capaces de soportar los más escandalosos contoneos. Escuchar a ese Elvis, rebosante de rabia juvenil, filosofando respecto a sus zapatos de ante azul, es presenciar un acto primitivo y salvaje; significa percibir aquel impulso trasgresor del rock & roll que se diluiría años después en prolongadas temporadas en Las Vegas, ya con espectadores que cambiaron los gritos eufóricos por serenos aplausos y con un Elvis barrigón frente al micrófono y provisto de capa, cual murciélago que en lugar de sangre tragase píldoras para amainar así sus temblores. 

 Yo solía creer que primero supe de la existencia de The Beatles y que años después, gracias a esos cuatro greñudos, me enteré de que Presley era El Rey, y todo debido a que Lennon y McCartney citaron la influencia del intérprete de “Jailhouse rock” hasta el hartazgo. Pero abriéndome campo a machetazos en esa jungla cerebral que llamamos recuerdos, conseguí toparme con la raíz de la mata, qué digo de la mata; de un árbol tan robusto como el del tule. Enero 22 de 1969. Elvis graba un tema escrito e interpretado originalmente por Mark James. Lo hace a 16 años de distancia de su primera sesión en los estudios Sun. La composición es francamente demoledora: “Suspicious minds”; su último número uno. Mientras tanto, mi madre contaba con 19 años de edad, la época dorada en que escucharía las rimas de aquel tema a través de la Amplitud Modulada de su radio. Tal como a millones de escuchas más les ocurrió, cada una de esas palabras se incrustó en su mente para no escapar jamás. Entonces yo aún no nacía, pero años después aquel himno dedicado a los amantes que se separan sin quererlo del todo también rondaría mi cabeza gracias a que mi madre lo tarareaba frecuentemente. 

De pronto, las piezas se acomodan: conocí a Elvis antes que a The Beatles. Digamos que tengo la fortuna de saber qué fue primero, si el huevo o la gallina. Hoy día, después de “Suspicious minds” –por obvias razones mi número uno en la carpeta de Presley- suelo hilar en mi reproductor de mp3 bellezas del calibre de “Cant help falling in love”, “Love me tender”, “Don´t” o “Crying in the chappel”. Y que no se me culpe por escurrir miel de los audífonos pues, a pesar de que el catálogo de Elvis arroja salvajadas como “All shook up” o “Stuck on you”, ¿a quién no le gusta remojar un  poco el pavimento con unas cuantas lágrimas? Oh, Elvis, si estuvieras aquí contarías con 76 años; mientras que José Alfredo andaría en sus 85. Te recordamos este mes así, vagando con preguntas ociosas; ¿cuántos kilómetros separan a Tupelo, Mississippi, de Dolores Hidalgo, Guanajuato? ¿Qué tan larga es la distancia que existe entre nuestros recuerdos y las canciones que nos dirigen irremediablemente a ellos? ¿Después de ti, El Rey, quién siquiera se ha acercado a provocar nuestros oídos de tal manera? Larga vida a ti, Elvis. Porque tú, nuestro Rey, sigues vivo acá, cada vez que sacudimos la cadera al ritmo de “Don´t be cruel”.

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