Venus (¿Te imaginas quién vivirá allá?)

Venus

Hace poco escalé el monte más alto de Venus. Me tomó un día entero lograrlo (es decir, casi 250 días terrestres), pero valió la pena el esfuerzo porque, una vez en la punta, tomé mi batuta para dirigir la Sinfonía de las Venusinas que llevaba meses planeando. La obra incluyó todos los instrumentos del planeta, desde el leve silbido de un puñado de meteoritos desintegrándose en la atmósfera, hasta el vaho que producía el ardiente viento solar; desde el manto armónico de la densa capa de nubes que cubría el cielo, hasta la melodía prodigiosa de las capas tectónicas chocando entre sí y, claro, las ensordecedoras erupciones volcánicas.

Aquél fue un día glorioso, hice realidad mi humilde homenaje a Arseni Avraámor y su Sinfonía de las Sirenas y, además, me conecté mentalmente con una pareja de amantes que en la playa de Mazunte fornicaba de modo bestial. Es decir, esa vez dos terrícolas escucharon la obra que comandé en algún lugar del cielo. Fue un momento conmovedor, pues noté que a esa dupla le gustó mi sinfonía cuando dejaron de acariciarse para mirar hacia el cielo por unos cuantos minutos.  “¿Te imaginas, quién vivirá allá?”, se preguntaban mientras mis manos, flamas doradas de metros de longitud, conducían el cuarto y último movimiento.

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The Rolling Stones (Los delincuentes siguen sueltos)

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Ocurrió en 1971. Una pandilla de delincuentes denominada The Rolling Stones, proveniente de Londres y con un historial de fechorías descomunal, escapó de la ley de las buenas costumbres una vez más para darle rienda suelta a su espíritu salvaje. Testigos anónimos comentaron que los rufianes fueron vistos en los Muscle Shoals Studios, así como en la casa del líder de la pandilla, grabando un puñado de temas donde, aún hoy puede notarse, el mal gusto impera entre guitarrazos y gritos despavoridos.

Concentrada bajo el título de Sitcky fingers, Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts, Mick Taylor y Bill Wyman confeccionaron una decena de amenazas al recato donde se barajan nombres como “Bitch”, “Brown sugar”, “Sister morphine”, “Wild horses” y “Can´t  you hear me knocking”; puras odas a la vulgaridad ideadas en antros de mala muerte. Producidas por Jimmy Miller, las canciones –aún hoy puede notarse- presumen el cochambre que sólo el rock and roll posee, aunque las blasfemias del country y el blues también tienen cabida. Empaquetado por un tal Andy Warhol (sujeto de moral holgada con residencia en Nueva York), quien diseñó una portada de pésimo gusto donde una bragueta opera como protagonista, el álbum presume en la contratapa la lengua que de ahí en adelante serviría como firma en los múltiples actos vandálicos de sus prosaicos autores.

Como recordatorio de lo bajo que un ser humano puede caer, la obra ha sido reeditada recientemente, acompañada de un disco extra donde aquellos disolutos desparraman aún más su decadencia con tomas alternas (sobresale una versión acústica de “Wild horses” y una lectura extendida de “Bitch”), temas registrados en directo (en una cloaca llamada Roundhouse, también en 1971, con la inclusión de “Love in vain” y “Honky tonk women”) y una versión de “Brown sugar” donde Eric Clapton -otro capo de la mafia inglesa- se encarga de la guitarra. El cuadernillo que acompaña este monumento a la miseria contiene múltiples fotos de los forajidos, sólo para no olvidar que el infortunio cuenta con rostro bien definido.

Sobra decir que los desfachatados han encumbrado este álbum como uno de los mejores  no sólo en la historia de los Stones, sino de la música rock en su totalidad. Así que hágase usted de una copia bajo su propio riesgo y, por lo que más quiera, enséñeselo a sus hijos una vez que sean mayores de edad, no vaya a torcer el andar de inocentes que, de buenas a primeras, esquiven la ruta del bien para bailar como el tal Jagger suele.

 

 

 

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