Abraham Boba (Un turista feliz, lúgubre e introvertido)

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Ahí está Abraham, en una calle de la colonia Roma, hurgando en el bolsillo de su saco, sacando un paquete de tabaco para forjar un cigarro. Hemos quedado de vernos en la entrada del hotel que lo aloja en México, la mañana arranca y los hipsters de la zona pasean a sus bestias -y viceversa- entre arbustos. Tras saludarme e invitarme a tomar asiento en una banca, Abraham lame un papel para sellar con saliva su tubo de niebla y despeinarse un poco su canosa mata de cabello; luego, el tabaco arde y Boba inhala. Su barba es blanca; su voz, serena.

Hace ocho años escuché su disco debut (Abraham Boba, 2007) en una estación de escucha de cierta tienda de discos en España. Cuando llegó a mis oídos la primera estrofa de “Fuga de Alcatraz” supe que quería hundirme en ese mundo nostálgico y lúgubre que a la fecha ha arrojado dos álbumes más (La educación, 2009; y Los días desierto, 2011); y ahora ahí está el autor del drama, acomodándose el cuello de la camisa, listo para contestarme lo que yo desee (al parecer). El español prefiere usar filtro mientras fuma y esconder sus ojos tras unas gafas impenetrables. Me ofrece de su tabaco y no hago más que mirar la marca del empaque; “no fumo”, le digo, y hasta ahí llegan mis confesiones. Pero aunque jamás le cuento que en algún momento de mi vida me obsesioné con ciertas rimas de su temario, éste lo intuye cuando, esporádicamente, se ríe tras escuchar mis preguntas y el vaho de su boca a esa hora de la mañana se confunde con el humo que emana su vicio.

¿Cuándo y cómo empezaste a hacer música?

Desde que era niño me gustaba cantar, empecé tocando la “batería” a los catorce años; aunque, bueno, la realidad es que me compré unas baquetas y viendo videos de REM y The Cure golpeaba la cama o el sillón, simulando que eran tambores. Finalmente tuve acceso a una batería real en un local de ensayo que a veces visitaba; más tarde, a los 23 años de edad, decidí estudiar solfeo, armonía y piano. Entonces empecé a hacer canciones al piano, aunque también con la guitarra escribo. Lo que mejor toco es el piano, pero vamos, me gustan las limitaciones que me ofrece la guitarra a la hora de componer.

En la contratapa de tu disco debut apareces sentado frente a un piano, ¿es tuyo?

Esa foto está hecha en Madrid, en la casa de una amiga que tenía un piano antiguo que era de su padre. Esa casa estaba en ruinas, destrozada, y el piano era prácticamente lo único que se mantenía en pie.

¿Vives en Madrid?

He vivido en muchos sitios, pero cuando salió mi primer disco vivía en Barcelona. Desde hace ocho años vivo en Madrid.

Escuchando a la distancia los tres discos que has editado (el más reciente vio la luz hace cuatro años), ¿consideras que en ellos existe una especie de hilo conductor?

A ver, me gusta que las canciones tengan identidad propia, pero es verdad que también busco que exista un hilo conductor en mis álbumes; en su momento, cuando hice mis tres discos, quizá no encontraba la conexión entre cada uno de ellos, pero ahora que ha pasado el tiempo vaya que noto que existe. Desde lejos, aprecio ese discurso intimista e íntimo que desarrollé. Sí que es verdad que entre mis tres discos hay ganas de entender los recovecos de una relación de pareja, pero también de encontrarme con mi intimidad.

Pasaste del discurso lúgubre, oprimido y pesimista de tus primeros dos trabajos, a Los días desierto, una obra luminosa, incluso chabacana por momentos, ¿no lo crees?

Desde luego. El último disco es el más luminoso, cuenta con temas que incluso en aquel momento me parecían frívolos, pero que hora escucho y no me lo parecen, como “Fin de año” o “Algunas pequeñas verdades domésticas”; canciones que me costaba un poco sacar a la luz. El cambio del que hablas vino debido, en buena medida, a que en esa época empecé a escuchar música distinta a la que solía, escrita en tonos mayores. Al final, todo tu bagaje influye en tu sonido. Recuerdo haber escuchado mucho Pet sounds  (The Beach Boys), y algo de éste debe haber en Los días desierto.

¿Qué cambió en tu vida? Pasaste de hablar de una fuga carcelaria, en clara alusión a una relación amorosa, a ahondar respecto a la madurez y la basura que ésta trae consigo.

Básicamente viví un cambio de vida; me mudé de ciudad y sufrí una separación muy dolorosa. Y bueno, al final los discos son eso, resúmenes de lo que vives. En mis álbumes se nota la degradación de una relación que viví y cómo mi vida cogió de pronto otro camino, uno que me llevó a un sitio totalmente distinto al del arranque. Todos estos cambios mantienen, sin embargo, hay una constante: la nostalgia que, supongo, por ser gallego me toca muy de cerca, una nostalgia que tengo muy metida en el corazón. Mi primer disco es lúgubre, es verdad; pero el segundo lo es aún más (además es mi favorito); el tercero es luminoso, retrata cómo ya vivía otra etapa.

Debutaste ceñido bajo parámetros estéticos bien definidos y en tu tercer paso luces listo para incorporar instrumentos sin prejuicios.

Totalmente es así. Al comienzo, básicamente me interesaba encontrar un formato pop, pero sin guitarras, algo que sonase clásico. Por eso eché mano de piano, contrabajo, batería y cuerdas. Entonces escuchaba mucho a Serge Gainsbourg y claro, buscaba acercarme a la canción pop, pero desde la perspectiva del jazz, incluso los músicos que tocaron conmigo en el primer disco eran eso, jazzistas. En esa época escuchaba mucho A River Ain’t Too Much to Love, de Smog, un álbum muy desnudo. Me interesaba meterme en ese ambiente y por eso decidí eliminar instrumentación de sobra. Para el segundo, me apetecía probar y metí vientos y cuerdas, sin embargo fue un disco donde grabé prácticamente yo solo todos los instrumentos; para el más reciente, pues ya lo he dicho todo.

Y de pronto te encontraste con Nacho Vegas.

Cuando llegué a Madrid estaba viviendo una temporada convulsa. Nacho había disuelto a la banda que lo acompañaba (Las Esferas Invisibles) y la gente de la disquera Limbo Starr (ambos compartimos sello) le dijo a Nacho que quizá yo podría ayudarle en los teclados. Nos vimos, me pasó las maquetas de Manifiesto desastre y bueno, fue maravillo empezar a girar con él. Desde los 18 años de edad hago conciertos, pero jamás había vivido una gira como las que hago al lado de Nacho, algo de verdad.

Tras cuatro años de silencio, y con el éxito inusitado de tu nuevo grupo, León Benavente, ¿planeas volver a hacer discos como solista?

Lo bonito de las carreras en solitario es que jamás las puedes dejar porque hablan de ti exclusivamente; soy Abraham Boba, vivo mi proyecto personal y éste sólo podría extinguirse si yo desapareciera y a mí lo que me interesa es hacer canciones hasta que me muera. Lo de León Benavente ha sido una sorpresa que me ha absorbido casi totalmente. Trabajo lento, me gusta darle vueltas a las canciones, mascullarlas en la cabeza varias veces. Para hacer un disco nuevo como solista tendría que dedicarme exclusivamente a ello, y va a suceder. Ya voy cogiendo ideas para un nuevo álbum. Es más, casi tengo ya pensado cómo va a ser, ¿saldrá en dos años o cinco?, no lo sé.

Cuando escucho tus canciones pienso que debe ser terrible mostrarse así, desnudo, ante la gente, ¿te causa miedo hacer discos así, donde no te guardas nada?

Ese miedo es inevitable. Todo aquel compositor que muestra su arte al público lo siente y quien te diga que no, está mintiendo. Hacer canciones es un trabajo en el que uno se vacía de modo doloroso, escribir se trata de enfrentarse a bienes y males. Es algo… joder, muy íntimo. Por eso si alguien lo ataca, si alguien se mete con tus canciones, irremediablemente te sientes atacado. Con el tiempo vas relativizando un poco todo esto, y bueno, al final lo único que queda es seguir haciéndolo, seguir haciendo canciones.

Hablas de que te toma tiempo hacer canciones, ahonda al respecto.

Mis canciones las he hecho sentado al piano a medida que voy escribiendo la letra, es un sistema que me gusta, es mi método. Recuerdo que “La educación” me llevó mucho tiempo hacerla, la construí a lo  largo de tres días consecutivos. No soy capaz de dejar un tema descansar una semana para luego retomarlo, cuando una canción deja de interesarme es porque el camino se ha torcido y algo anda mal. Como me cuesta modificar los caminos, prefiero abandonar, por eso desecho mucho material. Otro caso; “Podría haber sido peor”, la acabé en una hora, toda, con letra y música; pero claro, llevaba tiempo mascándola en la cabeza.

Aludiendo justo a ese tema, ¿te convertiste finalmente en “un santo bebedor”?, me parece que cuando escribiste eso estabas decidiendo si hundirte en esa grieta era la mejor opción.

Me gusta vivir en este terreno ambiguo. Mis canciones hablan de mí, seguro, pero a veces éstas te sacan de ti mismo. En cualquier caso, en ese disco hay una frase en el tema “Así se vive aquí” que dice “de día no te conocía”… y es verdad que yo en esa época llevaba un año viviendo en Madrid y digamos que tenía una vida bastante alocada.

¿Qué hay de “Basura madura”?, ¿es una carta a un ser distante o eres tu hablándote al espejo?

Me gustan los discursos dobles, pero también los triples. Esa canción… podría, sí, podría significar hablarme a mí mismo o a alguien que está lejos. El título surgió de una conversación que tuve con una amiga, la encontré en Bilbao y le conté que estaba haciendo un nuevo disco y me dijo “ah, bueno, eso es como hacer basura madura”, es decir, temas que hablan de madurez pero que en realidad son pura basura. Me hizo gracia la expresión y la adopté. Me gusta usar conversaciones con la gente que tengo cerca para sacar ideas y canciones porque los temas que más me gustan son los que están pegados al suelo. Crear canciones  es un proceso artístico, pero no me gusta que sea demasiado elevado, sino que de pronto pueda aterrizarse en una conversación.

¿Estarán preocupados quienes te rodean de aparecer de pronto en alguna de tus canciones?

¿Cuándo dices que si se preocupan quieres decir que temen? No sé, aún me falta ser mucho más claro como para que la gente que está cerca de mí sepa que hablo de ella. Pero vaya, la gente con la que me relaciono sabe que de alguna u otra forma vive en mis canciones.

“Fuga de Alcatraz”. Hay una película que explica cómo llevar a cabo el escape; pero cuenta tú, ¿cómo hiciste para salir de esa prisión?

Es un tema doloroso. A ver, mi vida no le interesa a nadie, lo que yo busco es partir de mis experiencias para así abordar sentimientos universales. Pero verás, esa canción habla de todo lo malo que se genera cuando tienes una relación muy larga en el tiempo y se pierden cosas al tiempo que se ganan otras. Los sentimientos de dependencia y posesión se asemejan bastante a vivir en una prisión. Vi Fuga de alcatraz, la película, y está bien; pero, más allá de ésta, el concepto de fuga a nivel musical es muy rico.  Me encanta Bach y me fascinaría tocar su obra; aunque no llego ni  a diez compases.

Abraham, quizá ahora seas un “Turista feliz”, viajando por el mundo con Nacho Vegas y León Benavente, envolviendo regalos ya no con hojas de El País, sino con periódicos de muchos sitios del mundo.

Esa canción de la que hablas es muy triste; ahora estoy en un buen momento, he tenido muy buena suerte con León Benavente y haciendo las giras con Nacho, conciertos muy especiales. En realidad estoy viviendo un sueño, porque finalmente hago lo que me gusta. Es cansado vivir un sueño, es cierto; hay que estar preparado psicológicamente para enfrentarlo, hay que asumir que estarás fuera de casa por mucho tiempo y que ni siquiera tendrás una sola ciudad de residencia. En los últimos tres años he estado muy poco en Madrid, por ejemplo. Supongo que sí, que estoy cerca de ser un turista feliz, aunque mira, estando de gira es imposible hacer turismo ¿eh?

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Yoko Ono (Por favor, no faneen)

¿Entonces a qué chingados vine?, se pregunta en voz alta quien está a mi lado, un tipo encabronado que se reacomoda en su asiento para luego tachar algo que escribió en su libreta. Sucede que la encargada de atender a los representantes de la prensa que hoy abarrotan el auditorio del Museo de la Memoria y la Tolerancia acaba de anunciar que a Yoko Ono -quien está a punto de arribar al foro- puede preguntársele cualquier cosa; excepto todo aquello que se relacione con John Lennon y los Beatles.

Está bien, pienso. Total, uno puede ahorrarse ese par de temas. Afortunadamente hay harta obra artística sobre la cual indagar. Pero el problema verdadero es otro, uno que esa señorita que comanda cada uno de los movimientos que llevan a cabo quienes portan cámaras fotográficas y de video, micrófonos y grabadoras de audio, encuentra fundamental. Se trata de un detalle que ella pretende ahorrarse para así evitarse bochornos, regaños o qué sé yo. “Por favor, no faneen”, suplica la susodicha.

Quién sabe cuándo sucedió, pero la cosa parece ser de lo más normal: de pronto, un sustantivo se ha transformado en verbo. Los fans fanean cuando tienen enfrente a su ídolo. Yo faneo, tú faneas, él fanea. Y, según parece, los miembros de la prensa suelen fanear de un modo tan desvergonzado, que hay que decirles que, por favor, se aplaquen y no empiecen con escenitas. Considero que probablemente se avecina una catástrofe tras dicha advertencia cuando de pronto aparece Yoko. Y bueno, para fortuna de la chica de prensa, todos obedecen sus indicaciones. Todos obedecemos, quiero decir. Nadie menciona a los cuatro de Liverpool y no hay quien se atreva a hablar de quien fuera marido de la oriental. Y sí, nadie fanea. Se habla de lo que debe de hablarse, con educación. Con profesionalismo.

Yo estoy hasta el fondo del auditorio, pensando en que ahí, a unos metros de mí, está quien inspiró “Oh, Yoko!” y le aprendió algunos trucos a John Cage; recapacito que la señora está sentada entre miembros de la iglesia y encorbatados de rango distinguido en el gobierno local; que luce flaquita, diminuta, fragilísima. Y entonces mi vecino de butaca se me acerca a la oreja; “ya está grande la señora, ¿verdad?”, me susurra. Yo asiento. Yoko tiene más de ochenta años de edad. “¿Usted sabía que ella separó a los Beatles?”, inquiere de nuevo el de al lado. Y yo le digo que no lo sabía, que no estaba enterado. “No soy fan, desconozco la historia”, le contesto para luego darle la espalda en la medida de lo posible para así evitar que la charla se prolongue.

“No faneen”, resuena en mi cabeza, “no faneen”.
Y eso hago. No faneo, pues.

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