Dinosaur Jr. (Otros pulsos, otros puños)

Dino

6 de febrero, 2015

El Plaza

Decidimos llamarlo J desde que lo vimos a la distancia y planeamos observar todos sus movimientos. Arrancamos cuando entregó su boleto a las puertas de El Plaza esta noche de viernes y luego se dirigió lo más cerca que le fue posible del escenario para aplaudir la actuación de Hawaiian Gremlins, un combo que abrió su presentación con un homenaje a los Stone Roses para luego presumir cuánto goza de la música de The Drums, ya en los peligrosos terrenos del plagio. Observando atentamente, llegamos a la conclusión de que J no sabe bien quién es Dinosaur Jr., que obtuvo su acceso al concierto gracias a que encontró la respuesta a la pregunta que una revista formuló vía twitter. Que escuchó un par de canciones del grupo de marras en spotify y, sin pensarlo demasiado, tomó su billetera y se dirigió al foro que hoy lo aloja. Claro, está contento porque entró gratis, pero también debido a que el lugar se encuentra atestado de gente que viste como él, habla como él y, seguramente, escucha lo mismo que él. Vemos cómo todos son iguales cuando marcan un punto rojo en los mapas de sus teléfonos con un objetivo: señalarle a aquél que no esté aquí que se encuentra en el lugar equivocado.

Y entonces, cuando el sitio está a punto de transformarse en el patio de un prepa sin prefectos a la vista, un trío de señores toma el escenario. No se visten como J esperaba y cada cual porta una cara tan dura como una pala. El que se cuelga la guitarra es quien más llama la atención de J porque usa gafas aparatosas y una barba tan blanca como la larga mata de cabello que le baña los pezones. ¿Cuántos años tendrá ese sujeto; 40, 50?; ¿habrá formado parte de los Rolling Stones? Además, ¿qué diablos pasará con su instrumento que de él escapa un sonido que hiere los oídos? ¿Nadie va a decirle que algo anda mal con la perilla de volumen de su amplificador? J no alcanza a ver que ese tipo de pelo lacio protege su espalda no con un amplificador, sino con tres, y cada uno tiene elevada su potencia al cuadrado; es decir, el hombre echa mano de 24 bocinas, todas escupiendo distorsión al mismo tiempo. Es por eso que algunos se tapan los oídos. Es por eso que otros prefieren retraerse en la barra. Es por eso un oleaje de escuchas con patas de gallo rasguñándole los ojos va ganando terreno mientras los más jóvenes se van hacia atrás para extraviarse en las penumbras.

De pronto, el apretujamiento comienza a volverse preocupante. J descubre que el suelo, antes firme, ha adquirido la consistencia de un tapete ondulante y que por encima de las cabezas vuelan cuerpos esporádicamente. Por ahí se abre un hoyo entre la madeja de cuerpos y un puñado de infelices organiza un slam mientras a la distancia algún ocioso arroja su envase para empapar los hombros de los desprevenidos. En realidad, la invasión fue discreta, nadie vio venir al batallón de adultos que inundó el foro. En frío, otra generación, quién sabe nacida cuándo, tiene sitiado El Plaza cuando “Out there” toma su turno. Se trata de tipos viejos, ahí están las entradas en sus frentes para atestiguarlo y la marca de sus tenis para corroborarlo; sin embargo parecen haber enchufado sus dedos en la misma toma de corriente que los amplificadores del escenario, porque se sacuden como poseídos y sus rostros emanan una luz que sólo el alumbrado eléctrico podría tolerar. J los mira de reojo mientras el sonido va hipnotizándolo, piensa que más vale fijar su atención en el grupo y ni siquiera rozar a los que bailan iluminados, pues el riesgo de electrocutarse parece alto.

Para cuando los dardos de “Start choppin” se impactan en los pechos más blandos, los millennials parecen haberse perdido de vista. Sin embargo, los pocos que permanecen con la mira en esa chica de cerebro floreado que se proyecta tras la batería, se anuncian afortunados: respiran, y apenas les alcanzan los pulmones, el mismo aire que hace décadas limpió las venas de una generación que no se contentó con saberse grunge; que entendía que la palabra punk aún podía escribirse, con otra tipografía, otro pulso. Otro puño. Quién sabe si J vaya a buscar la discografía de Mascis y los suyos tras este encuentro. Por ahora sólo vemos que aplaude; analizamos cómo lo hace, cuánta fuerza imprime a cada una de sus palmas cuando escucha la versión de “Just like heaven” que tiene lugar bajo los reflectores.

Miramos con atención a J antes de volver con nuestros viejos camaradas, antes de regresar a nuestro tiempo, a nuestro día y a nuestra hora. Y alcanzamos a notar que entre gritos, aquél descubrió que sus oídos podían soportar una carga de ruido malsano, entonces consideramos que J se sabe más fuerte ahora. Claro, envejecer es algo que escapa de su entendimiento, un tema que no pretende indagar a fondo, no de momento; y nosotros tampoco. Tenemos mejores cosas por hacer. Así que le damos al fin la espalda a él, a quien decidimos llamar J, y brindamos. Luego nos reímos, más y más, otra vez, y nos vamos como siempre, juntos a seguir la fiesta a otra parte.

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