Guadalupe Plata (El blues, esa penosa obsesión)

Lupe

Me encuentro con Pedro de Dios Barcelo y Carlos Jimena -guitarrista/ vocalista y baterista de Guadalupe Plata, respectivamente- y en nuestra amena baraja verbal arrojamos naipes que lucen las figuras de Bo Diddley y Screaming Jay Hawkins; sin embargo, el tercer elemento de la agrupación no aparece. ¿Dónde está Paco Luis Martos?, pregunto. Y es Pedro quien me responde; “ha ido a hacer una pis, ¿saben en México qué significa eso? Claro, le contesto; aunque acá le decimos “ir a echar una firma”. “Vaya -exclama el guitarrista- eso suena bien, como si uno fuera al banco a hacer algo más importante que una simple meada”. Minutos más tarde aparece el sujeto que faltaba con un “hola, soy Paco y toco el barreño”. Y luego prosigue con detalles de su instrumento musical, uno que se construye con una tina, un palo y un mecate. Algo tan sencillo de comprender como los títulos de las canciones del combo, del tipo “El funeral de John Fahey” y “Jesús está llorando”. Música apestosa a azufre, de cuernos retorcidos y pezuñas afiladas.

A últimas fechas algunos grupos prescinden de los bajistas y, para colmo, llegas tú, Paco, con un instrumento que luce como exiliado de una tlapalería.   

Paco. Y está de puta madre, ¿no? Los bajistas sobran a veces y no es novedad, desde los años treinta era así y no por capricho, sino para crear matices. La música moderna está muy preocupada por sonar con unos súper bajos, frecuencias que no necesariamente deben retumbar en el pecho; nosotros preferimos distinguir otros tonos. Cuando vas a un festival, el bajo te sacude los pulmones y eso nos parece antinatural.

El blues sí que es natural para ustedes, ¿hay que tener el pecho rajado para interpretarlo con decoro?

Carlos. No. Es cierto que el blues nació bajo situaciones muy penosas, pero nosotros no sufrimos tanto. Hablamos de vivencias comunes, como cuando te deja la novia o te emborrachas. Porque intentar repetir las emociones de un bluesman del siglo pasado significaría toparse contra la pared.

En cierta medida, ¿ustedes están tomando la estafeta dejada por esos viejos bluesistas?

Pedro. Sí. Llevamos ocho años tocando con una idea muy clara: empecinarnos en hacer blues y no salir de ahí. Además, hemos puesto parte de nosotros mismos en nuestras canciones para conseguir un sonido auténtico. El blues es para nosotros una obsesión desde que apareció en nuestras vidas porque es sinónimo de pureza, ya sabes, al ver a esos tíos con sus guitarras hechas polvo. Teníamos quince años cuando nos encontramos con el blues y míranos, ya pasados de los treinta y con la obsesión intacta. Aunque nos gusta el flamenco también, así como el country, el jazz y la psicodelia. La música mexicana nos parece alucinante.

Hablando del flamenco y las rancheras, se trata de músicas que sangran de la misma herida que el blues, son así de desgarradas.

Pedro. Es cierto, por eso me encantan Los Tigres del Norte.

Carlos. A mí Los Tucanes de Tijuana. Músicos que emanan un espíritu similar al del blues.

Pedro, ¿tienes algún mote, cómo te gritan tus compinches en tu tierra natal, Úbeda?

Pedro. Me apodan Perico.

Carlos. Aunque en México si te llaman Perico es por otra cosa, ¿verdad?

Así es. Pero cambiemos de tema, ¿de dónde viene el nombre del grupo?

Carlos. Guadalupe Plata es la patrona de nuestro pueblo, una virgen diferente a la mexicana, pequeñita y rodeada de plata.

Pedro. Tomamos su nombre porque hay belleza en ella. Todos se vuelven locos al verla, se pelean por tocarla.

Vaya, finalmente se trata de toda una rockstar

Carlos. Sí tío, ella sí que representa al rock and roll.

Guadalupe plata

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Led Zeppelin (Escalones celestes, retoques eternos)

Photo of LED ZEPPELIN

No es la primera vez que lo hace; Jimmy Page lleva décadas vendiéndonos una y otra vez los álbumes que grabó al lado de John Paul Jones, Robert Plant y John Bonham, siempre con alguna añadidura que, por pequeña que parezca, luce irreprochable. Y es que Led Zeppelin es la clase de grupo que, no importa cuántas veces  repita la operación, siempre que ponga un producto nuevo en los estantes de las tiendas de discos tiene garantizadas ventas holgadas.

Esta vez, con el propio Page como artífice central del proyecto, se ponen a la venta los tres primeros platos editados por el cuarteto inglés con la noticia de que todos han sido remasterizados por Jimmy (así que olvidémonos de las versiones retocadas en 1990, Remasters; y de Mothership, la capa de maquillaje aplicada en 2007). Cada uno de ellos acompañado de extras que van a provocar que las cejas de varios se tuerzan hacia las lámparas. El primer volumen del combo de plomo (Led Zeppelin, 1969) viene acompañado de una ráfaga de temas ejecutados en el Olympia de Francia, en octubre de 1969; al segundo tomo de la historia (Led Zeppelin II, 1969) se adhiere un disco más con mezclas alternas y relucientes versiones, la posibilidad de escuchar dos temas sin la presencia de Plant y un tema inédito: “La la”. Y algo similar ocurre con el tercer peldaño de la escalera celeste (Led Zeppelin III, 1970), robustecido con más tomas diferentes a las definitivas y composiciones flamantes, como “Jennings farm blues”.

Así que ahora el grosor de tu cartera define la dieta de tus oídos. Puedes hacerte de las versiones remasterizadas a solas, o las que traen su siamés prendado del vientre; los viniles que, si colocas sobre una báscula, marcarán 180 gramos; la descarga digital, intangible, para colgarse de la nube; o la edición lujosa que aloja todo lo antes descrito más un libro de pasta dura con 70 páginas repletas de bagatelas para fans, impresiones de las tapas de cada plato -debidamente numeradas- y hasta una réplica del boletín de prensa usado para informar el nacimiento de la primera obra del combo.

No es la primera vez que lo hace. Jimmy nos tiene en sus manos. Y sí, vamos a comprar estos discos de nuevo. Porque el cuero sigue enchinándose cada vez que el riff de “Heartbreaker” raspa las bocinas, porque escuchar “Dazed and confused” a todo volumen con las luces pagadas continúa siendo el viaje más espeso que nadie podrá llevar a cabo jamás, y porque “Immigrant song” operará como himno de batalla para arrastrarse por el piso de la sala hasta que las reumas nos lo permitan.

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The Beatles (Adolescentes fluorescentes)

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Oye. ¿Ya escuchaste el nuevo par de discos de los Beatles? ¿Qué tal, eh? ¿Verdad que hacerlo es como encender la radio con el switch en AM? ¿No es cierto que se antoja prepararse un té y echarse sobre la alfombra con la luz apagada; así, como quinceañera enferma, víctima de la fiebre más violenta, ésa que los doctores de víscera cardiaca llaman amor?

Y no es para menos. Porque cuando George confiesa que su amada nunca sabrá cuánto cariño cabe en su tórax, uno comprende que hay que guardar ese secreto con el mismo afán que se cuida una alhaja. Y al momento que John se desgarra pidiendo no enamorarse una vez más en vano porque, advierte herido, no está capacitado para soportar tal dolor; bueno, ni los tipos más rudos podrían resistirse a darle una palmada en el hombro al caído. O qué decir de la hora en que Paul nos platica que le ha escrito una carta a cierta chica y que, al terminarla, desde un lugar muy lejano y solitario, descubrió que era importante agregar una posdata lapidaria que dijera “te amo”.  ¿Demasiado fervor? Quizás. Afortunadamente Ringo no solía azotarse con el mismo esmero que sus compañeros, así que cuando interpreta su himno desenfrenado a favor de los chicos, esos rompecorazones que regalan besos sin medida, un acto de justa rebeldía tiene lugar.

El catálogo de canciones que los cuatro lacios de Liverpool grabaron para la BBC consta de 275 unidades, todas registradas por la radio inglesa entre 1962 y 1965. Los 59 temas que incluye On air -segunda parte del Live at the BBC, puesto a la venta hace casi veinte años y remasterizado para hacer dúo con su reluciente sucesor- incluyen composiciones de los álbumes Please, please me, With The Beatles, A hard day´s night y For sale mezcladas con sencillos demoledores como “She loves you” y “I want to hold you hand”. Un listado que, haciendo de lado las sesiones piratas y las editadas en los volúmenes antológicos de 1996, califica como lo más cerca que uno puede estar de un directo de los Beatles, claro, sin tener que soportar la gritería de sus fans.

Pero, aguarda, no has contestado. Tú, el chico de con acné en las mejillas: ¿es que aún no tienes el nuevo par de discos de los Beatles? Bueno, hazte de él y escúchalo con los focos apagados para que así aprecies su fluorescencia. Nada más no te calces los audífonos; deja que tus bocinas recobren vida y goza la experiencia, porque abrir un empaque firmado por el sello de la manzana, siempre, es sinónimo de emoción arrebatada. Y eso lo saben bien todas las quinceañeras de corazón, aunque sus pieles ofrezcan hondas cuarteaduras.

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