M Ward (Cielos furiosos)

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Está lloviendo. Rudo. Y yo desde hace media hora me encuentro dentro de la estación Álvaro Obregón, aguardando a que los truenos se detengan. En mis bolsillos, un boleto indica que M Ward empieza a tocar a las 21 horas; el reloj de mi celular dice que ese número fue rebasado hace cuarenta minutos. Así que corro hacia el Plaza Condesa. Salto charcos y aprovecho la marquesina del café Bizarro  y las vitrinas del Barracuda para detenerme, tomar aire y de nuevo seguir. La lluvia arrecia aún más y me orilla a guarecerme bajo el minúsculo techo de una panadería y el estacionamiento de la sala Chopin. Los pies me pesan. Todo pesa.

Decido seguir, empapado, hasta finalmente llegar a las puertas del Plaza. Desde la banqueta escucho la voz de Ward. Está cantando “Gotta lotta losing”.  Cruzo hileras de miembros de seguridad, me abro campo entre la gente hasta pararme a cinco pasos del guitarrista, quien avanza hacia mí para enseñarme lo bien aceitado que se encuentra el resorte del trémolo de su instrumento. El tipo da pequeños saltos mientras toca y los tacones de sus botas pisotean cables. Está, desde mi perspectiva, sumergido en un trance eléctrico de corte campirano. De pronto, abriendo las piernas e inclinándose un  poco, como si estuviera a punto de disparar una pelota de golf, susurra frente al micrófono un tema que habla de una chica primitiva. Y yo siento que no puedo perder tiempo dirigiéndome a la barra por una cerveza. Pese a que el sudor y la lluvia ya se confunden en mi chamarra y tengo la trompa seca tras la carrera, prefiero quedarme ahí, donde estoy, salpicando de agua a mis vecinos cuando llegan los turnos de “Rave on” y “Fahey”.

Finalmente, Ward nos agradece que estemos ahí. Habla de “cielos fiuiriousos” y, como si cualquier bagatela fuese, desgrana cada rima de “Paul´s song” para dejarme con los brazos bien blandos. Pinche pregunta afilada la suya para despedirse: ¿por qué hacia donde quiera que vaya, parece que el cielo está a punto de derrumbarse?

Regreso al metrobús tras el show. En el camino, me hago de un boing de guayaba y sorbo y ando. Abordo el último camión de la noche y cuando me levanto del asiento para mudarme a los andenes del metro, descubro que voy dejando un camino de gotas tras de mí. Mirando un mapa subterráneo, pienso en que nunca he estado en Portland, la ciudad de la que habla esa canción de Matthew que tan hondo me lleva. Portland. Portland. Yo qué voy a conocer ese sitio. Apenas he estado en unas cinco ciudades distantes de ésta que desde hace décadas se empeña en arrugarme la frente. Pero las canciones están de mi  parte, por eso estoy seguro de que allá, en el noroeste del continente, al otro lado de las ventanas de los departamentos, no importa la distancia, todas las noches lucen como ésta del DF. Sin falla las veladas  son así, idénticas a las de acá cuando llueve. Que nadie se sienta superior; el cielo se encabrona igual en todas partes.

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