Metric (Indie escurridizo para hipsters equilibrados)

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Luces estroboscópicas que provocan mareos expanden su efecto conforme se suman capas de distorsión a “Black sheep”, el tema abridor de la noche ejecutado por Emily Haines, Joules Scott- Key, Josh Winstead y James Shaw, quienes ocupan el escenario. Apenas arranca el concierto, pero como si alguien los orillara a apresurarse no dejan espacio para un suspiro y continúan con “Satellite mind” y su respectiva carga de saturación. Así, confirman que han llegado con la firme intensión de conseguir que su audiencia salga del foro tambaleante.

Metric bien podría simbolizar lo que todo acto indie pretende alcanzar: ser un excelente vendedor de discos sin el patrocinio de algún sello trasnacional y estar capacitado para visitar diversos géneros sin perder su sustancia. Escurridizo, el cuarteto no sólo ha sabido esquivar las trampas de la industria disquera, sino que también ha hecho del nomadismo un modo de vida al establecer centros de operaciones lo mismo en Nueva York que en Montreal y Los Angeles (su acta de nacimiento fue expedida en Toronto). Bajo tales condiciones, resulta natural que su sonido carezca de una identidad definida. Y aunque el rock plagado de texturas y carente de riffs, se asoma como su rostro más representativo, el uso de teclados análogos integra al grupo a las corrientes synth pop y new wave sin hacer de lado ciertas bases rítmicas coquetas con la música disco, como ocurre con “Poster of a girl”.

Es Emily quien tiene a todos los lentes enfocando sus movimientos. Cuando no ocupa ambas manos para manipular el par de teclados que la escoltan, toma el pandero o la guitarra para saltar lo más cerca que le es posible de su público, donde se arrodilla para luego volver al atril y colgarse de él mientras un ventilador desordena su cabellera. Sin embargo, más allá de su atractivo porte, Haines luce como una buena ejecutante. De hecho, es ella quien regularmente digita las melodías más pegajosas en las teclas, y para certificarlo basta atender el prolongado entramado instrumental de “Hustle rose”, donde cada compás gana grosor hasta alcanzar un estado de éxtasis que encuentra a Shaw con la frente pegada a las rodillas y los brazos aferrados a su guitarra;  o “Twilight”, cuyas pulsaciones sintéticas se asemejan a una alarma telúrica que palpita al unísono con los golpes que Scott- Key le propina a sus tambores.

Luego de homenajear al Portishead más reciente con “Empty” e, incluso, citar textualmente a los Beastie Boys y sus aguerridas ansias de fiesta, el combo encuentra en “Stadium love” el momento adecuado para alistar la despedida. Es Joules quien abre la puerta de salida para la cantante que se pierde tras las cortinas mientras su voz se repite sin fin, como un eco robótico, y la guitarra  yace boca abajo en el suelo, despidiendo un ligero baladro que un miembro del staff aniquila luego de pisar un pedal. Tras una ovación, el guitarrista y la chica de los botines vuelven para interpretar “Combat baby”, una agridulce balada acústica que apaga definitivamente el incisivo parpadeo de las luces que adornan el fondo del escenario.

Satisfechas con la sesión, parejas con gafas de pasta y pantalones de pitillo, zapatos de corte bostoniano y vestidos floridos, salen con las manos unidas. Comentan la fugaz presentación de Chikita Violenta como acto telonero mientras adulan al resto de la escena canadiense, cuyos discos han invadido sus habitaciones, con Broken Social Scene y Feist a la cabeza. Nadie zigzaguea al andar ni parece sufrir de confusión o vértigo. Al parecer, el equilibrio de todos permanece intacto.

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