Love of Lesbian (El amor en los tiempos del cólera)

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Tras construir una reputación intachable en su natal España, se edita en México el más reciente álbum de Love of Lesbian, el motivo ideal para hablar vía telefónica con el cantante del combo, Santi Balmes.  

En Europa lanzaron Las crónica vividas / La noche eterna, un álbum doble, sin embargo en México aparece sólo un volumen, ¿a qué se debe?

Intentamos condensar lo mejor de ambos discos en uno solo para que así no sea tan caro y llegue a la mayor cantidad de gente posible. La selección de temas la hizo el sello disquero y estuve de acuerdo en el 95 por ciento de ella. En realidad, uno hace las canciones, pero la importancia de cada una de ellas la decide alguien más. 

Y esa nueva tanda de canciones se ha vendido bien en España, ya compite con el cancionero de Sergio Dalma en las listas de éxitos.

Pero, ¿quién sigue a Sergio Dalma? Personas de cincuenta años que difícilmente saben manejar un ordenador; las canciones de Sergio no se piratean mucho. Para nosotros, vender discos es un mérito doble, porque nuestro público no le da tanto valor a los álbumes. 

Aunque ambos hacen pop…

Uno puede hacer canciones  que se canten con simpleza, pero cuyas letras consideren que el público no es idiota. Ciertos escuchas están hartos del pop es predecible, nefasto. Aquello de “tú, mi amor”, no sé, ya se ha dicho muchas veces. Hay que darle a la misma historia de siempre un nuevo enfoque: intentar que no suene otra vez igual.

Arrancaste cantando en inglés, ¿tienes planes de hacer canciones en catalán?

Sí, porque soy catalán y debo pagar esa cuenta pendiente con mi idioma olvidado.

Respecto al título del nuevo plato, cuenta una historia estrambótica que hayas vivido en la noche.

Un día salí de fiesta y me encontré a dos hombres como de cincuenta años, uno dándole de latigazos al otro. Quien torturaba no se quejaba; y el otro recibía la tunda como un Cristo en Semana Santa. La situación la tomaban de lo más natural, como si estuvieran de paseo con el perro. Además, iban vestidos de ejecutivos, muy correctos.

En “Mi primera combustión” hablas de un reencuentro con cierta chica que solías amar, ¿aquello ocurrió de verdad?

Sí, y fue terrible la destrucción del mito. Descubrí que todos envejecemos y que la persona de quien me enamoré, en realidad no valía tanto la pena.

Eso me recuerda una historia de Nick Hornby donde el protagonista se empeña en citarse con sus ex novias para encontrar respuestas.

Es importante tener a alguien a quién idolatrar, contar con altares de lo que sea. De odio, por ejemplo.

Ya lo veo venir: Altares de odio, el nuevo disco de Love of Lesbian.

¡De acuerdo!

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¿Boy bands y rock & roll?

Gritos, lágrimas y desmayos. Los chicos con guitaras eléctricas provocan eso y más cada vez que se paran sobre un escenario, como si se tratase de los integrantes de One Direction o los Backstreet Boys haciendo coreografías frente a sus desquiciadas fans. La pregunta es: ¿grupos como The Strokes o The Vaccines podrían calificarse como boy bands? 

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Porque esas señoritas que pierden la compostura en decenas de festivales veraniegos alrededor del mundo bien podrían taparse los oídos y mantener su estado de euforia inalterable mientras los de la tarima sudan sangre con tal de infectar de voltaje a quienes tienen enfrente. Lo mismo le pasó a The Beatles hace décadas; los gritos que las adolescentes les arrojaban cada vez que ellos sacudían la cabellera no permitían que se escuchara lo que escupían sus amplificadores. Entonces había mucha tensión sexual y muy poca música, pero la culpa la tuvo el rock & roll porque, a diferencia del blues o el jazz, una vez que le cambió la voz decidió que el espejo sería su mejor compañero. Por eso la sensualidad de Elvis mató a la buena onda del cachetón Haley, y por eso también los Monkees (quizá el primer producto netamente fabricado con goma y vendido por la TV como si contara con alma) le tomaron el pelo a chicas que, incluso, se atrevieron a compararlos con los Beach Boys (por cierto, busquen en youtube “Surfin USA” y chequen las coreografías de esos californianos). 

Así como Brian Epstein uniformó a Lennon y los suyos para quitarles el filo de teddy boys con el que contaban, Malcolm McClaren mal aconsejó a un puñado de punks ingleses que se hacían llamar los Sex Pistols. Se trata, en apariencia, de polos opuestos, sin embargo ambos grupos contaban con una identidad estética perfectamente trazada por una mente maestra, como si de boy bands se tratase. Y si de fachas hablamos, la perfección sería alcanzada por los Ramones: un quinteto de gamberros cuya actitud marcaría un nuevo estándar si de lucir provocador –y encantador al mismo tiempo- se trataba. The Strokes aprendieron bien ese truco, y también The Libertines; un par de combos que, si presionamos el botón de mute, bien podrían pasar como un conjunto de modelos incluidos en la nómina de la Elite Model Managment (nada menos que la empresa que, curiosamente, lidera el padre de Julian Casablancas).

Pero no todo ha sido “desobedecer”, también los bien portados despiertan pasiones entre las fans. Porque así como en Take That o Menudo hubo personajes cincelados delicadamente (del rudo de mala madre al tierno rompecorazones), combos como The Smiths, Blur y The Drums han formado con su lindo y perfumado perfil una consistente hilera de chicas que escurre saliva apenas alguno de sus ídolos enseña los dientes; mientras otros más salvajes, como Black Rebel Motorcycle Club y The Vaccines, ponen su cara menos amistosa en las sesiones de fotos y bajo los reflectores para así ganarse el lugar de honor en las paredes de las habitaciones donde duermen las niñas más desobedientes de la secundaria. En ese rol, Kurt Cobain, al mando de Nirvana, ocupa la pasta de tantos cuadernos escolares como lo ha hecho Ricky Martin. Y es que así como en los noventa miles de corazones se ablandaban cada vez que los New Kids on the Block hablaban de sus desencuentros amorosos, la congoja se apoderaba de las adolescentes que descubrían que Cobain era tan dulce y delicado como una dona glaseada, pero al mismo tiempo se mostraba lo suficientemente molesto como para usar su guitarra como una hacha. Desafortunadamente el zurdo jamás pudo con el peso de convertirse en estrella y su suicidio tuvo lugar una vez que descubrió que, a nivel mediático, entre él y ´N Sync muy pronto resultaría complicado localizar diferencias.

La realidad es que las cantidades de dinero, drogas, groupies y lamebotas que los integrantes de una boy band poseen son similares a las que tienen a su alrededor los grupos de rock; sólo que los primeros gozan a tope su condición y los segundos regularmente fingen lamentarse. Y aunque los rebeldes lo nieguen, en realidad todos los rockstars se encuentran sujetos a los planes de su sello disquero y están obligados a entregar cuentas claras a los empleados de la empresa que ellos mismos regentean (eso de que son libres dista mucho de ser real). Por otro lado, si se realizara un estudio respecto a cuánto tiempo pasan los músicos de rock frente al espejo -ensayando su mejor pose, calibrando a qué altura deben colgarse la guitarra y, lo más importante, practicando saltos cada vez más altos sin que éstos les impidan desatender el diapasón de sus instrumentos- se llegaría a la conclusión de que estas armas, infalibles a la hora de los conciertos, son el equivalente a las horrendas coreografías que los chicos plásticos ensayan durante horas, también, frente al espejo.

Regidas bajo las leyes del pop, las boy bands del rock & roll coleccionan adulaciones gratuitas con naturalidad. Ha ocurrido desde los Rolling Stones hasta los Hives, pasando por Oasis y los Artic Monkeys. Fenómenos de ventas al fin, nos seguiremos topando con ellos y sus modos en las tapas de las revistas, en las primeras planas de la prensa rosada y encima de toda clase de tarimas; sonriendo, llevando a cabo sus estudiadas coreografías. Y tal como las niñas gritonas que berrean por un guiño de Bieber hacen, vamos a fingir que no pasa nada grave; que estamos frente a sujetos que no han vendido ni un gramo de su integridad y que no aceitan el vulgar engranaje de la industria del entretenimiento con sus canciones. Vale la pena creerles cuando dicen que estar de moda les importa un carajo y que su oficio es uno: el rock & roll. Después de todo, tal como ocurre con las boy bands, la ilusión forma parte del contrato, ¿cierto? Así que el tinglado debe mantenerse intacto mientras los gritos, las lágrimas y los desmayos sigan existiendo allá, en la multitud.

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Andrew Bird (La melancolía del claroscuro)

Un tipo meditabundo rodeado de una veintena de antiguas cornetas para gramófono sostiene su violín para después, con serenidad, pisotear el montón de pedales que tiene a sus pies y hacer música. ¿Dónde se encuentra ese sujeto? ¿En un museo, en un laboratorio o en una sala de conciertos?

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En ninguno de esos sitios. El ejecutante está echado sobre un ramaje perdido en algún lugar del mundo. Su rostro lo delata; goza saberse extraviado entre esas digitaciones lo alejan del radar de las brújulas; sin embargo, aunque su cabeza –y las de quienes lo escuchan- roza los lengüetazos del sol, sus calcetines se encuentran bien pegados al suelo. Su nombre es Andrew Bird y nació en Chicago. A los cuatro años de edad descubrió que el violín era la extensión que le hacía falta a sus brazos para alcanzar las nubes y, aunque los grupúsculos indie y folkies lo adoran como un santo, el hombre considera que el rock no fue su principal fuente de inspiración durante sus años de formación. Él mismo lo explica: “cuando era más joven me aburría el Britpop  y el indie rock; yo prefería lo exótico, denso y complicado”.

Muy pronto, Bird desarrollaría una relación tan profunda con el instrumento de cuatro cuerdas que lo llevaría a imprimirla en su álbum debut (Music of hair, 1996) para luego colaborar con los Squirrel Nut Zippers y más tarde liderar su propia banda, Andrew Bird´s Bowl of Fire, cuyo tercer álbum (The swimming hour, 2001) le permitiría ganarse las palmas de los sesudos críticos de Pitchfork. Hasta acá todo parece seguir el orden que a los guionistas de HBO fascina, ¿cierto? Un rumbo ascendente, exitoso a nivel comercial; sin embargo, el buen Andrew tenía un plan poco complaciente con las historias televisivas, así que de pronto echó su violín al estuche y se largó del ensayo de Bowl of Fire. Y no es que con sus viejos compañeros la música fuese mala; simplemente necesitaba aceitar las clavijas de su violín, darles el ajuste que sólo ese excelso laudero llamado Solitario proporciona.

El capitulo II en la historia del de Chicago arranca con éste sentado frente a su robusta colección de pedales, con una presentación en puerta y sin la disposición de los músicos con quienes llevaba tiempo tocando. Entonces tuvo dos opciones: faltar a la cita o arreglárselas solo. Eligió la segunda opción y ahora explica por qué: “decidí deshacerme de las restricciones del violín para manipularlo en otro nivel, para llevarlo a una más amplia variedad de sonidos. Jamás pretendí suplantar a una banda; sólo expandí mi paleta de sonidos”. Así, con tres máquinas para crear loops y una serie de filtros bajo sus suelas, Andrew descubrió que podía presentarse con sus colegas durante sus cuatro discos más recientes -Martin Dosh, Jeremy Ylvisaker y Mike Lewis -o a solas, apenas con sus silbidos, su violín y su voz, y que los resultados seguían siendo suficientemente estimulantes. Con la revelación de que un pedal para loops elevaba su potencial sónico a niveles celestes sin la necesidad de más brazos, el violinista le tendió el tapete de bienvenida a la improvisación, haciendo así de cada concierto un momento irrepetible. Desde entonces “nada está a tiempo; sino sujeto al margen de error humano. El violín solía ser una extensión de mis brazos, pero ahora cuenta con un anexo tecnológico”, explica el también cantante respecto a su colección de pedales; “ya casi no salgo a tocar sin ella”. 

Pero no todo son loops y bondades tecnológicas de última generación en los parajes de Bird; éste prefiere la vieja escuela a la hora de grabar canciones. Ya saben, con él y sus músicos encerrados en una habitación, acompañados de una grabadora de cinta que ni siquiera califica como joya de museo, sino que funciona correctamente para que los ejecutantes se vean orillados a dar su mejor esfuerzo debido a sus limitantes y, por naturaleza, le nieguen el acceso a los retoques. Sí, aquello de resanar fisuras en la post producción no va con Bird y su par de álbumes más cercano (Break it yourself y Hands of glory, ambos editados en 2012). “Vengo de un periodo de ocho años en el que me sentí autosuficiente a nivel musical. Estuve con Bowl of Fire durante unos cuatro y tomé una especie de camino solitario (el autor se refiere a Weather systems y Andrew Bird and the mysterious production of eggs, editados en 2003 y 2005, respectivamente) que me resultó saludable, pero, no sé; ahora somos cuatro haciendo música juntos, una situación con la cual me tomó tiempo sentirme a gusto”.

El hecho de que actualmente  Bird se acompañe de tres músicos no significa que haya hecho a un lado sus pedales; es más, los usa a diario porque, según él, su imprecisión le ofrece ese toque de nerviosísimo que hace que la banda tenga los cabellos de punta durante sus presentaciones en TV. Pero, con los guiños que el autor de “Desperation breeds…” lleva tiempo haciéndole a la denominada música clásica, ¿se muestra dispuesto a dar el siguiente paso, a trabajar con una orquesta? Su respuesta es afirmativa siempre y cuando el protocolo de conocerse dos horas antes de la grabación –partituras de por medio y su consecuente huida- sea eliminado porque, Andrew ya lo dijo, para él es importante conocer profundamente a quienes tiene a su alrededor al momento de crear sonidos. Aunque, aguarden, relacionarse hondamente con quienes se hace música no es un asunto sencillo, menos cuando los involucrados son pedales, perillas, cables y… ¿cornetas de gramófonos?  

Habrá que ir atrás unos cuantos párrafos y revisar el arranque de este texto, cuando Bird se encontraba creando música con la ayuda de esas arcanas bocinas que en conjunto se denominaron Sonic Arboretum dentro del MCA (Museum of Contemporary Art) de Chicago y que fueron ideadas por el propio Andrew. “Mi fantasía es levantarme y pedalear mi bici a esa hora en que todos se dirigen a trabajar –comenta el artífice- y bueno,  llegar al museo para hacer música con Sonic Arboretum por tres o cuatro horas. Es así como obtengo otro nivel de composición, ¿sabes? Me coloca en algún lugar en medio de lo que llaman un compositor clásico y un improvisador de free- jazz”. Ya vamos entendiendo. Puntos de encuentro. Como los que existen entre las nubes y el sol. Entre la luz y la oscuridad. Entre los deseos y los recuerdos. Es el propio Andrew quien coloca las tonalidades finales en su paleta luminosa: “unir oscuro con oscuro es aburrido, pero con la yuxtaposición se consigue eso que llamamos melancolía y ahí se encuentra la base de mucha de mi música. A mí, definitivamente, me gustan los contrastes”. 

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