Mick Jagger (La longevidad de las piedras)

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Las piedras jamás se arrugan; en cambio, es bien sabido que ruedan. ¿Será que ese sano ejercicio, el de mantenerse en movimiento pese a su longevidad, es lo que sostiene la lozanía de su superficie? “La respuesta está en el viento”, al menos así lo vaticinó Bob Dylan, cuyas manos -años después de que Brian Jones, Keith Richards, Charlie Watts, Bill Wayman y Mick Jagger decidieran juntarse por primera vez a tocar bajo el nombre de The Rolling Stones- escribieron la pregunta fundamental si de filosofar respecto al trote del rock & roll se trata: ¿qué se siente carecer de un hogar, como un completo desconocido, como una piedra rodante?

Al frente de ese combo de desaliñados londinenses, Jagger tuvo la difícil tarea de confrontar a The Beatles; de presionar con las palmas el lado opuesto de la balanza. Durante los años sesenta, cada vez que los Beatles estornudaban los Rolling hurgaban en la brizna, un trabajo aparentemente deleznable, sin embargo Mick y sus compinches estaban acostumbrados a habitar en el lado oscuro. Amantes del blues y de las patrañas que se tejen bajo la mesa, irrumpieron en el edulcorado y colorido mundo del pop con la candidez como aliada. Así que, en realidad, jamás hubo competencia con los de Liverpool, pues los autores de “Satisfaction” apestaban a grasa cuando los de “I want to hold your hand” podían sentarse a cenar con la Reina de Inglaterra (bueno, de hecho, lo hicieron). Basta revisar los viejos videos de Las Piedras Rodantes interpretando “The last time” para cerciorarse de que su ruta estaba a punto de virar. Sí, parecía que no quebraban una pieza de la vajilla, pero era cuestión de tiempo para que el mismo personaje que dotó de atributos a Robert Johnson engatusara a los entonces jóvenes con su labia y así, éstos se transformaran en los tipos rudos del barrio.

Fue tras la sorpresiva muerte de Jones que algo se hizo evidente: sobre el escenario,  Watts y Wayman eligieron cuidar las espaldas de Richards y Jagger. Así, mientras el guitarrista rodeó su mirada con un halo de malicia, el cantante se hizo de una facha inusitada: el tipo no tenía empacho en anunciar que gustaba de bolear las pezuñas del diablo, que simpatizaba con todo aquello que apestara a peligro. En escena, su imagen andrógina y sus dislocados movimientos instauraron un estilo que a la fecha es emulado por decenas de cantantes, sin embargo, al tiempo que sus indiscutibles dotes como entretenedor se hacían más escandalosos, el artista ganaba grosor en los álbumes. Increíble pero cierto: quien se confiesa enamorado en la dulcísima “Angie”, en la herida sangrante llamada “Love in vain” y en ese arrebato disco denominado “Miss you”, es el mismo que se desgañita al grito de “Can´t you hear me knocking´” y “Jumping Jack flash”, pero que también divaga sobre las curvaturas de la vida en “You can´t always get what you want” y fanfarronea sobre su musculatura amatoria en “Love is strong”.

Dicen que bajo las sábanas de su cama han pasado las chicas más lindas del planeta, que frente a sus ojos han desfilado imágenes que los mortales ni siquiera imaginamos; que él es una de las pocas personas en el mundo que puede adjudicarse la encarnación del rock & roll. Y todo eso puede ser cierto, aunque jamás lo sabremos con certeza; intentar llegar a la verdad sería como pretender escudriñar el corazón de una roca con las uñas como arma. Lo único cierto aquí es que el artista de la bocaza está vivo, que la sangre aún corre por su venas, tal como ocurre con The Rolling Stones, y que se mantiene rodando, ajeno a las arrugas que, dicen los envidiosos, surcan su piel. Cumplirás muchos años más Mick, porque el viento, tan sabio él, jamás lastima a piedras de tu calaña; únicamente las acaricia.

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The Stones Roses (Los dealers de Madchester regresan al barrio)

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Moonlight Club. Reino Unido. 1984. Un puñado de adolescentes flacos como cañas se parten la boca por primera vez sobre el escenario. Más allá de su arrogante flema inglesa, hay algo en las canciones de esos tipos que cautiva a Pete Townshend, quien se une a los recién nacidos para ejecutar “Substitute” entre cervezas. The Stone Roses, así se llamaba aquel grupo emergente, e Ian Brown, el cantante, dio ese día el primer paso de una carrera que lo llevaría a raspar con su cabellera las nubes. 

Cinco años después de aquel primer encuentro sobre las tablas, al lado del guitarrista John Squire, el bajista Gary “Mani” Mounfield y el baterista Alan “Reni” Wren, Ian grabaría un álbum que la prensa pondría a la altura de joyas tan brillantes como Revolver (The Beatles) y The dark side of the moon (Pink Floyd); un plato de título homónimo que invitó a muchos ingleses a quitarle la corona de espinas a The Smiths para así erigir a un nuevo rey en Manchester, a un lider-dealer poseedor de pastillas amatorias capacitadas para acelerar el trote de los corazones marchitos.  

Pero, ¿era para tanto? Es decir, ¿aquel disco debut de Brown y sus compinches es de verdad algo excepcional? The Stone Roses sobrevino tras el amasiato entre John Leckie y los músicos para generar una camada de temas donde la pista de baile le tiende la mano a los parámetros clásicos del pop. Aquel vinil significó un cambio de estafeta generacional de lo más desfachatada porque el rey efectivamente cedió su trono a alguien más joven y desde entonces Manchester se transformó en Madchester. ¿Que sólo se trata de un cambio de letra? Bien, hagamos rewind a la cinta: un movimiento de ese calibre no ocurría desde que los Pistols le pusieron los pelos de punkta al Reino Unido y, seamos sinceros, “I wanna be adored” está bastante lejos de “Anarchy in the U. K”. Brown, Squire, Mani y Reni impusieron no sólo un ritmo, sino una droga (el éxtasis) y una facha (¿alguien recuerda el término baggy?) que detonó una movida donde algunos más –desde The Soup Dragons y Jesus Jones hasta EMF, pasando por Blur, Oasis y The Verve- encontraron una forma de hacerle frente a la densa niebla que llevaba tiempo colapsando sus pulmones. 

Los fundamentalistas ofrecerán reproches justo ahora, cuando se apunte que Second coming (1994), el segundo disco de los ingleses, no alcanzó los estándares impuestos por el paso previo. Pero es el mismo Brown quien admite tal inferioridad: “cuando miro hacia atrás, creo que nos perdimos. Porque muchas bandas tienen el rock, pero les hace falta el roll, y lo que separaba a los Stone Roses del resto en el 89 era justo eso. Le echo un vistazo a Second coming y descubro que sólo hay un par de temas con groove, el resto es sólo rock; no hay más frescura cuando el primer disco es grandioso debido a que todo él es luminoso”. La calidad lumínica a la que se refiere el cantante se desvaneció totalmente en algún punto de la trayectoria de esas piedras rosadas para separar los caminos de cada una de ellas. ¿Demasiadas drogas, egos y tapetes rojizos cuando lo correcto era concentrarse en el estudio de grabación para crear el sucesor del disco más importante en la historia más reciente del pop? No hay certezas al respecto. Lo único palpable es que tras el desmembramiento del cuarteto en 1996, Ian ha formado una atractiva hilera de álbumes solistas (y atención a sus encuentros con UNKLE y Babasonicos).

A últimas fechas, cuando el regreso de Pulp tenía a los de gafas de pasta con la mandíbula floja, The Stone Roses anunció que colocará nuevamente su nombre en las marquesinas. Ciertamente el ritmo de los días ha cambiado; actualmente, ponerse un sombrero como los que Reni solía resultaría de lo más ridículo, por otro lado, la fiebre brit pop chocó contra su vacuna hace tiempo y un espécimen denominado indie nació y murió sin reproducirse. Sin embargo ahora están de vuelta, reunidos alrededor del tocadiscos escuchando aquellas viejas canciones; hablamos de los contemporáneos de Ian Brown, aquellos que acumulan arrugas y cabellos blancos desde que “Fools gold” los hizo sacudir los huesos. Y para ellos -y los interesados que vayan sumándose al clan de los Roses- hay buenas noticias: aquellas píldoras que consiguen que el amor se desparrame ya se adquieren con simpleza en diversas esquinas, así que todos podemos colocar una sobre nuestras lenguas. ¿Listos? Bien, después de disolverla con saliva, comprendámoslo: The Stone Roses incitan una especie de estado mental. Así que bailemos y riamos. Entremos en estado de éxtasis con “She bangs the drums” como pretexto, que el barrio, otra vez, está de fiesta. 

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Neil Young & Crazy Horse (El potro desquiciado y su jinete cabalgan de nuevo)

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Verano de 1966. Un tipo recorre las banquetas de Laurel Canyon, LA, buscando el garage donde los músicos más célebres de los alrededores se juntan a tocar sin más anhelos que electrificar sus entrañas con rock & roll, LSD y mariguana. El sujeto se llama Neil Young, y quienes lo acompañan conforman algo que, en el futuro, se transformará en su otra mitad: Crazy Horse.

Young recuerda aquella época de palomazos sesenteros con orgullo: “solíamos ponernos bien pachecos, tocando hasta el amanecer”. El grupo de músicos con quien compartía aficiones de consumo y cables se hacía llamar The Rockets, un combo que grabaría un álbum de titulo homónimo en 1968 que Neil escucharía gustoso, lo suficiente como para subirse con ellos al escenario del Whisky A Go Go acompañado de su Old Black (así bautizó a su guitarra) y un amplificador de bulbos: las armas con las que llevaba tiempo entendiéndose.

Tras aquella presentación, tres miembros de Los Cohetes -Danny Whitten (guitarra), Ralph Molina (batería) y Billy Talbot (bajo)- serían invitados por el canadiense para seguir palomeando en su casa temas como “Cinnamon girl” y “Down by the river”, composiciones que sepultarían definitivamente a The Rockets para que éstos renacieran como Crazy Horse, el grupo con el cual Neil Young arrancaría una generosa relación. Pero, ¿qué estaba haciendo Young antes de formalizar una relación sónica con ese trío de músicos? Tras vivir una niñez plagada de enfermedades en Ontario, formó parte de The Squires y Mynah Birds. Fue en esa época que conoció a Joni Mitchell y Stephen Stills. Con el segundo, además de Bruce Palmer, Richie Furay y Dewey Martin, conformaría Buffalo Springfield, un fugaz grupo que apenas alcanzó a grabar tres discos donde se trazarían los primeros rasgos de una personalidad que se definiría con firmeza después.

Apoyado por Reprise Records, Young lanzó su debut como solista en 1968 y, apenas cuatro meses después, su segunda parte (Everybody knows this is nowhere), donde, por primera ocasión, compartió crédito en la tapa con Crazy Horse. Respecto a ese trabajo, quienes esperaban un anexo del sonido folk de Buffalo Springfield descubrieron que el canadiense le untó una consistente capa de barniz distorsionado a sus temas. Ásperas, al borde del garage, pero atentas de las melodías cautivadoras y los gentiles matices vocales, las canciones que integran dicho álbum advierten que Crazy Horse le ofreció al templado temario del también director de cine la febrícula que le hacía falta. Sí, en ese plato se manifestaron varios trucos que el grunge tomaría como definitorios décadas después; sus panorámicos pasajes instrumentales aún hoy siguen siendo ejemplo de cómo llevar de la mano al escucha listo para dirigirse a parajes luminosos, pero también a esquinas mucho más oscuras con una rabiosa- delicadeza como guía (actividad común desde entonces en los discos de Young).

Pese al indiscutible éxito que le generó su nueva personalidad musical, el de las patillas gordas tenía planeado, con urgencia, unirse a Crosby, Stills and Nash para grabar una colección de canciones folk bajo el título de Deja Vú y pisar las tablas del festival de Woodstock. Mientras tanto, Crazy Horse engrosó su dotación instrumental  con Jack Nitzsche y Nils Lofgren para grabar un par de discos y hacerse de una reputación envidiable; la de ser considerada como una de las mejores bandas de garage (dicen que sólo los Rolling Stones más grasosos podrían superarla).  Así, el caballo desquiciado y Neil volverían a toparse durante las sesiones de grabación de After the gold rush, justo cuando los problemas de Whitten con la heroína comenzaban a carcomerle las entrañas. El autor de “Heart of gold” intentó rescatarlo, invitándolo a participar en su álbum  más aplaudido, Harvest; pero ya era tarde, Danny encontraría muy pronto en el cementerio su última morada. Con Frank Sampedro como sustituto, Crazy Horse seguiría adelante, grabando más discos y colaborando constantemente con el de las camisas de leñador, aunque, al menos a primera instancia, parecía que la vieja química había quedado atrás.

Sin embargo, Americana, el nuevo disco que los viejos camaradas han grabado, advierte que los mejores días del par de protagonistas no se han ido. Estrictamente, hace 16 años que el autor de “Rockin´ in the free world” y el jamelgo loco no ponen música a la venta (12 años atrás grabaron un álbum que permanece guardado bajo el colchón), pero hoy deciden volver a las andadas, nada menos, con un disco de covers. Y vaya tonadas las elegidas. Con temas escritos por Led Zeppelin, Woody Guthrie, Sex Pistols y Jefferson Airplane, entre otros, Sampedro, Talbot, Molina y Young tienen en mente refrescar sus primeros encuentros; aquellos días en que descubrieron que juntos podían moldear un perfil sonoro nunca antes conocido. Ya se escuchan los cascos del potro y la guitarra del abuelo andar y, a juzgar por su trote, vienen tan salvajes como antaño. Así que guardemos las sogas, que nadie intente domar al par de bestias mientras sus amplificadores permanezcan encendidos.

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