Terremoto (El oficio del tejedor)

 

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Hay un cráneo de yeso negro en el suelo, y está escoltado por once veladoras que, tomando en cuenta la hora, pronto se van a prender. La calaca oscura no está sola; todo el piso se encuentra repleto de objetos tendidos con cuidado, formando una ofrenda clavada en la tierra a punta de pedradas.

Hay zapatos, faldas, carretes de hilo, gorras, medias, tiras de encaje, blusas y flores, muchas flores. Hartas flores. Secas y frescas. De hecho hay coronas de éstas, alzadas sobre montones de tabiques. También hay un policía resguardando una docena de coches que parecen chicles masticados. Luego hay picos y palas oxidados, inservibles; herramientas destrozadas tras rascar varillas y muros cuarteados. En medio de botes y tambos, hay un par de cubetas atascadas de tortas enmohecidas, bolillos echados a perder que un perro callejero olisquea mientras un curioso le pregunta a un desconocido cuántos pisos tenía el edificio. Porque aquí alguna vez hubo un edificio. Yo lo vi, justo donde ahora unas pocas paredes quedan de pie: muros de unicel y roca parlantes, quejosos. Paredes hartas, paredes encabronadas.

Una costurera vale más que toda la maquinaria del mundo.

Vivas o muertas, nuestros cuerpos no son desechos.

¿A cuántas dejaron sepultadas? Asesinos.

El escombro es el gobierno, a derrumbarlo.

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Aquí hay, colocados delicadamente, desgarrados rollos de tela, postales de la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y la Santa Muerte. Paletas payaso y envases de aguardiente. Anteojos y pulseras. Y yo lo observo todo recordando a mi madre, bien lejos de aquí, bien cerca de Ecatepec; echando a andar con sus pies una máquina de coser mientras, tendido en el suelo, yo jugaba a que arenas movedizas me tragaban. Y también recuerdo a mi hermana, quien no muy lejos de aquí, en la colonia Roma, ahora mismo cose. Y después recuerdo a mi abuela en Tampico, hace décadas, también cosiendo a un lado de la costa. Pienso en el oficio del tejedor. Pienso en hilos, telas y agujas mientras se va haciendo oscuro y alguien me da un codazo para que me aparte, pues se van a prender las veladoras que frente a mí se encuentran. Así las luces comienzan a parpadear, a iluminar el terreno baldío.

Ni siquiera ha terminado septiembre, pero aquí, en la esquina de Chimalpopoca y Bolívar, hace tiempo llegó el día de muertos.

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