
Arturo Vega es punk. Él mismo lo acepta orgullosamente. Así como sostiene con firmeza que él es El Quinto Ramone, porque antes de él sólo están Johnny, DeeDee, Joey y Tommy; los cuatro tipos que a punta de voltios pusieron la palabra punk en las marquesinas del mundo entero. Sin embargo, en aquellos agrestes años setenta en la ciudad de Nueva York, la labor de Vega no consistía en raspar las cuerdas de una guitarra, nada de eso. Su trabajo lo desarrolló sobre una mesa, prácticamente a solas; lejos del sudor y el fuerte tufo a orines del CBGB. Y es que Arturo diseñó el mítico logo de los Ramones. Casi nada. Mientras los músicos se encargaron de la distorsión; él puso la palabra con mayúsculas en el pecho de varias generaciones. Así que si a alguien debe culpársele por ver tantas veces a los RAMONES tapando los pezones de toda clase de sujetos por las banquetas, es a este tipo; el hijo de un minero chihuahuense que desde hace casi cuatro décadas vive en la misma calle de Nueva York, rebautizada hace algunos años con el nombre de uno de sus mejores amigos: Joey Ramone.
El 24 de diciembre de 1971, Arturo Vega decidió a rentar un loft ubicado en el número seis de la E2 St., en Nueva York. No era la primera vez que pisaba suelo estadounidense, “ya había viajado con frecuencia a Estados Unidos en los años sesenta, especialmente a San Francisco. De hecho pasé el Verano del Amor allá”. Sin embargo, Vega no era un hippie retardado sacudiéndose los rastros de incienso; “nunca fui un hippie. Aunque compartí plenamente el concepto del amor que esa cultura enarboló. La música era lo que me atraía en realidad. El rock & roll. Me iba a San Francisco para ver y escuchar música en vivo. Fui al Monterrey Pop Festival y la pasé a toda madre, escuchando lo que me gustaba; The Who, Jimi Hendrix, Otis Redding”. Y eran los discos de esos músicos los que Arturo hacía girar a buen volumen en su recién estrenada residencia neoyorquina, “la más cara que pude pagar entonces, aunque realmente era muy barata”. Un día, un tipo se apareció en su puerta: “estaba yo pintando o lavando platos, no recuerdo bien, y de golpe un chavo entró y me dijo: oye, yo vengo a visitar a una chava que vive arriba, pero siempre que paso por aquí oigo la música que escuchas, justo la misma que me gusta a mí. Ese día ambos terminaron platicando un buen rato hasta que el invitado comentó que estaba a punto de formar un grupo con sus amigos. La suerte había hecho su parte. El nombre de ese sujeto era DeeDee, y el conjunto que estaba a punto de integrar eran los Ramones.
Arturo salió de México sin tener muy claro cuál sería su futuro, aunque sí intuía que éste lo encontraría en el cine. “Hice teatro en México -debuté en el teatro de los Insurgentes con Héctor Suárez, en una comedia musical mientras estudiaba en Bellas Artes; ahí la hacía de chavo rockero- pero no estaba seguro de querer ser director de cine. Crecí en los sesenta, entonces los directores más chingones estaban en Europa. Antonioni, Pasolini, Bergman, Fellini, Godard… Definitivamente no podía quedarme en México porque la censura y la represión de aquella época estaba de miedo. Entonces pensaba que en NY podría entrar al mundo de la cinematografía”. Sin embargo, aquella visita de DeeDee a su estancia cambiaría el rumbo de sus planes. Pronto se relacionaría con los Ramones a tal grado que terminaría creando el afamado logo del combo y diseñando las luces que bañaron a los músicos sobre el escenario durante toda su vida.
Actualmente, Vega sigue viviendo en el loft donde todo comenzó. El lugar está ubicado justo a la vuelta de la esquina de donde estaba el CBGB, el tugurio que a larga operaría como la cuna donde los primeros punks forjarían sus más rudas resacas. De hecho fue en esa residencia que él mismo, con la ayuda de DeeDee y Joey, manufacturó las primeras camisetas de Ramones; “DeeDee ponía la prenda sobre una mesa y yo le pasaba la tinta; luego Joey –con su descomunal altura- la colgaba a secar en las tuberías contra incendios que estaban cerca del techo”. En aquella época, el hogar de Vega estaba prácticamente vacío; apenas había colchones, unas cuantas repisas con discos y las mesas donde trabajaban. Los muebles sobre los cuales el cuarteto firmó el contrato discográfico que lo llevaría a la fama y que, según el propio dueño, es lo único que aún persiste de aquellos años: “aún conservo esas mesas, después de todo fue sobre una de ellas que diseñé el logo del grupo”.

¿Qué eres en realidad, Arturo; pintor, diseñador, actor, director frustrado de cine?
Soy un artista. Pero quiero advertir que no soy un profesional de nada. He evitado premeditadamente profesionalizarme en algún área específica porque hacerlo es la muerte; significa limitarse. En ese sentido, actualmente me siento más punk que nunca. Y es difícil explicarlo porque la gente está acostumbrada a obedecer ciertos clichés y etiquetas, pero a mi edad considero que mi espíritu es absolutamente punk, lo es incluso más que cuando estuve en giras interminables con Ramones, en los setenta.
Y tu trabajo gráfico, ¿es punk?
Posee ciertos elementos punks. Lo que sucede es que ese estilo está estereotipado, pero poco tiene qué ver con lo que yo creé en su momento; observa las fotos de los Ramones, ellos fueron la semilla del punk y jamás poseyeron una imagen asustadiza o agresiva; mucho menos lo fue la iconografía que yo cree para rodearlos. Cuando diseñé su logo tenía un objetivo en mente: contrarrestar la imagen de caricatura que ciertos medios le estaban creando al grupo. John Holmstrom era un gran ilustrador de Punk Magazine, pero a mí me molestaba mucho la forma en que trataba a los Ramones, aunque entiendo que los propios músicos se prestaban para eso, para ser caricaturizados. Para ir contra esa tendencia, lo que creé fue un concepto redondo, total. Porque el águila ofrece la simbolización del poder, y luego están los nombres de los músicos rodeándola. Todo eso se concentra como una fórmula química que yo no sé que le provoca a la gente en el cerebro, pero muchos han adoptado esa imagen como propia. En otro nivel gráfico, llegaron a acusarme de fascista por las luces que diseñaba para los conciertos. Un crítico inglés dijo que eran como una catedral de luces para Hitler, porque yo disparaba rayos perfectamente simétricos sobre el grupo. Años después hice pinturas con las suásticas nazis, pero con la intención de provocar a la gente. Lo que buscaba era generar una pregunta: ¿qué son verdaderamente el bien y el mal? Porque hay que ponerse en contacto con nuestro lado oscuro; los nazis no eran marcianos, sino seres humanos. Pero volviendo a la pregunta, todo lo que yo desarrollé para Ramones respecto a imagen, jamás contó con manchones grotescos ni con el desorden que luego se impondría como regla en el punk, como si todo fueran posters en serie de películas de horror. Mi trabajo fue limpio. Y ese era el estilo de Ramones también. ¿Para qué ensuciarse y pararse los pelos? Sus jeans estaban rotos y las chamarras también, pero no premeditadamente; realmente así usaban su ropa diariamente.

Cuando DeeDee se asomó a tu loft por vez primera, ¿ya iba vestido así, a lo Ramone?
No, entonces venía de su trabajo. Él laboraba en una tienda para señoras ricas y tenía que vestirse impecablemente. Hay unas fotos donde estamos en mi casa, firmando el contrato discográfico y bueno, ahí puede notarse que DeeDee venía de trabajar. ¡Incluso portaba un gazné!
Y una vez que conociste a esos rijosos, ¿te hiciste como ellos, adoptaste su facha?
No. En realidad no. Pero he de decirte que la chamarra que DeeDee trae puesta en la portada del primer disco era mía. Es más, Joey y él salen en muchas fotos usando mi chamarra, y eso ocurría porque, simplemente, la mía estaba más chida que las de ellos.
Se dice que en cierta ocasión los Sex Pistols se juntaron con los Ramones a beber y que los de Nueva York se orinaron en las cervezas de los ingleses, pero que éstos se las bebieron sin enterarse de la gracia. ¿Eso ocurrió verdaderamente?
Jajajaja. Es que los ingleses beben la cerveza caliente porque hace años la refrigeración era un lujo en Inglaterra. Entonces, hace tiempo era común beber cerveza caliente allá. ¿Y qué te puedo decir? En las giras europeas siempre nos daban cerveza tibia, entonces una vez, en un camerino, los Ramones mezclaron sus propios orines con cerveza y sí, se las tomaron los Pistols. Pero nada que se quejaban ¿eh? Rotten bebió con toda naturalidad. Jajajaja. Creo que yo una vez bebí mis propios orines, pero en un viaje de ácido. No recuerdo qué tal saben. Horrible, seguramente.
Joey y DeeDee vivieron durante algún tiempo en tu casa, ¿fueron esos días de degenere, de drogas duras y desenfreno?
Fueron días extremos. Cierto. Hombre, éramos jóvenes y libres, ¿qué podías esperar? Hablando de drogas, yo me inyecté heroína dos veces, y lo hice con DeeDee, para sentirlo solamente. Pero no me gustó nada la experiencia. Yo me quejaba “ay, DeeDee, ¿esto es lo que se siente?”, y él pensaba que yo andaba bien elevado, incluso quería “ponerse a mi nivel”; “me gustaría andar tan alto como tú”, me platicaba. Pero en realidad yo me la estaba pasando muy mal. Quería vomitar. Lo he probado todo: LSD, anfetaminas, peyote, cocaína, hongos y crack -la mariguana me daba sueño, nunca me gustó- pero nada me ha enganchado, jamás.
¿Cuál es tu disco favorito de los Ramones?
La verdad a mí no me gustan los discos de los Ramones. Las canciones son fabulosas, pero los discos no corrieron la misma suerte. Me explico: escuchar las canciones en vivo era como meter los dedos a la toma de corriente eléctrica. Te lo digo yo, que estuve ahí desde el comienzo, en los ensayos, antes de que el primer disco del grupo saliera a la luz. Y las canciones sonaban verdaderamente poderosas. Pero luego las grabaron y quedaron diminutas. Cuando yo escuché esa sangronada del primer disco, pensaba: ¿qué, a quién le va a gustar esto? Pero lo decía porque sabía del potencial de los temas en los ensayos. Te repito, los Ramones en vivo eran auténtica una descarga de voltaje.

Hay una foto donde estás al lado de Tommy. Parece que está enseñándote a tocar el bajo. ¿Eres músico también?
Un día estaban ellos ensayando y yo me puse a cantar. Tommy era el estratega del grupo y se sorprendió un poco por mi atrevimiento, entonces me dijo que estaría bien que yo aprendiera a tocar el bajo. “Si algo le pasa a DeeDee, tú podrías sustituirlo”, decía. Entonces yo sentía gacho cuando él me enseñaba a tocar, porque sabía que me estaba entrenando para cuando algo malo le pasara. Pero yo jamás he tenido la menor intención de aprender a tocar un instrumento. Para mí, la música es como hablar en chino. En realidad, mi idioma es la imagen. Te lo pongo así: los Ramones vendieron cientos de miles de discos, pero millones de camisetas. Yo lo vi, estuve en cada show. Quizá no todos compraban sus discos, pero nadie se los quería perder en vivo, y yo igualmente aporté algo a su imagen, con mi diseño de luces.
¿Recuerdas especialmente algo de las vistas de Ramones a México?
Que fueron un desastre. Nos mintieron todo el tiempo. Tocamos una vez en Pantitlán, donde había una alberca, y desde que llegamos a montar el escenario descubrimos que no había forma de subir a él, pues no tenía escaleras. Pensamos que luego las pondrían, pero nunca ocurrió. Al final los músicos tuvieron que dar grandes saltos para subir y bajar de la tarima. Además, a todo lo que pedíamos de equipo nos decían que sí, pero a cambio nos traían pura basura. Nosotros vendíamos estadios de futbol en Argentina y Brasil, pero en México no despegábamos, era ridículo. Y los Ramones siempre tuvieron una afición especial por México, porque los fanáticos respondían maravilloso. Yo también me encargaba de todo lo relacionado con el merchandising del grupo, y cuando salía a darme una vuelta a los alrededores, en nuestras estancias en México, descubría que había instalado un millón de puestos de camisetas piratas, los cuales, claro, no le pedían permiso a nadie para vender, pero lo hacían con toda tranquilidad.
En ese sentido, ¿qué sientes cuando caminas por el tianguis del Chopo, por ejemplo, y te encuentras con tantas versiones piratas del logo que diseñaste?
Me da mucho gusto que eso suceda. Te diré por qué. Se está elaborando un documental sobre las camisetas del rock y hay dos piedras angulares en esa historia: una es John Pasche (creador de la lengua de los Rolling Stones) y la otra soy yo. Te hablo de los dos logos más famosos del rock. Lo que ha ocurrido con mi diseño de Ramones es impresionante, porque en muchas partes del mundo lo adoptaron para ofrecer su propio mensaje. Hace poco vi una apropiación increíble: tiene al águila intacta, pero en lugar de decir Johnny, Joey, DeeDee y Tommy, tiene una frase de San Pablo, y en lugar de Ramones dice: ROMANOS. Ya para rematar, hasta abajo se lee “Jesucristo es la luz”. Ese trabajo me parece insuperable; ¡los Ramones en los evangelios! Vaya homenaje.
Hay una versión que tiene el rostro Don Ramón, un personaje del Chavo del Ocho, en lugar de las caras de tus amigos.
Y no me causa gracia, porque está mal hecha gráficamente. Cuando estaba en Las Vegas, en la convención de mercancía más grande de Estados Unidos, vi esa camiseta. Ahí estaba la compañía de México que la hace y me acerqué a decirle a su gente que estaba muy bien su humor, pero que no se podía comercializar piratería en ese lugar. Tengo una política al respecto: yo diseñé ese logo, y tengo la autoridad para no decir nada si la imitación está bien terminada. De hecho, yo mismo he comprado camisetas piratas cuando me gustan, y me las pongo con frecuencia.
¿Has visto la edición de Ramones que Converse puso a la venta?
El bordado no me gusta, es barato y está mal hecho. No sé, siento que la marca no se preocupó demasiado por diseñar un buen producto. Quizá se preguntaron: ¿quiénes eran esos Ramones? Unos punks ¿no? OK, hagamos unos tenis con un parche y ya. Comparado con lo hecho por Hysteric Glamour, están muy por debajo. Observa los tenis de los japoneses y dime ¿qué maquina consigue esos acabados? Son impecables. Esos tenis orientales son un placer para la vista y el tacto. Los de la firma hicieron un trabajo sofisticado, pero sin traicionar la ideología punk del grupo.
Cambiando de tema, es sabido que eres corredor. Incluso te inscribiste varias ocasiones al maratón de Nueva York.
Empecé a correr cuando cumplí cincuenta años, para imponerme un nuevo reto, un aliciente. Me gusta hacerlo porque es una actividad que desarrollo a solas, apenas necesito un par de zapatos, y como soy exageradamente individualista, es un deporte ideal para mí. Cuando estuve de gira con Misfits, el autobús del grupo solía estacionarse en las afueras de las ciudades europeas, como Ámsterdam, entonces yo me levantaba en las mañanas a correr por los alrededores. Veía paisajes y gente distinta todo el tiempo, y eso me fascinaba.
Arturo, ¿dónde puede verse tu obra gráfica completa; hay alguna página en la red?
¿Sabes que no hay un espacio así? Tengo una bodega llena de obras mías, pero en realidad muy pocos la conocen. Es que a mí me importa crear. Me interesa producir obras, pero no tanto exhibirlas. A veces me pregunto por qué me sucede este fenómeno y concluyo que el beneficio que obtengo al crear es madurar como ser humano, porque con mi arte me depuro. Y la realidad es que ese es mi objetivo final como persona: morir como un ser humano suficientemente maduro. En el más alto nivel.
Cuando se le pregunta a Arturo si extraña algo de aquellos años setenta dispara sus últimas revelaciones. Recuerda el sonido de Ramones, habla de cuando escucho a esos cuatro por primera vez, cómo no pudo evitar sonreír, “porque estaba presenciando algo muy poderoso y enigmático. Para mí, fue como cuando vi por primera vez un edificio de Frank Gehry. ¿Has estado en Bilbao? Cuando estás frente a su obra no puedes negarlo, dices ¡qué chingonería! Vaya formas, porque él recrea intestinos, pero hechos de titanio”. Al final de la charla, Vega se pone en serio y, mientras repasa con la mirada el parche de Ramones que adorna su gorra, hace la última confesión, esta vez, salida de lo más hondo de su espíritu punkie: “claro que extraño escuchar a los Ramones en vivo. Pero más que eso, añoro platicar con Joey. Hacer cosas con él”.
