Richard Hawley (Aprender a pegarse)

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Hay que aprender a pegarse. Es lo menos que un sujeto debe solicitarse a sí mismo una vez que se encuentre a solas con la música. Digo esto porque conozco a tipos de laya miserable que juegan a lastimarse; saben cómo dar en el punto más blando y a cambio eligen casi acertar o, de plano, apuntar fuera del blanco (creo que eso hice antes yo también -¿a los treinta?, qué importa la edad-, así que comprendo a quienes no se hagan responsables de su melancolía, pero los quiero lejos).

Y es que supongo que todos tenemos canciones que atinan donde deben, que detienen el pulso sin falla. Obligación de uno es saber cuándo hacerlas sonar para así parar el ritmo, hundirse en los acordes, desvanecerse un tramo. Decidir ser la superficie que la aguja desgarra fino, con esa punta suya casi imperceptible, es un asunto de cabrones; como también es de cabrones contar con la capacidad para ponerlo a uno de rodillas. Por eso respeto a Richard Hawley ahora mismo y quiero dejar constancia de que llevo semanas obsesionado con una canción suya. Así que apunto aquí sin pena, en esta libreta, con el arrojo que me heredan los minutos que uno de sus tratados de exploración visceral contiene, que he muerto varias veces gracias a él, Richard.

Acepto que pongo “For your lover give some time” cuando me rindo, cuando entiendo que debo dedicarme a llorar porque no hay otra manera de seguir con lo que siga, como meterme una cuchara a la boca o apretar la letra T de este teclado. Sí, me importa poco que esto me ocurra apretujado en un vagón del metro o andando por la calle, a la mitad de una reunión o divagando en la azotea de casa. Ese tema me pega donde más cala y eso me gusta porque cuando Hawley canta, acabo pronto con mi miseria. Detesto decir que sé bien cómo no andarme con rodeos porque vivo con un poco de prisa, pero así pasa. Actualmente me vacío rápido, sin preámbulos hirientes ni epílogos sufridos. Escucho atento y luego revivo para eso que ya dije, seguir con lo que siga.

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Cepillín (La canción más triste)

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Mi infancia estuvo plagada de cohetes construidos con empaques de leche, todos comandados por astronautas con rebabas en las extremidades que alunizaban, entre hombres lobo y vampiros, en las macetas del patio. Mientras, en el tocadiscos giraba Flash Gordon (Queen) y mi perro se lamía los bigotes. Cada día de muertos, el día de mi cumpleaños, sin falta mi mamá ponía un 45RPM con “Las mañanitas”, a cargo de Cepillín. Y claro, había risas y abrazos. A décadas de esa época, cuando oigo ese tema por casualidad siento un calambre en el pecho, una mezcla de tristeza y nostalgia por aquellos días, llenos de estrellas y horror, que se fueron para siempre. Ninguna otra canción iguala ese sentimiento; lo han intentado Dylan, los Beatles y Juan Gabriel, pero ninguno han cruzado, aún, tan sanguinariamente mi corazón como Cepillín.

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