La Barranca (Eclipse de memoria)

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Él le llama a ella y, como de costumbre, quedan de verse ya bien entrada la noche. Todo ocurre en la casa de la mujer, con muchos discos, con muchas canciones. Porque estamos hablando de una época vieja, donde aún se vive con discos. Días donde se pone uno y luego otro, y después uno más, así hasta el amanecer; discos y más discos. Y este par comparte gustos. Escuchan la misma música, se paran a bailar al mismo tiempo cuando uno de los dos presiona play, se disputan por descubrir quién canta más fuerte, quién da el sorbo más largo y quién inhala más profundo. Todo entre estrofas. Y es en medio de los discos que de pronto terminan sin calzones, que de repente ya se están manoseando, que sin casi darse cuenta ya dejaron de reírse y están dándose un beso. Un beso que los lleva a la habitación, adonde se dirigen tropezándose –los pantalones en los tobillos les impiden dar buenas zancadas- acompañados de la botella que compraron en la vinatería, de la cual beben cada vez que sus respectivos sexos se los permiten.

Al otro día, bien temprano, el hombre se levanta de la cama, observa su cara partida por una hacha en el espejo, se enjuaga la boca pretendiendo que eso sea suficiente para matar ese tufo a estiércol que expele, y encuentra a la chica a un lado de la puerta, preguntándole si van a desayunar juntos. Él le dice que no. Seco. Y busca sus zapatos, porque en algún lugar de la sala deben estar. Mientras revuelve discos, encuentra su calzado. Le toma dos minutos conseguirlo, y durante todo ese tiempo puede sentir la mirada de ella, inquisidora, rajando entrañas, como si una luz láser fuese. Me voy, le dice él, y se inclina para besarla. Ella recibe el beso, pero no chasquea los labios a cambio, no truena la boca, la boca seca de una mujer cruda. Él ignora el acto y abre la puerta. Sí que hace frío allá fuera. Entonces recuerda que llevaba una chamarra, así que regresa por ella. Está sobre las bocinas de ese aparato Panasonic que tantas veces les salvó la vida a los dos. Luego, cuando está a punto de largarse al fin, ella se le pone enfrente y así, sin calzones, sin saliva, le dice “ya no vas a regresar ¿verdad?”.

¿Por qué ella dijo eso? ¿Por qué él nunca volvió? Me hago las dos preguntas mientras observo a José Manuel Aguilera cantar “En cada movimiento”. Pienso en respuestas posibles cuando él junta sus manos, como si amasara un puñado de espinas. Siento cómo todo el Teatro de la Ciudad se rinde, se calla, ¿quién podría hablar ante ese movimiento?

La Barranca presenta Eclipse de memoria esta noche. El cuarteto viene acompañado de un marimbero eléctrico, un percusionista y un trío de vientos tibios, metálicos, dulces como la brisa de un cerro zacatecano. Y yo ignoro por qué viene a mí el recuerdo de ese tipo y su amante ahora, en este preciso momento. Tal vez porque José Manuel habla de un cielo lila y de una ciudad enardecida, de seguir a alguien desde ahí. Así que busco respuestas en la butaca de enfrente, justo donde está sentada una chica llamada Pamela; es ella quien aparece en la portada del disco que hoy se presenta, esa tapa que desde que vi me atrajo. Y Pamela aplaude sonriente, la veo hacerlo. El perfil de su rostro ahora está tras el grupo, inmenso, descomunal. Un rostro hermoso que si se voltea nos traga a todos; por eso es mejor que se quede así, de  perfil, quieto. Y que ella, Pamela, permanezca entre sombras, anónima, lejos de la fama. Lo mejor, también, es que ella aplauda por mí; yo no puedo. No puedo, de verdad. Algo fundamental debe estar cruzando mi cabeza, algo frágil y mortal como una flecha. Sí, debe ser algo puntiagudo y asesino. Pero no puedo ir tan lejos como para revelar su forma, su origen, su razón de existir; mucho menos para entrever su daño. Yo sólo pienso en ese par de borrachos amantes y su despedida. ¿Qué tan lastimosa fue con ellos esa mañana en la cual dijeron adiós sin decirlo, después de ser felices tantas veces?

Hay un encore de La Barranca, después de veintitrés canciones tocadas. El tema se llama “Hendrix”. Sí, yo tengo ese disco en casa, el que trae ese track. De hecho, he celebrado sus rimas entre camaradas muchas veces; pero esta vez lo oigo  a solas, lejos de Pamela y la electricidad. Percibo la tonada a la distancia, ya por la esquina del teatro, en la barra de una cantina que vende cada cerveza a dieciséis pesos. Y lo hago pensando cuándo es correcto decir adiós, ¿crudo, por la mañana, esquivando mujeres desnudas; o a la salida de un concierto, sobrio y con el pecho en proceso de enfriamiento?

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