José Agustín (Le gusta la bohemia, y la nochebuena también)

Jose Agustin

Para David Cortés

“¿Les gusta la bohemia?”, nos preguntó José Agustín, de pie frente a nosotros, con la bolsa del mandado cargada de envases, listo para ir por las chelas. Hacía un calor desgraciado, a nosotros el viaje nos tenía sedientos y claro, sí que nos gustaba la bohemia y por supuesto que queríamos bebernos una, o dos o tres; pero, ¿José Agustín iba a ir por ellas, por las chelas? Así lo parecía. El anfitrión estaba en su papel, con dinero en el bolsillo y unos cuantos cascos embolsados. Intentamos convencerlo de que no fuera a la miscelánea -“cómo vas a ir tú”, le dije mientras jalaba hacia mí la bolsa que impresa traía la leyenda de despachar la mejor carne de cerdo del rumbo-, pero José no cedía: quería ir él.

Quizá no todos los que leen este texto lo notaron, pero revisen bien: al mismísimo José Agustín yo le hablé de tú en esa ocasión, tal como escribí renglones arriba. Y esto tuvo lugar apenas estreché su mano por primera vez, porque sí, ese día lo conocí cara a cara, en su propia casa. Y lo subrayo porque es importante: a José Agustín lo conocí hablándole de tú. ¿Por qué el atrevimiento?, se preguntarán. Más bien, ¿por qué no atreverse?, ¿por qué chingados no? Es decir, ¿podía ser de otra forma? Finalmente lo trataba desde hacía décadas, lo leía desde hacía mucho tiempo y me parecía de lo más natural dirigirme a él como un camarada. “No, yo voy, de verdad yo voy. La tienda está aquí, bien cerca”, nos explicaba el escritor con el dedo apuntando hacia su portón. Parecía un hombre de decisiones firmes, era inútil pretender detenerlo. De hecho, ya se alejaba, pasando al lado de la alberca azulosa que a unos pasos de nosotros reflejaba el poderoso sol de Cuautla. “No te tardes”, le pedimos.

Viajamos desde el entonces llamado DF hasta la casa del autor de La tumba con tal de entregarle un libro. Esa era nuestra misión, clara e impostergable. Así que traíamos entre manos un puñado de hojas y en las tripas una sopa de medula que nos jambamos en la carretera; además, nuestras entrañas contenían la emoción adolescente de conocer a uno de los escritores que definieron nuestra vocación. Cuando dimos con su calle y número, éste nos recibió muy cordial, amabilísimo y sonriente, invitándonos a tomar asiento en un comedor al aire libre que, contó, solía usar para desayunar. Bajo la sombra, lo que hicimos inmediatamente fue hablar del clima. Sí, del vulgar clima. Pudimos ir directo a la médula –tal como hicimos a cucharadas en la autopista- e indagar sin afeites qué onda con la literatura mexicana; pero, como si frente a la vecina del edificio estuviéramos, decidimos hablar de nubes y vientos, de lluvias y calores. Y justamente al ahondar sobre la temperatura fue que a nuestro anfitrión le llegó la certeza de que el día estaba bueno para unas cheves.

Ts. Ts. Ts. Al llegar de la calle, José destapó tres cervezas. Clanc. Brindamos. Al mismo tiempo, de las bocinas que apuntaban hacia el jardín que nos rodeaba salía la música de, de… ¿eran The Flying Burrito Brothers o los carnales Allman? No lo tengo claro. La cosa es que el volumen era discreto, tanto que el silbido de las aves que cruzaban el cielo opacaba las canciones. Fresco, cómodo, desde donde yo me encontraba podía ver la colección de discos que dentro de la casa había. Sólo nos separaba una pared de vidrio. Centenas de lomos de centenas de colores, todos ilegibles. Inalcanzables. ¿Cómo decirle a su dueño que tenía ganas de echar un vistazo?, ¿cómo jalar mi silla con discreción y de dos zancadas colosales llegar hasta esos estantes para hundir la nariz? Salud; sí, salud. Más sorbos. Agustín nos platicaba cómo adquirió esa residencia tan chula, cuándo y cómo se la compró a su padre, y también detallaba las modificaciones que le hizo y los vicios que el inmueble presentaba. Firmas, licenciados, arquitectos, plusvalía, gentrificación; saltaban muchos temas, todos aburridos. Y yo pensando en la alberca, viéndola de reojo, aquilatando cuántos personajes célebres metieron los pies ahí, cuántas chicas desanudaron su brasier en esas aguas. Cuántas historias se formaron con el olor a cloro, pisando esos mosaicos azules.

-¿Otra cheve?

-Nos la echamos, cómo no.

A codazos mentales hice de lado los discos y me concentré en las páginas firmadas por el novelista. Tantas hojas me arrojaban preguntas que me rondaban el coco inclementes, fastidiosas como moscas. ¿Cómo fue que el autor moldeó, a punta de martillazos, la personalidad fantoche de Gabriel (La tumba), los impulsos salvajes de Eligio (Ciudades desiertas) y el ansía por desvanecerse de Onelio (Vida con mi viuda)? ¿De verdad se caía de buena la exquisita Reina del Metro y en serio Lucrecia Borges era un monstruo arrugado, orejudo y apestoso? Pero el de la casa ignoraba mis dudas, estaba en lo suyo: descubrir que las cervezas se habían acabado para dirigirse hacia el refri con la esperanza de encontrar más, cosa que conseguiría. Al volver con un trío de nochebuenas que escurrían gordas gotas frías de sus paredes, giramos las corcholatas al mismo tiempo para decir ahhh de nuevo y limpiarnos con las lenguas las comisuras. Lenguas, lenguas. ¿Cuál será su rolling stone favorito?, pensaba yo; ¿y su tema consentido de Dylan, de Rockdrigo? Qué calor hacía, hombre. Y nosotros tan relajados, tan inmunes a su efecto. Esa no era vida, sino vidaza.

Qué idiota eres, ¿por qué no te trajiste la grabadora?, meditaba entre tragos. Porque pude haberla escondido para hacer una entrevista reveladora (y luego armar un texto; uno mejor que esta basura, naturalmente). A ver, José, platícame: ¿qué tanto te metías con José Revueltas tras hacer la fajina en Lecumberri?, ¿le cantaste algún jaque a Juan José Arreola?, ¿cuál fue la farra más cutre que cogiste con tu compinche de correrías, Parménides García Saldaña?; por favor, explica: ¿es la luz interna o la externa la que ilumina la pelusa que alberga el ombligo del tepozteco? Y lo más importante de todo, José, no le des vueltas y suelta: ¿qué transa con Angélica María? Sin embargo, mi cuestionario privado se vio interrumpido de pronto. Mi amigo detuvo mis cavilaciones de tajo al decir: “Pues mira, José, te traemos este libro cuyo contenido coordinamos. Te lo obsequiamos en nombre de todos los autores que gentilmente en él metieron las manos. Esperamos que te guste”. Cierto, a eso íbamos, a darle un libro. Ese libro precisamente, ese trabajo que el ondero tomó emocionado para de inmediato ojearlo y hojearlo. “A todo dar. Gracias por venir hasta acá. ¿Me lo firman?”. ¿Qué dices?, ¿me lo firman? Mi amigo y yo nos miramos extrañados. ¿Qué se lo firmáramos, nosotros? Vaya, ese sí que era un gran, gran disparate. Que él fuera por las chelas, bueno, era hasta cierto punto comprensible; ¿pero que nosotros le firmáramos un libro?, ¿a Él?

Sin embargo, tal como ocurrió cuando llegamos y el de los anteojos se aferró a ir por las bohemias, no hubo modo de llevarle la contraria con el asunto de las rúbricas pues ya había sacado una pluma de su camisa para quitarle el sombrero y extendérnosla campechano, sin dejar de silbar la tonada que de las bocinas escapaba. “No mames, es para José Agustín”, me dije cuando llegó mi turno de rayar la primera página de la obra. Y con trémulo pulso formé unas cuatro o cinco palabras que hicieron un enunciado. ¿Qué escribí? No recuerdo. Alguna estupidez, seguramente. A la fecha no tengo definido qué fue lo que hice. Lo que sí sé es que después de esa escena mi amigo y yo nos fuimos de ahí. Así fue. José Agustín nos despidió con un abrazo franco y apretado y nos perdimos cruzando la alberca, el frondoso jardín y el portón de acero. Nos esperaba un Chevy rojo oscuro como la sangre y un disco de Mark Lanegan para escuchar a tope, de vuelta a casa.

“Qué experiencia, ¿no?”, me dijo el del volante al meter la cuarta para agarrar el carril rápido de la carretera. Y yo asentí mientras mi mano izquierda llevaba la perilla de volumen del autoestéreo a visitar sus números más altos. Al llegar a la ciudad chocaríamos los puños y cada quien agarraría la bohemia en su caverna, con otros, y, con tantita suerte a su favor, viviría una nochebuena bien merecida. See, andábamos tendidos en esa época. Tragando kilómetros veloces, sin saber que nuestras vidas, tal como las conocíamos, estaban a punto de venirse abajo.

 

 

 

 

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Natalia Lafourcade (El reforzamiento de las raíces)

Natalia

“Para hacer mi nuevo disco, Hasta la raíz, procuré no tocar tanto yo, sino armar un grupo de músicos en el cual confiar para que todos aportáramos”. Quien habla es Natalia Lafourcade, quien para su más reciente álbum terminó ejecutando “pianos, teclados, guitarras, vibráfono y mellotrón, además de cantar”; “quería un disco que sonara distinto al homenaje a Agustín Lara que hice previamente, necesitaba crear algo muy mío, honesto y trasparente, que respetara el espíritu de la canción, requería que no se manchara la esencia de cada tema. Buscaba crear canciones que yo pudiera cantar prácticamente a capela.”

¿Qué te hizo llegar a esta necesidad de buscar la raíz de la canción?

Hubo una época donde no podía hacer canciones nuevas y por eso decidí hacer el disco homenaje a Agustín Lara, Mujer divina, para no mal viajarme. Pensé que iba a ser fácil y cuál, fue muy difícil, pero también muy bonito. Después de eso, mi plan era escribir de nuevo, hacer buenas canciones. Porque quería que México tuviera composiciones mías, como las de Lara, un sueño que trajo consigo mucha exigencia de mi parte. Realmente no me preocupé demasiado por acordes o instrumentos; sino por lo que escribía, por lo que cantaba. Mi plan fue recurrir a lo mínimo: voz, guitarra y piano, no más.

¿Cómo saliste de ese bloqueo creativo del que hablas?  

Me gustarme colocarme en la frecuencia de sentarme a hacer canciones. Se trata de periodos donde me vuelvo más receptiva y un poco autista, porque estoy buscando elementos que puedan ser inspiradores. Por ahí me siento con una guitarra y un papel y digo, “ok, voy a componer una canción”, y bueno, no hago nada, nada sale o hago cosas que no me convencen. Puedo pasar días así. Pero a veces me levanto de la cama y mientras me preparo un jugo naranja  nace una canción como “Para qué sufrir”, que en quince minutos la escupí. Entonces tomo mi teléfono y grabo, agarro un papel y hago apuntes. Luego escucho y pienso “hey, ésta puede ser una buena canción”. Un conjunto de cosas se reúnen y de pronto sale a la luz algo que me gusta. “Ya no te puedo creer” la compuse en Monterrey, en tres horas libres que tuve en medio de la promoción de un disco. Necesito estar perceptiva al momento en el cual la canción llegará. Para conseguir esto es importante mi teléfono, últimamente uso mucho mi celular para grabar ideas, de hecho es como mi tercer brazo, una gran herramienta. Apenas llega una idea recurro a mi teléfono para guardarla. Para este disco me di el chance de no pelearme mucho con mi computadora, mi Pro Tools. Me dediqué, como te decía, a componer y componer y después a meterme al estudio a grabar demos.

¿Este plan, el de llevar a la mínima dotación instrumental tus temas, provocó que apreciaras los aciertos y errores de tus canciones con mayor contundencia?

Claro, fue un gran ejercicio, porque había canciones que bajo estos parámetros sonaban de flojera mientras otras, wow, eran muy buenas. Fue fuerte la experiencia, sentí una especie de incomodidad agradable mientras la vivía porque venía de estar acostumbrada a hacer una canción y de inmediato pensar “bueno, le meto un bajo y luego esto y lo otro”; pero ahora no fue así. La canción desnuda estaba antes que nadie.

¿Qué haces con todas las ideas que finalmente no te convencen del todo?

Nada tiro a la basura. Guardo todo en discos duros porque eventualmente podría ocupar algo. También conservo miles de cajas llenas de agendas, diarios y letras de canciones.

De los varios instrumentos que tocas, ¿con cuál te sientes más cómoda?

Me siento bien con mi guitarra y el piano, pero siempre y cuando toque mis propias canciones; si se trata de las de alguien más viene el desastre. La guitarra y el piano son una extensión de mí, de mis capacidades. No podría decir que me considero pianista o guitarrista, sólo toco esos instrumentos para acompañar mi voz. La guitarra y el piano son mis compañeros de viaje. Aunque estoy buscando liberarme de eso, con la banda que me acompaña actualmente no quisiera ser tanto un músico más pues últimamente me he dado cuenta de que me gusta cantar, sólo eso. Mi búsqueda ahora es de pronto tomar el micrófono, sin más, y en otras acompañarme de un instrumento.

Hablas de tu par de compañeros de viaje, sin embargo esta vez preferiste escribir con el ukelele.

Hice muchas canciones en ukelele porque es el instrumento más cercano que tengo, para los viajes resulta chiquito y práctico. Pero al llegar al estudio decidí no meter un sólo ukelele al disco, fue de bye, vamos a explorar otros rumbos, a buscar sensaciones nuevas. Entonces lo que originalmente hacía el ukelele lo pasamos a la guitarra o al piano. “No más llorar”, por ejemplo, la hice en ukelele; pero luego éste se trasformó en un piano. Y me pasa algo extraño con ese tema, por cierto, mi mano izquierda y la derecha se pelean al momento de tocarla, no se sincronizan y, además de ese problema, tengo que cantar. El cerebro se me hace trizas.

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Terremoto (El oficio del tejedor)

 

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Hay un cráneo de yeso negro en el suelo, y está escoltado por once veladoras que, tomando en cuenta la hora, pronto se van a prender. La calaca oscura no está sola; todo el piso se encuentra repleto de objetos tendidos con cuidado, formando una ofrenda clavada en la tierra a punta de pedradas.

Hay zapatos, faldas, carretes de hilo, gorras, medias, tiras de encaje, blusas y flores, muchas flores. Hartas flores. Secas y frescas. De hecho hay coronas de éstas, alzadas sobre montones de tabiques. También hay un policía resguardando una docena de coches que parecen chicles masticados. Luego hay picos y palas oxidados, inservibles; herramientas destrozadas tras rascar varillas y muros cuarteados. En medio de botes y tambos, hay un par de cubetas atascadas de tortas enmohecidas, bolillos echados a perder que un perro callejero olisquea mientras un curioso le pregunta a un desconocido cuántos pisos tenía el edificio. Porque aquí alguna vez hubo un edificio. Yo lo vi, justo donde ahora unas pocas paredes quedan de pie: muros de unicel y roca parlantes, quejosos. Paredes hartas, paredes encabronadas.

Una costurera vale más que toda la maquinaria del mundo.

Vivas o muertas, nuestros cuerpos no son desechos.

¿A cuántas dejaron sepultadas? Asesinos.

El escombro es el gobierno, a derrumbarlo.

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Aquí hay, colocados delicadamente, desgarrados rollos de tela, postales de la Virgen de Guadalupe, San Judas Tadeo y la Santa Muerte. Paletas payaso y envases de aguardiente. Anteojos y pulseras. Y yo lo observo todo recordando a mi madre, bien lejos de aquí, bien cerca de Ecatepec; echando a andar con sus pies una máquina de coser mientras, tendido en el suelo, yo jugaba a que arenas movedizas me tragaban. Y también recuerdo a mi hermana, quien no muy lejos de aquí, en la colonia Roma, ahora mismo cose. Y después recuerdo a mi abuela en Tampico, hace décadas, también cosiendo a un lado de la costa. Pienso en el oficio del tejedor. Pienso en hilos, telas y agujas mientras se va haciendo oscuro y alguien me da un codazo para que me aparte, pues se van a prender las veladoras que frente a mí se encuentran. Así las luces comienzan a parpadear, a iluminar el terreno baldío.

Ni siquiera ha terminado septiembre, pero aquí, en la esquina de Chimalpopoca y Bolívar, hace tiempo llegó el día de muertos.

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Radiohead (I promise)

 

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Ya van a cumplirse veinte años desde que en mi walkman casi no cabía otra cosa que la voz de Thom Yorke. Lo sé porque hay un viejo nuevo tema de éste y sus compinches circulando por la red. Se trata de “I promise”, una tonada de lúgubre esperanza, una delicada rebaba amorosa del célebre Ok computer. Y quiero contarte que al mirar el video de esa composición me acordé de ti, claro; pero antes de mí. De mí yendo a visitarte, en autobús, de mí rebanando las carreteras más peligrosas encima de un bólido sin blindaje. De mí andando campante por el infierno.

Escucho y escucho. Atento. Y me veo abordo de centenas de colectivos desvencijados, levantando polvo bajo las estrellas que iluminaban esa tierra miserable llamada Neza. Cuántos viajes por la madrugada hice, cruzando una ciudad colapsada. Miles, sin duda. Cuántos metros corrí para verte. Millones, seguramente. Tantas veces repetí la operación. Tantas veces me jugué la vida. Apenas puedo creerlo. Porque quiero decirte que sí, en todos los viajes que hice me jugué la vida. Que a bordo de todos esos autobuses que tomé con tal de besarte, siempre, siempre estuve a dos dedos de morir. Nunca te lo dije, ya sé. ¿Para qué? No me hubieras dejado volver contigo; o hubieras preferido venir a mí. Y, te has de acordar, jamás permití que ni siquiera consideraras correr algún peligro.

Gracias a Radiohead, justo ahora el tiempo se contrae. De pronto soy el mismo de antes, por apenas cuatro minutos y dos segundos. “I promise” me pone enfrente, frescas como jaibas pataleando en el mercado de la viga, todas las promesas que alguna planeé cantarte. Así que quedito las voy repitiendo, veinte años después. Cuidando que mi cabeza se mantenga pegada al cuerpo, sin alarmas ni sorpresas, hasta que volvamos a encontrarnos.

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J Balvin (Vivito y coleando)

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Le pasó al rock & roll. En su momento lo tacharon de indecente, de alcahuete del exceso. Y aunque las buenas conciencias intentaron quemarlo vivo, al final no hubo más que aceptar que ese ritmo endiablado era inmortal. Décadas después, la historia se repite con un nuevo protagonista: el reggaetón, un provocador tan mal reputado como su viejo camarada pero igual de inofensivo. Pareciera que la rueda ha dado una vuelta completa para corroborar que las brechas generacionales se trazan con mayor contundencia en la pista de baile.
Esta noche puede notarse que la grieta que hoy se abre posee dimensiones abismales; acaso la falla de San Andrés se le compararía. Los osados que acompañaron a sus hijos al Auditorio Nacional, pese a estar sentados al lado de sus vástagos, en realidad se encuentran al borde del quicio, con los brazos cruzados y las cejas alzadas; es al otro lado del precipicio que la fiesta tiene lugar, es ahí donde miles le dan vuelo a eso que las abuelas solían llamar hilacha apenas J Balvin aparece, despreocupado por el alboroto, flotando sobre una cama de nubes artificiales. Sin embargo, el intérprete trae consigo un discurso conciliador, de ahí que pida muy atentamente a los progenitores que siempre apoyen a sus retoños, pues éstos, recalca, podrían convertirse en los artistas del futuro.
Apenas alcanzan a verse una cruz y una brújula trazadas en el cuello, y la palabra “real” escrita en los nudillos de la mano izquierda, aunque todos saben que hay mucho más que eso en su piel. En realidad, el colombiano tiene bastante qué decir, pero como no le basta con sus canciones se ha forrado de tatuajes. También es la razón por la cual porta una chamarra tapizada con marcas de lubricantes para autos, además de gafas con la firma del diseñador rotulada en el armazón, bien grande. Con el sudamericano vienen cuatro bailarines, quienes se encargan de las piruetas; el del micrófono tiene suficiente con alzar el índice mientras rima, repitiendo historias que los presentes saben de cabo a rabo.
“Veneno”, con guitarras a todo volumen, cercanas al sonido rocker de Deftones; “Safari”, rica en percusiones sintéticas cuya raigambre se advierte africana (producto, por cierto, de la colaboración de Pharrell Williams); y “Snapchat”, una suerte de dub espeso, poseedor de amenazantes frecuencias graves. Ahí las excepciones de la cita, los temas que eluden la fórmula que se repite una y otra vez para disfrute del público. “A ella le gusta la candela y que la prendan en llamas”, señala Fuego (Miguel A. Durán Jr.), el invitado especial, cuando toma su turno al lado del anfitrión para manar un ritmo tribal, tan monótono como adictivo que le impide a cualquier cadera permanecer quieta. Y lo mismo ocurre con “Bobo”, “Si tu novio te deja sola”, “Sorry” y las que vengan. Tonadas que por todas partes se tararean; quizá sólo faltaba que pasaran lista en el foro de Reforma.
Líder indiscutible de las listas de éxitos, especie de Rey Midas con quien todos ansían codearse, el de Medellín le debe harto a los que lo antecedieron históricamente, como Daddy Yankee, Vico C, El General y otros más; sin embargo, una estrella pop distante de la llamada música urbana también debe ser considerada: Elvis (y claro, también su pelvis). Porque bajo la óptica de los bailes y las canciones de escándalo que alguna vez marcaron fisuras entre generaciones, el apodado Rey del Rock bien podría erigirse como el primer sujeto que sobre este planeta, muy a su manera, se atrevió a “perrear”.
Al final del espectáculo, cuando “Ginza” sugiere continuar dándole sin parar alswing salvaje, pocas dudas quedan: la costumbre de hacer eso que los más entendidos llaman twerking está lejos de ser nueva. Pero también se afianza la idea de que el reggaetón, ese ritmo al que muchos auguraban una vida fugaz y poco memorable, sigue más de moda que nunca y que el sujeto de apellido Balvin, ése que risueño ordena “sigue bailando mami, no pare”, es quien se encarga de mantenerlo vivito y coleando.
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Luis Enrique (Dos Naciones)

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Nunca me corrieron de la cantina Dos Naciones. Así fueran las cuatro de la mañana, la música, los tragos y las mujeres platicadoras y bailadoras circulaban generosamente. Grandes anécdotas guardo de ese sitio que ayer, según se cuenta, protagonizó la última de sus juergas. Recuerdos risueños que hoy adquieren tonos dorados.
He de decir que las meseras siempre -sí, siempre- intentaron picarnos a mí y a mis compinches de fiesta los ojos, engordando la cuenta a niveles ridículos. Pero, vaya, que eso pasara podría decirse que era normal, ¿no? Después de todo, qué otra cosa podría esperarse de un sitio así. Lo que rememoro con harta molestia es la vez en que, alentado por el calor de los tragos y la insistencia de quienes colmábamos una de las mesas del sitio de Bolívar, un amigo decidió cantar una canción con el combo tropical que sobre la tarima del antro se discutía. Aquél habló con los músicos desvelados y éstos aceptaron prestarle el micrófono para juntos discutirse “Yo no sé mañana”, de Luis Enrique. Los resultados del palomazo salsero fueron, francamente, excelsos; la gente llenó la pista de baile y hubo felicitaciones para el intérprete emergente por su ejemplar desempeño. Lo curioso fue que a la salida, cuando ya habíamos finiquitado la inmensa cuenta que nos endilgaron, unos tipos nos detuvieron para decirnos que faltaban cien pesos por pagar. Con la lengua anestesiada argumentamos que ya habíamos aniquilado la deuda, pero se nos explicó que cantar un tema con los de las congas costaba eso, cien pesotes. Y pagamos. Discutir era necio. Fue un momento bochornoso, eso sí.
En fin, que se va El Two Nations (su apodo cariñoso). En sus paredes se quedan montones de historias. Es éste el adiós de una era.

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Maluma (y El Cándido)

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Apenas se la puso por vez primera, José Luis se enamoró de su bata para el laboratorio de química. Le parecía que le sentaba de maravilla, así que jamás se la quitaba. Nunca. No importaba si tal día no tomaríamos la materia de las probetas; él se encimaba su percudida prenda blanca. De siete a dos. Incluso cuando jugaba fútbol. Nació su mote entonces, puntual y vulgar. Lo bautizaron como el Dr. Cándido Pérez. A mí me parecía que a José Luis le gustaba su apodo. Le daba caché, acrecentaba su estatura e, incluso, le enderezaba un poco ese par de pies chuecos que tantas veces lo hizo irse de trompa mientras corría, a la hora del descanso. A la larga, aquel sujeto simple y llanamente era reconocido como El Cándido. Ahí viene El Cándido, ¿supiste que El Cándido está enamorado de la Nohemí?; no mames, El Cándido se fue de pinta.
Hoy, en el tianguis, lo vi después de muchos, muchos años. Andaba yo apretujado y sudoroso entre pasillos, sonaba un tema de Maluma en el puesto de discos piratas cuando de pronto ese viejo compañero de aula pasó a mi lado, con el mismo greñero desordenado de hace décadas, aunque plagado de cabellos blancos. Vendía encendedores, peines, pilas y no sé qué más. Lleve, lleve, a diez pesos; así gritaba, sin risas, con el gesto torcido y la frente chamuscada por el sol ingrato de quién sabe cuántos mercados andados a diario, de lunes a lunes.
Y mírenme, tiemblo al decir esto: el hombre no traía su bata puesta.
Tiempo sádico, bárbaro infame. Primero le quitaste a José Luis su doctorado. Inconforme, ahora le arrebatas la candidez.

 

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