Los Ángeles Azules (El dedo en la llaga)

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Elías forma parte de Los Ángeles Azules y está al tanto de la ola de comentarios que ha producido la irrupción de él y sus hermanos en el sagrado templo del rock hecho en México, luego de su participación en el festival Vive Latino. Sin embargo luce tranquilo, “lo estoy después de haber tocado en el festival –explica-,  porque antes ninguno de nosotros sabía qué iba a pasar, ¿no? Es que se decían cosas malas; cosas buenas. Y estábamos nerviosos. Muchos decían que por qué estábamos ahí, por ejemplo, ya sabes, en las redes sociales. Y ya, pues llegamos, y desde que salimos se volvió una locura. Excepcional. Había más de 40 000 personas”.

Los oriundos de Iztapalapa hicieron recientemente un disco donde participan personajes de la talla de Saúl Hernández (a quien recordamos cantando “La negra Tomasa”), Camilo Lara y Toy Selectah (a quienes recodamos poniendo cumbias tras las tornamesas), Kinky y Los Amigos Invisibles (a quienes hemos visto convocando a bailes que Sonido La Changa ansiaría protagonizar) y Celso Piña (a quien recordamos por… pues por ser un ídolo de muchos rockeros, a pesar de tocar, ay Cristo, cumbia), entre otros más. Bajo esta perspectiva resulta complicado comprender del todo el rencor, en el caso más extremo, y el escozor, en el punto más sereno, que provoca a varios enterarse de que los autores de “Entrega total” engalanan las portadas de publicaciones dedicadas al rock y se pasean muy campantes por las marquesinas que antes le correspondían exclusivamente a los seguidores del ruido que Elvis popularizó mundialmente.

Siendo estrictos, ¿por qué nadie ha dicho cosa alguna tras las presentaciones de grupos como Sonido Gallo Negro o Los Auténticos Decadentes en sitios que van del Multiforo Alicia al Vive Latino? Porque, quién podría dudarlo, se trata de agrupaciones que hacen, con orgullo absoluto, música tropical, tal como Panteón Rococó o Los Fabulosos Cadillacs suelen desde hace mucho. Es decir, ¿de qué privilegios gozan Vicentico y Dr. Shenka para organizar un slam de lo más rabioso y contestatario cuando, a nivel fundamental, hacen lo mismo que Los Ángeles Azules, es decir, eso que muchos denominan “fusión”?

Elías, ¿alguna vez habías tocado ante tanta gente, como ocurrió en Vive Latino?

Ya me había pasado. En Argentina nos dijeron que hubo más de 150 000 personas en un baile nuestro. Eso dijeron en una revista.

¿Había mucha gente bailando en VL?

Sí. Es más, sabes qué, un cuate mandó hacer una cartulina que nos dio mucha risa, decía: ¡a huevo! Nosotros pensábamos, órales, son los fans, la gente que pagó su boleto por irnos a ver.

Hablabas de un nerviosismo previo al show; siendo honestos, ¿cuál pudo ser el peor de los escenarios para ustedes?  

Nos pudieron bajar. A varios grupos antes no los han dejado tocar. Ha pasado, hay antecedentes de que a tal grupo lo bajaron. Para nosotros era la vida o la muerte, porque había medios de Costa Rica y de todo el mundo esperando nuestra actuación. Antes, estuvimos haciendo una campaña para anunciar nuestra entrada al VL, y ni dormíamos de tanto trabajo. Si nosotros no pegábamos se nos caía todo encima. Gracias a Dios todo salió bien.

¿Saben a qué obedece la polémica que ha generado su arribo a un festival como el VL y a una escena como la del rock hecho en México? A mí me parece que se debe a que durante mucho tiempo la cumbia fue una especie de enemigo a vencer, esto ocurrió cuando el rock estuvo prohibido acá y el mundo se dividía en dos bandos; los rockers y los tropicaleros, y las heridas de esa lucha aún no cicatrizan del todo. ¿Sabes de lo que hablo, de que durante mucho tiempo el rock estuvo prohibido en México?

Sí, lo sé. Todo empezó con Avándaro, ¿no? Ahí prohibieron el rock, de ahí se vino la broncota. Entonces todo estaba cerrado para Javier Bátiz y El Tri. Todo eso. Mucha gente quedó marcada ¿verdad? Pero nosotros llegamos a tocar rock. “Soy tu capitán”, de Grand Funk. Hasta cinco horas consecutivas de esa onda de antes, del rock & roll de Enrique Guzmán, tocábamos en los bailes. La cumbia vino después, pero nosotros empezamos haciendo rock hasta que por ai´ del 77 ya nos metimos de lleno a la cumbia. Recuerdo que fue cuando empezó el Acapulco Tropical, y luego Rigo Tovar, entonces nosotros le abríamos los bailes a Los Bukis. Luego vino la onda sonidera de Colombia y dejamos de tocar las de Rigo porque vino una persona y nos dijo que ya no hiciéramos copias, sino nuestras canciones, y nos quedamos un chorro de tiempo sin trabajo por hacer nuestras propias canciones. Fue una bronca hacernos de nuestro propio repertorio.

En esa época tocábamos mucho en los mercados. Y nos daban un boing y una palanqueta con un triangulo de sándwich, eso nos daban de comer. Pero repartíamos tarjetas, llegaba la gente y para el fin de semana ya nos hablaban; “¿ustedes son Los Ángeles Azules? Los escuché en el mercado, véngase a tocar ya, orita, a una fiesta”. De eso vivíamos, de bodas y bautizos. No nos daban mucho dinero, pero mi mamá nos decía “ya con eso tienen para irse a la escuela”.

Y mírense, ahora son rockstars.

Jamás soñamos llegar a esto; sólo queríamos sacar para comer. ¿Sabes cuál era mi sueño? Llegar a la calle donde yo vivía y tener ahí mi autobús estacionado. Jamás pensé en hacerme de un estilo ni conocer a mucha gente importante de Televisa. No imaginé lo que se me venía. Yo le decía a mi  hermana Lupe hace rato: ahora nos ponemos a pensar por qué nos está llegando una segunda oportunidad en la vida, pero Dios es sabio, para él no hay ni antes ni después, todo es a su tiempo.

¿Por qué dices que les llegó una segunda oportunidad?

Es que ya la habíamos pegado antes. En agosto de 1993 grabamos “Entrega de amor” y “Cómo te voy a olvidar”,  y el disco salió en febrero de 1994. Pero en México no había una empresa con visión para apoyarnos. Entonces estaba de moda Banda Machos, luego vino Capaz de la Sierra y así. La gente no ve que en México se usan los grupos como desecho. Te dicen: usted ya fue, ahora viene el que sigue. A las compañías de discos les falta visión. Yo toqué puertas en Fonovisa, les decía “aquí estamos”; bueno, me decían, los voy a proponer, y luego me decían: fíjate que no se va a poder porque ustedes ya tuvieron su época, orita esta tal y tal banda. Las puertas se nos cerraban. Un día los de OCESA me dijeron, “vengan, tienen nombre y éxito y le llegan a todas las clases sociales”. Sucedió de un día otro. Ahora nos metieron al VL y pues está bueno, pero se necesita tener detrás una compañía muy fuerte. Ahora nos dicen: te vas mañana en tal vuelo y te hospedas en tal lugar. Otra cosa.

Tomando en cuenta que sabes lo efímero que resulta todo esto, ¿qué planes tienen como grupo?

Nos sabemos qué va a pasar. A ver qué resulta. Orita no podemos predecir. El pasado ya murió, pero el futuro es  incierto, mejor hay que trabajar bien el presente.

Pues como ocurre con su presente, parece ser que su futuro está en el mundo del rock.

Bueno, es que te estamos manejando los tres mercados, el del rock se nos abrió ahora, pero también el del pop y el natural de nosotros. Primero Dios ya está cayendo trabajo.

Elías, ya lo contaste; solías tocar rock hace tiempo, pero ¿te gustaba de verdad hacerlo o era puro trabajo sucio?

Yo viví las tardeadas del rock. Veía en el poste el anuncio con el precio de la entrada, a cinco pesos, y ya llegaba y había un grupo tocando y alguien cobrando. Orita lo veo todo en mi mente: la puerta y al fondo el grupo de rock. Yo, actualmente pongo mi disco de los Creedence y me visualizo tocando esas canciones, porque es un disco que escucho mientras manejo, de ida y vuelta. A mí me gustan los Creedence igual que las cumbias; participo en los dos géneros y los dos me gustan. Ahora que me acuerdo, ¿sabes cuál más tocábamos hace mucho tiempo? La de “Nací salvaje”. Es más, hasta todavía tengo mi batería Roger´s, de las viejitas, de las primeras. Ya me la iba a tirar mi esposa a la basura hace tres días y le dije “mejor te vas tú antes que mi batería”.

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La Barranca (Eclipse de memoria)

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Él le llama a ella y, como de costumbre, quedan de verse ya bien entrada la noche. Todo ocurre en la casa de la mujer, con muchos discos, con muchas canciones. Porque estamos hablando de una época vieja, donde aún se vive con discos. Días donde se pone uno y luego otro, y después uno más, así hasta el amanecer; discos y más discos. Y este par comparte gustos. Escuchan la misma música, se paran a bailar al mismo tiempo cuando uno de los dos presiona play, se disputan por descubrir quién canta más fuerte, quién da el sorbo más largo y quién inhala más profundo. Todo entre estrofas. Y es en medio de los discos que de pronto terminan sin calzones, que de repente ya se están manoseando, que sin casi darse cuenta ya dejaron de reírse y están dándose un beso. Un beso que los lleva a la habitación, adonde se dirigen tropezándose –los pantalones en los tobillos les impiden dar buenas zancadas- acompañados de la botella que compraron en la vinatería, de la cual beben cada vez que sus respectivos sexos se los permiten.

Al otro día, bien temprano, el hombre se levanta de la cama, observa su cara partida por una hacha en el espejo, se enjuaga la boca pretendiendo que eso sea suficiente para matar ese tufo a estiércol que expele, y encuentra a la chica a un lado de la puerta, preguntándole si van a desayunar juntos. Él le dice que no. Seco. Y busca sus zapatos, porque en algún lugar de la sala deben estar. Mientras revuelve discos, encuentra su calzado. Le toma dos minutos conseguirlo, y durante todo ese tiempo puede sentir la mirada de ella, inquisidora, rajando entrañas, como si una luz láser fuese. Me voy, le dice él, y se inclina para besarla. Ella recibe el beso, pero no chasquea los labios a cambio, no truena la boca, la boca seca de una mujer cruda. Él ignora el acto y abre la puerta. Sí que hace frío allá fuera. Entonces recuerda que llevaba una chamarra, así que regresa por ella. Está sobre las bocinas de ese aparato Panasonic que tantas veces les salvó la vida a los dos. Luego, cuando está a punto de largarse al fin, ella se le pone enfrente y así, sin calzones, sin saliva, le dice “ya no vas a regresar ¿verdad?”.

¿Por qué ella dijo eso? ¿Por qué él nunca volvió? Me hago las dos preguntas mientras observo a José Manuel Aguilera cantar “En cada movimiento”. Pienso en respuestas posibles cuando él junta sus manos, como si amasara un puñado de espinas. Siento cómo todo el Teatro de la Ciudad se rinde, se calla, ¿quién podría hablar ante ese movimiento?

La Barranca presenta Eclipse de memoria esta noche. El cuarteto viene acompañado de un marimbero eléctrico, un percusionista y un trío de vientos tibios, metálicos, dulces como la brisa de un cerro zacatecano. Y yo ignoro por qué viene a mí el recuerdo de ese tipo y su amante ahora, en este preciso momento. Tal vez porque José Manuel habla de un cielo lila y de una ciudad enardecida, de seguir a alguien desde ahí. Así que busco respuestas en la butaca de enfrente, justo donde está sentada una chica llamada Pamela; es ella quien aparece en la portada del disco que hoy se presenta, esa tapa que desde que vi me atrajo. Y Pamela aplaude sonriente, la veo hacerlo. El perfil de su rostro ahora está tras el grupo, inmenso, descomunal. Un rostro hermoso que si se voltea nos traga a todos; por eso es mejor que se quede así, de  perfil, quieto. Y que ella, Pamela, permanezca entre sombras, anónima, lejos de la fama. Lo mejor, también, es que ella aplauda por mí; yo no puedo. No puedo, de verdad. Algo fundamental debe estar cruzando mi cabeza, algo frágil y mortal como una flecha. Sí, debe ser algo puntiagudo y asesino. Pero no puedo ir tan lejos como para revelar su forma, su origen, su razón de existir; mucho menos para entrever su daño. Yo sólo pienso en ese par de borrachos amantes y su despedida. ¿Qué tan lastimosa fue con ellos esa mañana en la cual dijeron adiós sin decirlo, después de ser felices tantas veces?

Hay un encore de La Barranca, después de veintitrés canciones tocadas. El tema se llama “Hendrix”. Sí, yo tengo ese disco en casa, el que trae ese track. De hecho, he celebrado sus rimas entre camaradas muchas veces; pero esta vez lo oigo  a solas, lejos de Pamela y la electricidad. Percibo la tonada a la distancia, ya por la esquina del teatro, en la barra de una cantina que vende cada cerveza a dieciséis pesos. Y lo hago pensando cuándo es correcto decir adiós, ¿crudo, por la mañana, esquivando mujeres desnudas; o a la salida de un concierto, sobrio y con el pecho en proceso de enfriamiento?

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