Morrissey (Cholula no es Manchester)

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Cemitas con pápalo. Mole. Iglesias en cada esquina. Cruzo calles poblanas preguntando cómo llegar a ese auditorio cuya marquesina anuncia a Morrissey cuando mi retraso es grave, pero al llegar a las puertas del foro descubro que en tierra poblana la puntualidad inglesa vale un carajo y que un festival escolar del día de las madres estaría mejor organizado. Antes de pasar a las butacas hay que presenciar cómo una madeja de puñetazos está a punto de desatarse con tal de obtener un trago de vino tinto o bacardí blanco, y tras entregar el boleto en la puerta, los números marcados en los asientos no son más que un adorno que se disuelve con el olor a mota y el humo de tabaco que serpentean libres y sonrientes en el aire.

Entre reencuentros de viejos camaradas y sus miradas inquisitorias ante los asistentes más jóvenes, es posible notar que sobre el escenario ya hay un arma letal aguardando, y una vez que Morrissey toma el micrófono, el cable de éste se transforma en un látigo que lacera las tablas del escenario o, en su defecto, en un lazo que estrangula las flores que el público lleva como obsequio; es su portador quien decide la función conforme los botones de su camisa se lo permiten y las manos que usa como garras se tranquilizan. Porque al tipo le resulta complicado aflojar el grillete con el cual somete las palabras de sus canciones, mantiene su entramado verbal bien apretado. Por eso las consonantes sangran y las vocales se amoratan. Como a muchos, las rimas que escucho me lastiman hasta orillarme a encontrar relajación en el pecho de mi vecina de asiento. “Meat is murder”, gritan por ahí, y yo estoy de acuerdo.

¿Por qué han esperado tanto tiempo? Pregunta el cantante. Y el cuestionamiento les cala a varios. Porque Cholula está bien lejos de Manchester, aunque la comunidad skinhead de la ciudad intente transformar los microbuses destartalados en flamantes buses rojos de dos niveles y pese a que los grupúsculos mods que llenan de folklore las calles se empeñen en tachar diferencias con sus “símiles” europeos. ¿Será que el viejo cancionero de The Smiths es lo suficientemente poderoso como para traspasar tantas barreras? Con todo esto en mente, basta que el dueño de ese copete en ruinas se deshaga de su camisa para que los instintos más primitivos de decenas se paseen bajo los reflectores. Mientras algunos se aferran al torso de ese que cariñosamente llaman Mozz, otros besan su mano a la espera del cumplimiento de un milagro o simplemente se hincan a sus pies; sin embargo, la mayoría prefiere embarrar sus labios en el cuello y las mejillas del pobre hombre que, es notorio, comienza ponerse nervioso ante la falta de autoridad de sus elementos de seguridad. Es justo cuando un cabeza rapada forrado de tatuajes nos presume sus correosos músculos tras besuquear a su ídolo que uno de los guitarristas decide usar su instrumento como pala para amedrentar a una masa eufórica que, parece ser, la está pasando de maravilla. Así, con el caos como invitado especial, el concierto acaba abruptamente y Cholula deja ir a todos sus peregrinos eufóricos.

Ya en Puebla, un table dance disfrazado de antro anuncia una especie de after cuya selección musical sólo consigue emocionar a una horda de personajes disfrazados de Robert Smith. Deambulando por las calles, descubro que de los bares sólo escapa reggaetón y que la temperatura desciende ágilmente. Lo mejor es dirigirse al hotel, destapar un par de cervezas ahí y prepararse para el regreso a casa bien temprano, porque otros fieles peregrinos colapsarán la carretera con tal de hincarse ante un ídolo más, por cierto, todavía más antiguo que aquél que solía completar una dupla con Johnny Marr.

A toda velocidad sobre la carretera hacia el DF, codeándome con ciclistas y maratonistas emergentes que llevan a espaldas la imagen de Guadalupe, pienso que quizá ella sea capaz de comprender a Morrissey. Sí. Tal vez ella pueda resolver ese cuestionamiento que el cantante arrojó durante su concierto porque sabe lo duro que es atender tanta miseria humana; que resulta complicado mantener el rostro inalterable mientras se cambian rezos y lágrimas por palmas y sonrisas.  Hay labores heroicas, ni duda cabe. Una de ellas, requerida frecuentemente por los amantes del pop y los fieles católicos, es mantener el aire tibio con tal de que existan luces que nunca se apaguen.  

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2 thoughts on “Morrissey (Cholula no es Manchester)

  1. Toma la palabra Cesarrssey Moz, quien besó a Morrissey en puebla:
    “Soy fan e Mozz desde que tenía 13 años, ahora tengo 35. Mi disco preferido de los Smiths es The queen is dead. Morrissey me vio desde el primer concierto, ahí me dio la mano dos veces; en el segundo, además, me regaló su camisa. ¡Creo que soy el único en el mundo que tiene una camisa completa de Mozz! La idea de subirme a darle un beso la tenía desde el DF, pero me fue imposible concretarla. Ya en Puebla, Mozz fue hasta el lugar donde yo estaba y me dio la mano, ¡me saludó a mí! Los miembros de seguridad que lleva a sus conciertos me reconocieron porque me comporté bien, por eso ellos mismos me hicieron una señal para que me subiera al escenario y fue así como le di su abrazo y gran beso a Steven. De él, tengo tatuado su nombre y rostro, además de algunos títulos de canciones como “I´m ok by myself”, “Trouble loves me” y “Love is just a miserable lie”. El tatuaje que Mozz me vio y por el cual me sonrió y guiñó el ojo fue el de “Still ill”. ¡In moz I trust because I moz!”.

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