Rhye (El amor es el combustible)

Rhye

La escena se atestigua tecleando el sitio You Tube: una chica es iluminada por la luz parpadeante de una vela que colorea sus facciones de tonos rojizos. Por segundos, la mujer luce apenada, ruborizada; y de pronto parece sentirse orgullosa, plenamente feliz e identificada con lo que sucede frente a ella. Y es que ante sus ojos y oídos –y a espaldas del internauta, entre penumbras- alguien le canta una sentida y sencilla melodía al piano, una tonada de esas que se abren camino con las uñas, nota tras nota, hasta perforar el cuero. “Open”, es el nombre del tema. Y claro, en su momento el video de marras se regó como virus implacable hasta alcanzar miles de likes. Sin embargo, cuando éste fue subido a la red (febrero de 2012), la identidad del cantor en cuestión era un misterio. De hecho, entonces circulaba entre usuarios una pregunta primordial: ¿quién interpretaba esa canción, un hombre o una mujer?

Pronto se sabría que el responsable de la composición era un tipo llamado Mike Milosh y que la protagonista del video era nada menos que su pareja; además, que aquellas imágenes y sonidos contenidos en unos cuantos minutos tenían objetivo tan simple como complejo: hacer un retrato del amor y la sensualidad del modo más honesto posible. “El amor y el sexo son hermosos –reveló el músico para el sitio Pitchfork-, no creo que éstos deban ser presentados de modo grotesco”. Así que para manifestar su repudio ante tal degradación, frente a esa perversión y libertinaje que Mike dice encontrar especialmente en la música pop, decidió aliarse con Robin Hannibal para formar Rhye, una dupla que eligió el anonimato al arranque de su historia para así centrar la atención de sus escuchas en lo que para ella verdaderamente importa, la música.

El primer encuentro entre ambos tuvo lugar durante el verano de 2010, cuando Hannibal se encontraba en su natal Copenague y decidió buscar a Mike, un artista canadiense que se hallaba momentáneamente en Berlín. Jamás se habían visto cara a cara, pero se admiraban mutuamente; el primero formaba parte del dúo Quadron y el segundo llevaba tiempo anunciándose en las marquesinas que proyectan beats electrónicos como Milosh. Finalmente el europeo llamó al americano para que éste cantase en un remix que traía entre manos. En realidad, un boleto de avión de treinta euros y las tres composiciones que durante esa cita confeccionaron los separaban, luego, nada volvería a ser igual. A inicios del siguiente año el par chocaría sus manos feliz, tras enterarse de que el sello Innovative Leissure lo tenía en la mira. El plan fue trazado: grabar un disco juntos era el primer objetivo; elegir un nombre, el siguiente.

¿Qué hay detrás del apelativo Rhye? Sólo sus artífices lo saben. De hecho, se dice que tras bautizar el proyecto formularon con pacto irrompible: jamás revelarían su origen. Y así como fueron herméticos con la raíz de su denominativo, eligieron cubrir sus rostros con un velo. “Es que no creo que a la gente deba importarle mucho cómo luzco, cómo soy –explica  Milosh vía teléfonica desde Canadá-. Para mí, lo verdaderamente relevante son las canciones, ¿qué importa quién sea que las cante? Esa es la razón por la cual durante algún tiempo oculte mi rostro”. Woman (2013) es el álbum debut de Rhye, una colección de temas cuyo perfil es revelado por Michael: “lo describiría como música honesta, básicamente. Rhye es el resultado de una mezcla donde se concentran elementos de r&b, pero también de soul – me encanta la música de Motown- y algo de música electrónica”.

¿Cómo se consigue unir sonidos orgánicos con virtuales sin que el discurso musical se extravíe?

En directo jamás uso samplers, nunca. Si acaso, llegó a utilizar un pedal para hacer loops y un delay para mi voz, no más. El resto de la instrumentación en los conciertos de Rhye es muy orgánica, pues hay un cello, un trombón, un tecladista, un violinista. En realidad, prácticamente todo es ejecutado en vivo. Esto sucede en cierta medida porque trato de mantener una distancia entre  Rhye y Milosh, mi otro proyecto musical. En el segundo caso uso muchos sintetizadores, samplers y todo eso; mientras en el primero me esmero especialmente porque en las canciones sean preponderantes los instrumentos reales.

La mayor parte de Woman fue grabado en Los Ángeles, ¿consideras que el espíritu de la ciudad permeó las composiciones que integran dicha obra?

No creo que las ciudades en donde son grabados los discos penetren en las canciones. Los temas que vienen en Woman hablan de un momento muy especial en mi vida, de cuando me enamoré, y ese sentimiento fue mucho más poderoso que cualquier ciudad donde yo pudiera estar.

¿Qué va a suceder en el futuro, planeas usar el amor combustible por más discos?

Nunca hago planes. Sólo escribo de lo que ocurre en mi vida y listo. Por ejemplo, tengo una canción, “Hunger”, que no habla de amor; aunque la gente piense que es así. Woman tiene muchas canciones de amor, cierto, porque eso era importante para mí cuando las compuse; en el futuro seguiré escribiendo de lo que sea trascendente en mi vida en ese momento.

¿Qué opinas de la forma en la cual son abordadas las relaciones amorosas en la música popular de hoy día?

Creo que la música moderna aborda el sexo de modo misógino. Las canciones hablan de sostener relaciones con varias mujeres, pero jamás de hacer el amor con una sola, con tu esposa, por ejemplo. Yo hablo de personas que se enamoran, porque cuando esto ocurre haces el amor, y eso es diferente. Yo prefiero escribir sobre conexiones profundas, como de mantenerme unido a una persona por el resto de mis días.

Tras conocer tu visión de la música y el amor, muchas personas deben estar ansiosas por escucharte en directo en México, ¿guardas alguna expectativa sobre tu próxima presentación en Lunario?

Estoy emocionado de llegar a nuevas audiencias y tengo la esperanza de que la cita en México se transforme en una noche hermosa. Sin embargo, procuro no crearme expectativas, intento no pensar en qué sucederá. Me gusta vivir el presente, así que lo que sea que vaya ocurrir, que suceda.

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Wisin (Ciudadano en la tierra de la rumba)

Wisin

Wisin jamás se ha ido; siempre ha estado en los oídos de miles debido a que sus rimas no han dejado de fluir al lado de su compañero sonoro, Yandel. Sin embargo, el puertorriqueño anuncia que está de vuelta con un álbum “solista” encargado de darle continuidad a un camino que arrancó diez años atrás. Su título: El regreso del sobreviviente. Y lo de entrecomillar que se trata de un plato manufacturado solitariamente ocurre debido a que al lado del cantautor esta vez se encuentran personajes de la talla de Jennifer López, 50 Cent, Ricky Martin y Franco De Vita, entre otros. Así que la denominada música urbana está de fiesta al ritmo de dieciséis temas donde, como de costumbre, las frecuencias graves retumban en el pecho y las caderas extravían el eje.

¿Qué ofreces en este disco que tus escuchas no  puedan localizar en el temario que has desarrollado con Yandel?

Nunca en mi carrera al lado de mi amigo había interpretado un bolero o una canción electrónica, por ejemplo. Además, en este álbum canto; ya no sólo rapeo, como hacía en el dúo. Por otro lado, cuento con nuevas fusiones de ritmos brasileños; trabaje especialmente en las percusiones y eso me encanta, grabar instrumentos en vivo. En síntesis, he grabado un disco muy versátil debido a que, como siempre, metí mano en la producción, de lleno. Tuve de cerca Franco De Vita, Sean Paul, 50 Cent, en fin, a todos. Este disco tiene romanticismo, dance hall, hip hop.  Es música genuina y honesta.

El listado de invitados es jugoso y se encuentra plagado de vendedores de discos sin reservas.

Francamente no pensé que conseguiría juntar a tantas estrellas en el disco, la verdad, pero gloria a Dios que lo logré. ¿Qué te digo? Franco es  un maestro por la forma cómo compone e interpreta. Es la clase de gente que quiero tener a mi lado, alguien que me ofrezca un consejo con la experiencia detrás de sí. El track que hice con él es probablemente uno de los más grandes que he grabado a lo largo de toda mi carrera.

Sobresale el hecho de que Jennifer López y Ricky Martin estén juntos en un mismo tema, “Adrenalina”.

A todos los invitados en el álbum los admiro y los respeto, trabajar con esta gente es un sueño hecho realidad; pero el hecho de que Jennifer y Ricky estén juntos conmigo en una canción, pues wow, es fabuloso, ¡cómo no estar emocionado! Ambos son grandes artistas, muy profesionales y disciplinados.

El plato arranca con la voz de 50 Cent, ¿por qué lo elegiste a él para abrir brecha?

50 hace la intro de mi disco porque él fue baleado en cierto momento de su vida; es un sobreviviente de la calle, por eso está ahí primero que todos. Él sabe de sobrevivencia.

¿Experimentaste alguna experiencia callejera rijosa alguna vez? 

Me crié en barrios conflictivos. Yo sé de la calle, cómo se vive ahí. Pero he salido adelante. Para mí, es importante que los chicos sepan que vivir en el barrio no significa que uno deba dedicarse a vender o consumir drogas; uno puede crecer. De eso se trata la vida, de crecer todo el tiempo. Puerto Rico es un país hermoso, de gente buena. Es cierto que la economía no está como quisiéramos pero creo que no debemos de quejarnos. Hay que ver lo positivo. Mira lo que está viviendo Venezuela, por ejemplo; eso sí es un caos. El gobierno no ha logrado llegar a un acuerdo con el pueblo. Puerto Rico es tierra bella. Y la gente, repito, es buena.

¿Has meditado la posibilidad de hacer a un lado la fiesta con tal de elaborar letras que aborden la realidad política de tu país? Algo parecido a lo que ha hecho Calle 13, quizá.  

No me gusta tocar esa clase de temas en mis canciones. Amo a mi tierra, allá están mis raíces y me gusta mirar lo positivo. Como te decía, los puertorriqueños somos peleones y estamos preparados. Es una tierra de rumbas y playas lindas, y de eso me gusta cantar a mí.

Algunas personas critican al reggaetón debido a que sus historias repiten los mismos tópicos una y otra vez. Uno de ellos es el papel que la mujer juega en una relación; ciertos escuchas lo consideran denigrante.

El regreso del sobreviviente es un disco donde la mujer no va a sentirse denigrada nunca. Claro, yo tomo ciertos temas con picardía, pero con delicadeza también, para que la mujer no se sienta incómoda. Definitivamente se puede hacer música urbana y hablar de amor. Yo lo he hecho con canciones como “Gracias a ti”, “Lloro por ti” y “Dónde está el amor”. He hecho muchas canciones que hacen que se te erice la piel porque la música rompe barreras y el papel del creador es atreverse a hacer cosas diferentes. Pero en estos momentos de mi carrera no puedo detenerme a pensar en la gente que no está contenta con mis canciones; debo fijarme en mis fans, que son millones. A ese público me dirijo yo; no puedo levantarme pensando en lo negativo porque eso me retrasaría y como antes dije, lo que yo deseo es crecer.

Wisin, ¿habrá un tercer volumen de canciones tuyas como solista?

Por supuesto que sí. Esto no acaba aquí. Hay muchas personas con quienes quiero colaborar aún. Marc Anthony, Shakira, Camila, Prince Royce, Enrique Iglesias. Mucha gente talentosa. Yo pienso que hay que estimular este tipo de encuentros porque el público los disfruta mucho. Además, para mí, una de las cosas más importantes que tengo que hacer es mantener una buena relación con mis fans, es mi trabajo lograr que la magia que hay entre nosotros no se muera nunca.

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Michael Jackson (Sin tiempo para extrañar)

MJ

La muerte es terrible. Y una red social como Facebook suele convertir tal suceso en un funeral eterno debido a que los amigos de quien falleció no hacen más que escribir lo bueno que aquél fue o cuánto lo extrañan. La tecnología puede ser muy cruel con los sentimientos y éste, el “nuevo” álbum de Michael, demuestra este hecho cabalmente.

Porque escuchamos la voz de Jackson, impecable, como si cada tema hubiera sido grabado por él hace apenas unos meses. Sin embargo, se trata de tracks vocales que L. A. Reid, el jefe del sello Epic, desempolvó de un baúl de tesoros para darles una maquillada y así sonasen lo más modernos que fuera posible. Para conseguirlo recurrió al talento de Timbaland, a quien rodeó de otros productores como Rodney Jerkins, Jerome Harmon, John McClain y Stargate. El resultado, naturalmente, carece de fisuras. Es decir, si se une el talento de tal combo de manipuladores de perillas a la voz del llamado Rey del Pop, difícilmente se produciría algo aberrante; pero resulta inevitable preguntarse; ¿el dueño de Neverland hubiera aprobado un proyecto con estas características?

En Xscape hay guiños a Bad, Dangerous e Invincible, los últimos discos del cantante –olvidemos la primera producción póstuma, Michael-, y, además de los susurros, falsetes y gemidos del bailarín lunático, podría hablarse de un sello imborrable en las composiciones; ciertas progresiones armónicas, más o menos constantes a lo largo de los discos antes mencionados, algunas percusiones, una especie de soul deslavado y cierto funk contenido. En otro carril, se encuentra el arsenal de sintetizadores y trucos de computadora que los productores de la obra aportaron; los ritmos quebrados, los coros femeninos, la adición de Justin Timberlake. Los recursos de los cuales echaron mano para que pareciera que Jackson está aquí, al día, como sus chasquidos y palmas, esos chispazos rítmicos que parecen imperceptibles pero que dotaron de personalidad a uno de los cancioneros más célebres de la música pop.

Michael ya no habita en este planeta y, por irreal que parezca, vivimos una época donde no le ha sido permitido irse. Por ejemplo, aquí estamos ahora, como si éste fuera su muro de Facebook, diciéndole que extrañamos la época cuando hacía álbumes fabulosos. Confesándole que añoramos bailar Thriller como si eso fuera lo único que importara en la vida.

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Broken Bells (Sangre y plástico, disco y vida)

BB

¿Hay vida después de la muerte? Así es. Y existen pruebas de tal sentencia sin la necesidad de recurrir a la metafísica: pese a que los punks no tuvieron miramientos para decir que el futuro era una ilusión, basta echar un vistazo a la historia de la música para descubrir que algo llamado post punk anda coleando y, no sólo eso, un ente denominado post rock goza de buena reputación. Así que, bajo estos argumentos, sería sencillo decir que la música disco no se extinguió con el entumecimiento muscular de John Travolta; sino que sigue viva. ¿Es que estamos insinuando la existencia del after disco? Sí señores.

Y no es éste lugar para citar los escarceos de Daft Punk con Nile Rodgers, evitemos la obviedad. Mejor charlemos de Broken Bells, dos tipos de pelaje espeso: James Mercer, cabecilla de The Shins; y Brian Burton, cuyo mote es Danger Mouse, geniecillo responsable del temario de Gnarls Barkley y de la producción de discos de Gorillaz, Jay Z y muchos otros. Una dupla de perfil interesante que ya ha arrojado dos platos y que con After the disco, su nueva producción, advierte que la suya podría ser una carrera larga.

El título de la obra en cuestión es elocuente, pues se trata de un listado de temas donde, a primera escucha, sobresalen voces plenas de falsetes a la Bee Gees y una base rítmica que echa mano de los recovecos funkys de la música disco. Así que aplausos al bajista y su excelso desempeño, por ejemplo, en el tema que da título a la obra y también en “Holding on for life”, así como al encargado de los sintetizadores, plenos de melodías bañadas de brillantina y con cierto dejo de glamour; nada de serpenteos predecibles y sí, a cambio, ansias de sorprender con figuras sencillas, de gancho pronunciado. La siguiente ovación va para el encargado de las voces, quien sin lucir grandilocuente consigue contagiar emotividad (“The remains of rock & roll”).

Además de lo escrito, uno de los mejores aciertos del dúo radica en el modo en que recurre a los trucos del pop –entiéndase el término como indie para geeks, un club del cual James es miembro honorario-, donde la guitarra se anuncia frecuentemente como protagonista. De modo que múltiples tonalidades acústicas (“Leave it alone”, “The angel and the fool”) y eléctricas (“Control”) comparten reparto con cacharros sintéticos en ambientes donde bailar es imperativo, pero también sentarse a descansar mientras se medita respecto al rumbo de los pasos.

Así que hay vida después de la vida. Disco después del disco. Basta escuchar a Broken Bells para saberlo –y más a estas alturas donde los líderes del pop se apellidan Cyrus y Beiber-; el amasiato ideal entre vísceras y silicio, entre sangre y plástico.

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M Ward (Cielos furiosos)

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Está lloviendo. Rudo. Y yo desde hace media hora me encuentro dentro de la estación Álvaro Obregón, aguardando a que los truenos se detengan. En mis bolsillos, un boleto indica que M Ward empieza a tocar a las 21 horas; el reloj de mi celular dice que ese número fue rebasado hace cuarenta minutos. Así que corro hacia el Plaza Condesa. Salto charcos y aprovecho la marquesina del café Bizarro  y las vitrinas del Barracuda para detenerme, tomar aire y de nuevo seguir. La lluvia arrecia aún más y me orilla a guarecerme bajo el minúsculo techo de una panadería y el estacionamiento de la sala Chopin. Los pies me pesan. Todo pesa.

Decido seguir, empapado, hasta finalmente llegar a las puertas del Plaza. Desde la banqueta escucho la voz de Ward. Está cantando “Gotta lotta losing”.  Cruzo hileras de miembros de seguridad, me abro campo entre la gente hasta pararme a cinco pasos del guitarrista, quien avanza hacia mí para enseñarme lo bien aceitado que se encuentra el resorte del trémolo de su instrumento. El tipo da pequeños saltos mientras toca y los tacones de sus botas pisotean cables. Está, desde mi perspectiva, sumergido en un trance eléctrico de corte campirano. De pronto, abriendo las piernas e inclinándose un  poco, como si estuviera a punto de disparar una pelota de golf, susurra frente al micrófono un tema que habla de una chica primitiva. Y yo siento que no puedo perder tiempo dirigiéndome a la barra por una cerveza. Pese a que el sudor y la lluvia ya se confunden en mi chamarra y tengo la trompa seca tras la carrera, prefiero quedarme ahí, donde estoy, salpicando de agua a mis vecinos cuando llegan los turnos de “Rave on” y “Fahey”.

Finalmente, Ward nos agradece que estemos ahí. Habla de “cielos fiuiriousos” y, como si cualquier bagatela fuese, desgrana cada rima de “Paul´s song” para dejarme con los brazos bien blandos. Pinche pregunta afilada la suya para despedirse: ¿por qué hacia donde quiera que vaya, parece que el cielo está a punto de derrumbarse?

Regreso al metrobús tras el show. En el camino, me hago de un boing de guayaba y sorbo y ando. Abordo el último camión de la noche y cuando me levanto del asiento para mudarme a los andenes del metro, descubro que voy dejando un camino de gotas tras de mí. Mirando un mapa subterráneo, pienso en que nunca he estado en Portland, la ciudad de la que habla esa canción de Matthew que tan hondo me lleva. Portland. Portland. Yo qué voy a conocer ese sitio. Apenas he estado en unas cinco ciudades distantes de ésta que desde hace décadas se empeña en arrugarme la frente. Pero las canciones están de mi  parte, por eso estoy seguro de que allá, en el noroeste del continente, al otro lado de las ventanas de los departamentos, no importa la distancia, todas las noches lucen como ésta del DF. Sin falla las veladas  son así, idénticas a las de acá cuando llueve. Que nadie se sienta superior; el cielo se encabrona igual en todas partes.

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Mogwai (Más allá de cualquier respuesta)

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Más allá de las canciones, ¿dónde encuentran respuestas quienes aman la música? Es decir, ¿a quiénes se dirigen para satisfacer su hambre de información? ¿Por qué ellos, los amantes anónimos, a diferencia de los músicos que les generan preguntas, nunca tienen suficiente con los discos y los conciertos; por qué siempre necesitan saber más?   

Hace décadas, en una época romántica y arcana, inmensas rodajas de vinil eran vendidas en tiendas departamentales (sí, los discos se encontraban al lado de los tomates) y, una vez pagando su precio a la cajera en turno, el escucha adquiría respuestas al reventar el celofán, leyendo los créditos de álbumes que giraban en tornamesas que raspaban surcos hasta gastarse los compases. Otros, preferían la radio; encendían ese aparato de brujas, sintonizaban su frecuencia favorita y confiaban en todo lo que el dueño del micrófono tuviera por decir al aire. Los últimos, acudían a las revistas especializadas; se hacían de ejemplares donde apareciera esa entrevista exclusiva, aquel análisis sesudo firmado por un tipo que sabía más que nadie. 

Al presente también le encanta el romance y por eso les ofrece a los hambrientos de respuestas muchas más alternativas que el pasado; pero acá vamos a centrarnos en el caso de las revistas, de las aferradas revistas. ¿Por qué? Porque tú eres de los que prefieren ese canal para hacerse de respuestas, por eso tus ojos han llegado hasta este renglón. Sí, tú eres de los que confían en que otro sea quien haga las preguntas por una razón muy sencilla: ese alguien estudió para aprender a hacer buenos interrogatorios, así que no puede fallar. De hecho, para eso le pagan. Y seguramente ahora piensas por qué tanto rodeo para hablar de Mogwai, ese combo escocés que suele rajarles los oídos a los inocentes que consideran que los decibeles en números altos son inofensivos. Pues bien, ahora debes cerciorarte de que, efectivamente, has elegido el canal correcto. Quien esto firma tiene años haciendo entrevistas y, afortunadamente, escribe para ésta, una revista comprometida con ofrecer respuestas interesantes. Por eso Barry Burns accedió a contestar un breve cuestionario. Un listado de preguntas dedicado a quienes necesitan saber más de los creadores de Rave tapes, una obra producida por Paul Savage que me lleva a lanzarle la primera pregunta a Burns:

¿Cómo se sintieron trabajando con Paul?

-A gusto. Él encaja bien con nosotros, nos hace sentir serenos en el estudio.

¿Y ya? ¿Punto final? OK. Barry no planea hablar más al respecto. Sigamos indagando:

Cuenta de la portada del disco, ¿quién la hizo, qué significan todos esos trazos?

- Dave Thomas la diseñó para nosotros. Le pasamos algunas películas que de verdad nos gustan, como Phase 4, de Saul Bass, y él se inspiró en los diseños geométricos de esas imágenes.

Barry es conciso. Lo mejor es poner sobre la mesa un tema que genere discusión. Veamos: Mogwai ha grabado en sellos como Matador y Jet Set records, incluso ha creado su propia firma, Rock Action Records. ¿Qué tal  plantearle cuál es su posición respecto a los sellos independientes justo ahora, que el grupo pone a la venta su nuevo disco bajo el auspicio de un logo legendario como Sub Pop?

¿Qué opinas de los sellos independientes y de su posición dentro de la industria musical actual?

- Me parecen aún más especiales hoy día. Algunas personas están trabajando duro para tener su música disponible y la presentan bastante bien con tal de que ésta sea atesorada. Últimamente hemos comprado unos cuantos viniles con empaques muy atractivos.

No hay demasiado ánimo de ir al fondo en el tema. Quizá picándole un poco las costillas sea posible prenderle la mecha al entrevistado. Torciendo el título de uno de los discos de Mogwai, por ejemplo.

¿Qué piensas de este título: Hardcore will never die, but post- rock will?

- El post- rock murió hace unos diez años, quizá más. Y no me importa hablar más al respecto. Has elegido un terrible, terrible título.

Joder. Se trata de un sujeto duro de tratar. Llegó la hora de hablar de colegas.

¿Te gustan grupos como Fuck Buttons, compuestos por músicos que generan ruido por medio de computadoras y samplers?

- Seguro. Nosotros usamos computadoras y samplers desde nuestro segundo o tercer álbum. Así se incrementa la variedad de sonidos de los que se puede echar mano sin saber tocar los instrumentos que se emulan.  Las computadoras pueden ofrecerle variedad a tus composiciones.

Vaya, parece que ha funcionado, ésta ha sido la respuesta más larga que ha dado. Hay que tirar por esa línea mencionando un grupo que Barry seguramente adora:

Y, ¿qué tal mbv, el nuevo disco de My Bloody Valentine, te gustó?

- Sí, me gustó. Quisiera escucharlo más.

Pf. Mala ruta. Pero no hay que desistir. Vayamos al pasado, a la era en que Burns ni siquiera figuraba en el grupo. Tal vez eso funcione.

¿Recuerdas cuándo escuchaste por última vez el sencillo “Tuner” / “Lower”, cómo te sentiste?

- Creo que eso ocurrió en 1999. No estuve en la banda cuando fue grabado y no suelo escuchar ninguno de nuestros discos.

Bien, el tipo no mira hacia atrás. Se corrió el riesgo, pero no hubo frutos. Aunque al mencionarle su terruño seguro habrá buen reacción. Veamos.  

¿Qué es lo peor de vivir en un lugar como Escocia?

- ¿Lo peor? Supongo que el clima. Es miserable. Horrendo. Pero Escocia tiene grandes cosas, de hecho hay muchas más buenas que malas.

De pronto, recuerdo las veces que he visto a Mogwai en directo. Así que pienso en el grado de decibles que el grupo genera y hago un intento por encontrar empatía con mi entrevistado, como el par de seres humanos que somos.

¿Qué tal la salud de tus oídos? Porque ustedes sí que tocan duro.

- Pues depende de a quién de nosotros se lo preguntes. Algunos siempre hemos usado protección, pero otros lo han hecho recientemente. Personalmente quiero mantener mis oídos en buen estado hasta mi muerte, por eso soy cuidadoso.

En ese sentido, ¿qué tan importante es el silencio en la música de Mogwai?

- No más importante que nada más.

Uf. Me rindo. Vuelvo a Rave tapes, quizá después del tiempo transcurrido la situación sea diferente al respecto:

Barry, ¿cuál es el mejor lugar del planeta para escuchar Rave tapes?

- Un hospital.

¿Un hospital? ¡De plano? Este es el punto final. Sin duda. Para Barry, las respuestas se han terminado; para este sitio, el espacio ha llegado a su límite.  

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Muse (Los recuerdos de la gente que aún no ha muerto)

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El sábado pasado yo estaba mojado. Empapado. Una lluvia mercenaria caía en la ciudad y ahí me encontraba, en Av. Churubusco, esperando a que alguien me diera mi boleto para ver a Muse en el Palacio de los Deportes. Cuando al fin sucedió, descubrí que no se trataba sólo de un ticket, sino de un par. Y que también restaban treinta minutos antes de que el show arrancara. Por suerte tenía saldo, así que le marqué a uno de mis mejores amigos para invitarlo. Y bueno, en realidad yo sabía que él no podía acompañarme; sin embargo le llamé porque pensaba que tú estabas con él, que quizá vendrías. Y, por fortuna, lo hiciste.

En lo que llegabas, me entretuve midiendo cuánta agua es capaz de soportar una gabardina. Y cuando nos encontramos me mojé más, porque la escena del acceso al domo se reproducía en cámara lenta. Una vez dentro del foro, nuestros pies pesaban tanto que tuvimos que comprarnos una cerveza y una coca cola para calentarnos los tobillos. Charlábamos de nada cuando arrancó el espectáculo. Estábamos en pista, muy cerca del escenario, pero tú querías más, así que te dije que yo te seguiría, que caminaras hasta donde te pareciera justo y que desde ese punto disfrutaríamos del show. A partir de ahí, cada canción que Matt Bellamy cantó te acercó más a él, cada vez más y más. Y yo te vi alejarte, perderte en esa maraña de brazos enloquecidos, gritos desgarrados y trazos de orines circundando el aire.

Fui por otra cerveza y me encontré con Gil Cervantes, quien apenas había bajado del escenario. “Yo conozco a ese tipo, aquél que toca la trompeta, estuve bebiendo mezcal con él en un pueblo de Zacatecas hace poco”, te dije antes de perderte entre la multitud; y me miraste incrédulo. Quién sabe si me creíste. Quién sabe si te importó. Quién sabe qué estaba taladrando tu cabeza entonces, cuando el pulso esquizoide de “Madness” retumbaba en mi reblandecido tórax. Lo que sí sé es que entonces ocurrió  el momento más fabuloso que el pop puede regalarle a sus fieles: cuando un ser humano se transforma en una canción. De pronto alcé las manos y choqué mis palmas al ritmo de “Starlight”. Y encontré que en alguno de sus compases estábamos tú y yo, juntos, como siempre, como ocurrió desde que naciste y decidimos que seríamos amigos. Y brindé por ti, por tu risa, por la risa que hace más de una década me dio la lumbre que me hacía falta. Y deseé como nunca que las luces de un puñado de estrellas  nos mantuviera alejados, al menos esa noche, de los recuerdos de la gente a la que no le importa si tú y yo seguimos vivos o ya hemos muerto.

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