Muse (Los recuerdos de la gente que aún no ha muerto)

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El sábado pasado yo estaba mojado. Empapado. Una lluvia mercenaria caía en la ciudad y ahí me encontraba, en Av. Churubusco, esperando a que alguien me diera mi boleto para ver a Muse en el Palacio de los Deportes. Cuando al fin sucedió, descubrí que no se trataba sólo de un ticket, sino de un par. Y que también restaban treinta minutos antes de que el show arrancara. Por suerte tenía saldo, así que le marqué a uno de mis mejores amigos para invitarlo. Y bueno, en realidad yo sabía que él no podía acompañarme; sin embargo le llamé porque pensaba que tú estabas con él, que quizá vendrías. Y, por fortuna, lo hiciste.

En lo que llegabas, me entretuve midiendo cuánta agua es capaz de soportar una gabardina. Y cuando nos encontramos me mojé más, porque la escena del acceso al domo se reproducía en cámara lenta. Una vez dentro del foro, nuestros pies pesaban tanto que tuvimos que comprarnos una cerveza y una coca cola para calentarnos los tobillos. Charlábamos de nada cuando arrancó el espectáculo. Estábamos en pista, muy cerca del escenario, pero tú querías más, así que te dije que yo te seguiría, que caminaras hasta donde te pareciera justo y que desde ese punto disfrutaríamos del show. A partir de ahí, cada canción que Matt Bellamy cantó te acercó más a él, cada vez más y más. Y yo te vi alejarte, perderte en esa maraña de brazos enloquecidos, gritos desgarrados y trazos de orines circundando el aire.

Fui por otra cerveza y me encontré con Gil Cervantes, quien apenas había bajado del escenario. “Yo conozco a ese tipo, aquél que toca la trompeta, estuve bebiendo mezcal con él en un pueblo de Zacatecas hace poco”, te dije antes de perderte entre la multitud; y me miraste incrédulo. Quién sabe si me creíste. Quién sabe si te importó. Quién sabe qué estaba taladrando tu cabeza entonces, cuando el pulso esquizoide de “Madness” retumbaba en mi reblandecido tórax. Lo que sí sé es que entonces ocurrió  el momento más fabuloso que el pop puede regalarle a sus fieles: cuando un ser humano se transforma en una canción. De pronto alcé las manos y choqué mis palmas al ritmo de “Starlight”. Y encontré que en alguno de sus compases estábamos tú y yo, juntos, como siempre, como ocurrió desde que naciste y decidimos que seríamos amigos. Y brindé por ti, por tu risa, por la risa que hace más de una década me dio la lumbre que me hacía falta. Y deseé como nunca que las luces de un puñado de estrellas  nos mantuviera alejados, al menos esa noche, de los recuerdos de la gente a la que no le importa si tú y yo seguimos vivos o ya hemos muerto.

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